• Caracas (Venezuela)

Eduardo Semtei

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La lista de los extraditables

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Hay listas de listas. Por doquier. Abundantes. Amplias. Reducidas. Publicitadas. Secretas. En fin. Para cualquier tipo de premio. Al por mayor. Personalizadas. Hablando de estos asuntos “listófilos” recuerdo que hace algunos años los pillos mayores de Colombia, la familia de Cali y la familia de Medellín, se bautizaron como los extraditables. Fueron un inventario de nombres. Querían establecerse y que los reconocieran como una fuerza beligerante. Se pensaban como la cuarta pata de la mesa de una Colombia envuelta en guerra. El ejército regular, la guerrilla FARC/ELN, los paramilitares y el narcotráfico. Se reconocían en un catálogo que había elaborado la DEA conjuntamente con las autoridades antinarcóticos de Colombia. Pero ellos amaban ser redactores de su propia lista. La documentación oficial propiamente dicha nunca fue vista. Era un secreto. No obstante, los extraditables sabían que sus nombres la encabezaban. Fabio, Jorge Luis y Juan David Ochoa (los hermanos Ochoa), Pablo Escobar, Gonzalo Rodríguez Gacha, Juan Matta-Ballesteros, Carlos Lehder, George Jung, Griselda Blanco, Evaristo Porras, Gilberto Rendón Hurtado, Gustavo Gaviria y Roberto Escobar, entre otros famosos bandidos, tenían sus iniciales grabadas, lacradas, selladas en la lista.

En Venezuela también han existido listas. No los envidiamos. La primera con gran publicidad y despliegue fue aquella que nombraba a los enchufados del gobierno del dictador Juan Vicente Gómez. En algo contribuyeron los americanos. Corrió como pólvora. Todo el mundo la conocía. Y las masas irredentas y sedientas de venganza saquearon todas las propiedades conocidas de los gomecistas cuando el andino templó el cacho. No quedó piedra sobre piedra.

La segunda lista famosa salió a la luz pública con la caída del dictador Marcos Pérez Jiménez. De igual manera, la década de oprobio e infortunio que vivieron los venezolanos bajo la mano criminal de este circunflejo personaje terminó encendiendo ad infinitum los ánimos de las masas nuevamente sueltas a su leal saber y entender y regresaron violentos los saqueos, los destrozos y las “expropiaciones” populares de todas las haciendas y mansiones donde habitaban los nuevos enchufados. Hasta un tío mío se ganó un televisor, no tan  bonito como un dakazo, pero una TV es una TV.

Luego han existido listas que, anunciadas con bombos, platillos, promesas de cárcel y juicios, se fueron quedando en el olvido. La primera de ellas fue aquella del famoso elenco de Piñerúa Ordaz. Líder poco carismático de Acción Democrática. Siendo ministro del Interior y de Justicia anunció en repetidas ocasiones que tenía una lista de “notables y apóstoles” que se habían hecho multimillonarios con los fondos públicos. Piñerúa, conocido por su escasa o nula formación política, científica y cultural, se asomaba a las ruedas de prensa con unos documentos que jamás mostró abiertamente, afirmando que allí estaban todos los nombres de los responsables de la crisis venezolana. Era un hombre enjuto y pequeño, poco risueño y más serio que una Magnum 44. Decía que la lista estaba en su caja fuerte. Bien resguardada. Y que en el momento menos pensado la daría a conocer para que los tribunales actuaran en consecuencia. Piñerúa fue haciéndose viejo, salió del gobierno y después de ello, cada tres o cuatro años, roncaba diciendo que la lista todavía estaba en su poder y que prontamente el mundo conocería al tropel de pillos cuyos nombres formaban el famoso legajo. La caja fuerte donde estaba la lista se oxidó. Fue descartada como material de oficina y arrojada al borde de una quebrada donde unos marginales la encontraron y la vendieron como chatarra. La empresa fundidora de metales abrió la herrumbrosa puerta de la famosa caja fuerte y no encontró sino conchas de cambur, semillas de naranja, dos bolas de naftalina y un viejo abanico con las siglas de AD y la cara de CAP.

Nada de listas. En otros tiempos más modernos, el presidente Caldera ordenó abrir una oficina para recibir denuncias sobre corrupción y corruptos, vicios y viciosos, delincuentes y delincuentas. La lista creció de una manera alarmante. Vertiginosa. En solo 5 días había más de 1.000 denuncias. En 10 días se habían multiplicado a 25.000 las acusaciones. El sabio Caldera simplemente decidió que era imposible tramitar y seguirle el curso a tantas investigaciones, así que optó por quemar la lista, cerrar la oficina y olvidarse para siempre del asunto. Para registro de nuestra historia fue otra lista inútil. Una frustrada esperanza de arrinconar a los viciosos de la administración pública, a los depredadores del presupuesto nacional, a los vampiros de las licitaciones.

Anjá, aquí viene el corolario de este artículo. Hay otras listas. Varias. Donde aparecen nombres de corruptos. De acusados de violar los derechos humanos. De lavadores de dinero. De evasores de impuestos. De gente con nexos con los movimientos terroristas. De mundanos con nexos con el narcotráfico. De caminantes con nexos con los contrabandistas de armas, con los perros de la guerra. Y esa lista no la tienen los venezolanos. Les juro que no. No la tiene el Ministerio Público. No mi amigo. No la tiene la Contraloría General de la República. Nada que ver. Ni la tiene la Asamblea Nacional. Menos que menos. Ni ninguna de las policías nacionales. Ni un papelito. Esas listas las tienen los yanquis. La National Security Agency. La temible NSA. La tiene el FBI. Los malacaras de la DEA. La tiene la CIA. La tienen varios tribunales en Miami, Washington, Texas y Nueva York. La tiene el gobierno de España. La tiene en gobierno de Andorra. La tiene el gobierno de Alemania. La tiene el gobierno de Canadá. La tiene el gobierno de Suiza. La tiene el gobierno de Luxemburgo. La tiene el gobierno de México. Y quién sabe cuántos más.

Dicen que hay nombres de empresarios, políticos, generales, ministros, embajadores, petroleros, diputados, aseguradores, de miembros de los organismos de seguridad e inteligencia venezolanos. Mientan que pasan de los 250 los investigados. Que tienen seguramente una cita futura como imputados. No descartamos que sean los nuevos “extraditables”. Como aquellos primos de Cali y Medellín. Así que no nos extrañe mucho que uno que otro gran implicado en los delitos contra Venezuela prefiera internarse en el Witness Protection Program o negociar la rebaja de su condena a cambio de informaciones valiosas. No crean que Aponte Aponte, Leamsy Salazar, Franklin Nieves, Rafael Isea y otros canarios cantarines son unos locos o unos irresponsables o que fueron simplemente conquistados a fuerza de amenazas y billetes. Ellos, humildemente, han ayudado a  engordar la lista de los posibles extraditables criollos. Y están sentados esperando ver pasar los cadáveres de sus enemigos. Yo, por mi parte, observo los toros desde lejos.

@eduardo_semtei