• Caracas (Venezuela)

Eduardo Semtei

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Eduardo Semtei

Esas facetas indeseables de la política

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La política parece ser un oficio sin mucha admiración. Los ciudadanos, la llamada sociedad civil, suele expresarse con mucha inquina y hasta con desprecio sobre tan vieja profesión. La historia recoge, a lo largo de los últimos 2.000 años, narraciones y anécdotas que parecen corroborar la grima que produce nuestro trabajo en la conciencia individual y colectiva. No importa la vida de grandes políticos. Mandela. Gandhi. Churchill. De Gaulle. Y en América: Bolívar, San Martín, Washington. Esos ejemplos pasan inadvertidos. La memoria colectiva sólo recuerda traiciones, olvidos, corrupción, delitos, escándalos. Aquella frase famosa pronunciada por Kennedy según la cual había que preguntarse qué podemos hacer por nuestro país y no qué puede hacer nuestro país por nosotros parece que no hubiese sido dicha nunca. Los ciudadanos, en este caso los venezolanos, tienen grabado el dicho según el cual los políticos no van detrás de un trabajo sino en búsqueda de que lo pongan donde hay.

En estos días finales de la campaña hemos sido testigos de dos o tres hechos que parecen darles la razón a quienes sienten escalofríos y desmayos cuando de políticos se trata. Tenemos a quienes se venden al mejor postor y, si no hay un mejor postor, pues, se venden al postor que sea.

Repentinamente apareció de la nada Didalco Bolívar, quien según el saber colectivo había sido vituperado hasta el clímax por el actual Presidente, acusado de todos los delitos inimaginables por parte del gobernador Rafael Isea y, además, le habían dictado medidas de embargo y privativa de libertad. Pues el señor Bolívar apareció por la rampa presidencial del aeropuerto de Maiquetía y de allí directamente al tribunal que lo encausaba para recibir perdón, comprensión y solidaridad. Luego, la maniobra del TSJ para despojar a Podemos de su nombre lo explicó todo abundantemente. Así que el aragüeño/ falconiano les dio la razón a quienes opinan que la política es el arte del engaño, la traición y la desvergüenza.

Unos días más tarde, otro ex gobernador, mucho más descarado e infame pretendió hacerle creer al mundo que había un plan económico secreto, un documento con dos únicas copias, una en la caja fuerte del candidato Henrique Capriles y otra en sus manos, donde se demostraba que, entre otras cosas, el candidato opositor iba a eliminar las misiones, vender Pdvsa, suspender todas las pensiones de vejez y arrestar a más de 1.000.000 de partidarios de Hugo Chávez. Este mismo personaje de marras se dedicó luego, con una gran bolsa de dólares y euros, a intentar comprar una que otra conciencia blandengue que respaldara la inmundicia de su invento.

Pero a David de Lima le salió el tiro por la culata y le estalló la bala en pleno rostro. Varios de los posibles clientes que visitó con propósitos de mercader denunciaron su sucia maniobra. David quedó enterrado en un alud de detritus maloliente. He aquí otra contribución al desprestigio de la política y de los políticos.

Pero hay otros casos. Henrique Capriles es un testimonio que prueba lo contrario. Su actitud con su amigo Juan Carlos Caldera mostró su temple y rectitud. Su repetida frase según la cual el político viene a servirle a la gente y no a esperar que la gente le sirva demuestra que, por mucho daño que hagan las almas podridas al difícil arte de la política, siempre sobrevivirá por encima de sus malos ejemplos y peores hijos.
Lamentablemente, Didalco y David son simples ejemplos de lo que nos tienen preparado los rojos rojitos.