• Caracas (Venezuela)

Eduardo Semtei

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Eduardo Semtei

Marina: la madame de la ética

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En cierto estado centroccidental, amante de la buena música y del cocuy, vive Marina. Una mujer entrada en años, para mayo 2015 estará cumpliendo 57. De contextura delgada, blanca hispana, de padre español y madre criolla. Una emprendedora muy particular. Viste ropa deportiva la mayor parte del tiempo y, desde hace algunos años, muchos quisieran que no fuese así, como verán más adelante, se dedica al cuido, promoción y defensa de las llamadas trabajadoras sexuales. Marina administra dos sedes, una de ellas sencilla, popular; la segunda, con un cierto ambiente de lujo, mucho más discreta, por donde han desfilado innumerables personajes de la política. Marina los recuerda a todos, a muchos de ellos los atendió personalmente.

Resulta que los vecinos acusaron a Marina de propiciar escándalos y guachafitas ruidosas. Marina siempre defendió a su gremio bajo la premisa de que son trabajadoras. Pero a algunos diputados rojos rojitos se les ocurrió la tragicómica idea de interpelar a Marina, de llevarla a la sede del Poder Legislativo a fin de obligarla a cerrar las sedes donde, a juicio de los parlamentarios, se ofendía la moral ciudadana, se promovía la sedición y el vicio y se ofendía la ética regional. Los diputados del gobierno querían aparecer más papistas que el papa.

Marina, engalanada como para la mejor ocasión de su trajinada y larga carrera como celestina, entró en la sede donde se suponía iba a ser crucificada y mirando de frente a quien presidía la reunión le soltó la primera de varias frases demoledoras: “Cómo me le va, presidente, tiene ya un tiempito que no pasa por la oficina”. De seguida: “La Gardenia y la Yamilé tienen unas fotos donde usted sale de lo más elegante, creo que las tengo aquí en la cartera”. La sala se quedó en silencio, esperando las fotos de Marina, quien optó por disimular. Siguió Marina: “Ay, Dios santo, yo no sabía que tenía tantos conocidos en este recinto”. Girando 360 grados fue saludando a varios de los presentes. “Epa, don Luis”. “Mis respetos Antonio”. “Qué bonito traje Jonás, que muchacho tan travieso”. “Na’ Guará, mira quién también está aquí”.

Después del primer impacto, en el cual Marina resultó evidentemente la ganadora, preguntó la razón de la convocatoria que le hicieran para interpelarla. Nadie quería tomar la palabra. El miedo a un escándalo de proporciones históricas los frenaba. Marina tomó la palabra y les informó a los parlamentarios su deseo de contestar a todas las preguntas, les informó que ella llevaba un cuadernito desde hacía 15 años de todos los personajes asociados al gobierno que hablaban contra la corrupción, contra el vicio, en nombre del hombre nuevo y de la moral revolucionaria, y que habían sido conspicuos visitantes de sus haciendas de placer con detalle de los particulares gustos de cada uno de sus huéspedes, así como de aquellos que preferían recibir a las embajadoras del placer en sus oficinas, e incluso hogares.

Pues resulta que Marina era una vieja militante de Acción Democrática que vio en esas anotaciones una forma expedita y demoledora de demostrar la inmoralidad de muchos aquellos que durante años se habían llenado a boca de promesas en nombre de la moral y la ética. Tal como fue el caso del general del Dakazo, quien anticipó 200 millones de dólares para las compras de unos ferrys que nunca existieron. Ese general, y otro general, y otro vicealmirante, y varios coroneles y por allí va el chorro.

Después de las palabras de Marina nadie pidió la palabra ni surgió pregunta alguna. El presidente de la sala, confeso y descubierto, simplemente declaró que no había materia sobre la cual decidir y cerró la sesión diciendo: “Todo el contenido de la presente denuncia en contra de doña Marina Rodríguez Toro pasa a conocimiento y archivo”. Aunque los hechos no ocurrieron exactamente así, guardan un asombroso parecido con la realidad.

A raíz de ese impasse, a Marina la entrevistó uno de los dos grandes periódicos de la región a full color; lo cierto es que la Madame sigue administrando sus centros de placer y los rojos rojitos siguen asistiendo a sus sesiones de yoga amatorio. En todo caso esta narración sirve para desenmascarar a quienes en nombre del hombre nuevo y del socialismo del siglo XXI no han hecho otra cosa que degradar la sociedad, detener el proceso civilizatorio y llevar los vicios, la corrupción, la inmoralidad y la crisis a niveles pocas veces visto en el concierto de las naciones.

Por mi parte, Marina es mi candidata a defensora del pueblo o, como dicen los rojos, defensora de la puebla. Por supuesto que los nombres han sido cambiados para proteger a las meretrices e inculpar a los farsantes.