• Caracas (Venezuela)

Eduardo Semtei

Al instante

El gobierno no es ciego ni sordo

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El presidente Maduro no es sordo. No señor. En su casa, mientras mira fijamente la televisión española, recibe visitas y llamadas de amigos y familiares. Cada uno de ellos le cuenta una tragedia. Que si al señor Luis se le murió una tía por falta de medicinas. Que si a doña Flores no le llegó el arroz ni el aceite. Que si el Coronel que No Tiene Quién le Escriba lo agarraron con 20 kilos de coca. Que si el servicio eléctrico está a punto de colapsar. Que si no hay agua en Margarita sino un día al mes. Que si patatín. Que si patatán.

Diosdado tampoco es sordo. Los diputados murmuran a su alrededor sobre la grave crisis. Sanguino se guinda firmemente de un testículo militar y dice, mintiendo descaradamente, que no hay crisis, y mira con ojos lánguidos al capitán de marras.

Jesús Faría sabe que las cosas andan mal, sabe que siguen peor, sabe que no hay salida fácil y lo comenta en los pasillos de Miraflores. Merentes se hala los cuatro pelos que le quedan y se enrolla el bigote mexicano cuando recibe órdenes de trasladar toneladas y toneladas de oro hacia Suiza, Holanda e Inglaterra. Adiós oro que te fuiste para no volver. José Vicente a su apreciable edad tiene los ojos más abiertos que vendedor de prendas y los oídos más agudos que un conejo asustado. Y José Vicente advierte que el asunto de sobrevivir no es zanguanga. Que el diálogo es garantía de paz.

En el otro lado de Venezuela, en la esquina azul, la MUD y sus integrantes deshojan la margarita política. Reforma constitucional, sí. Reforma constitucional, no. Enmienda, sí. Enmienda, no. Constituyente, sí. Constituyente, no. Revocatorio, sí. Revocatorio, no. Y el gobierno de Maduro, Diosdado, José Vicente, Jesús Faría y demás deudos que invitan al acto del sepelio gubernamental sonríen para sus adentros, encuentran en tal debate oxígeno para su permanencia.

Lo voy a decir claramente. No hay posibilidad alguna. Ni remotamente. Ni por casualidad de que el gobierno con su TSJ sumiso, adlátere  y obediente apruebe ninguno de tales mecanismos para autoliquidarse. Nadie compra cuchillo para su propio pescuezo. No hay chance para enmiendas ni enmienditas. Ni para reformas ni reformitas y mucho menos para revocatorios y revocatoritos. Una enmienda para recortar el mandato es especialmente ilegal e inconstitucional. Una constituyente es un proceso arriesgado y complejo  que  amerita varias votaciones consumiendo en tiempo mucho más de un año, lapso en el cual es muy probable que la crisis social, política y sobre todo económica se intensifique invitando a oleadas de personas vestidas de verde a que tomen las riendas del poder con promesas de arreglarlo todo. Y si una conjunción de astros benignos permite un revocatorio, este será realizado después de abril de 2017 de tal manera que si revocamos a Maduro quedaría Aristóbulo de presidente. Es decir, daríamos un gran salto hacia adelante para caer en el mismo sitio. Y la procesión sigue por dentro.

Los votantes, los electores, los venezolanos están a la expectativa. La recién estrenada Asamblea Nacional corre el riesgo de perder credibilidad. Los certeros pero traidores ataques desde todos los ángulos del resto de los poderes públicos: Ejecutivo, Ciudadano, Electoral y Judicial minan gravemente su funcionamiento y generan decepciones. En todo caso la enmienda, que no puede ser un recorte arbitrario del mandato, es la vía más expedita, con menos peligros. En ella se podría contemplar la no reelección en ningún caso. Un mandato presidencial más corto que seis años. Y una modificación del número de magistrados del TSJ y tal vez a su tiempo de duración en el cargo. Serían victorias que aumentarían más que proporcionalmente la fuerza opositora y los movimientos de cambio. Pero el tiempo apremia y la crisis ahoga. La violencia se hará presente. Las protestas se intensificarán.

Ni Maduro ni  Cabello ni ninguno de ellos está sordo o ciego; ellos ven, oyen.  Calculan. Avanzan y retroceden. Saben que no tienen chance alguno de ganar más de 3 gobernaciones en este diciembre ni mucho más de 30 alcaldías el año que viene. En cuanto a presidente, ni que el Eterno regrese del más allá tienen posibilidad alguna. Maduro, Cabello, Rodríguez, Aissami quieren salvar su pellejo. Quieren garantías de que no serán perseguidos ni enjuiciados ni arrinconados. Quieren garantías  para su vida. Garantías para su libertad. Garantía para sus familias. Ellos pueden ceder, pero quieren que no sea una rendición incondicional sino un proceso de diálogo. Como la FARC y Santos. Como Obama y Raúl. Como hace algunos años Vietnam y Estados Unidos.

Ante este mar confuso. Frente a una crisis descomunal que afecta a todos por igual. Considerando los gigantescos y complejos retos de Venezuela se abre la posibilidad de un gobierno de unidad nacional.  Con una hoja de ruta común. Con un programa económico que funcione. Con nuevos paradigmas democráticos. Con un cambio de modelo. Con un plan legislativo único. Con la libertad de todos los presos políticos y de conciencia. Y si se llama de unidad nacional obviamente integra a las principales fuerzas políticas entre las cuales se encuentra el PSUV. El chavismo tiene en todas las encuestas 30% mínimo que no puede desconocerse. Un gobierno de unidad nacional  reclama un gabinete que tenga figuras gubernamentales o progubernamentales como Jesús Faría, Rodrigo Cabezas, Héctor Navarro. Empresarios como Jorge Roig y Oswaldo Cisneros. Y muchos otros. Francisco Rodríguez, Orlando Ochoa.

Todo ello pasa por el tamiz de garantizar que no habrá persecuciones, ni linchamientos morales, ni fusilamientos judiciales. Y reclama obviamente la salida negociada del presidente Maduro y el concurso y compromiso favorable del Alto Mando Militar. Mientras ese objetivo sea un deseable desiderátum, la oposición deberá hacer manifestaciones y dirigir protestas pacíficas. Empujar la enmienda. Empujar el cambio. Organizar a estudiantes, obreros y profesionales a sumarse a la petición de cambio de todo el gabinete ejecutivo y prepararse para las elecciones de gobernadores. Todo ello sin guarimbas ni guarimberos.

Son múltiples tareas que rivalizan y se superponen en tiempo y dedicación, pero que deben ser combinadas para encontrar la mejor salida a la grave crisis nacional.