• Caracas (Venezuela)

Eduardo Semtei

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Eduardo Semtei

Caldera en la encrucijada chavista

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Mucho se ha especulado acerca de las razones por las cuales el entonces presidente Caldera le habría dado libertad a Chávez acusado de rebelión militar, golpe de Estado, insubordinación y un sinfín de delitos asociados a los actos antijurídicos de 1992.

Recordemos que, ciertamente, Venezuela venía de sufrir un par de intentonas cuartelarias, ambas con el claro propósito de hacerse del poder por la vía violenta, armada, no electoral. A plomo limpio, diría cualquier cristiano. Era entonces evidente que, a tan poco tiempo de tales escaramuzas, con muertos y heridos, las fuerzas armadas se encontrarían, si no divididas, por lo menos fracturadas. Cadera no había ganado con una holgura de votos suficientemente amplia como para gobernar sin mayores contratiempos legislativos y constitucionales.

El hecho de que AD y Copei, los dos principales partidos de la democracia venezolana, se hallaban en completo desorden, divididos e inmovilizados, en estampida, agregaba nuevas dificultades. El precio del petróleo, por el piso. El descontento masivo, las intentonas recientes, la crisis de la democracia representativa, todo ello conformaba un cuadro que alimentaba en forma creciente a los seguidores de Chávez.

La cárcel de Yare recibía cada vez mayores cantidades de venezolanos deseosos de conocer al insurrecto, y en la conciencia colectiva, en el imaginario social, el teniente coronel bajo rejas crecía en popularidad. Era un perfecto fenómeno dialéctico, mientras más crisis, más esperanzas entre la gente de encontrar un mesías, un salvador. Hasta los mal llamados “notables” andaban entusiasmados. Allí estaba Chávez para llenar tales expectativas.

En aquellos tiempos, dado que Chávez insistía en la abstención electoral, su popularidad en materia de encuestas y de opciones presidenciales era muy baja. En ninguna de las más afamadas mediciones de otrora llegaba a 5%. No representaba entonces ninguna opción seria, no mostraba posibilidades electorales. Mientras tanto, Irene Sáez traspasaba la frontera de 60% y lucía en principio inalcanzable. En consecuencia, la libertad del presidiario supuestamente no significaba peligro electoral. Cuán equivocada estaba la inmensa mayoría de los analistas.

Al mismo tiempo, una buena parte de la intelligentzia criolla afirmaba que era un buen negocio soltar al hombre de marras, pues, cuando comenzara a hablar, se evidenciaría su incultura política, su afán militarista, su compromiso con la abstención y jamás sería un atractivo líder para las mayorías. Cuán equivocados estaban los suscritores de tan peregrina idea.

Sorprendentemente, los informes policiales y de seguridad detectaban que más temprano que tarde se organizaría una poblada para rescatar a Chávez del cautiverio. Frente a tal hecho, los gobernantes de la época decidieron en consulta con las llamadas fuerzas vivas proceder al sobreseimiento y poner al verdioliva en la calle. Y eso era un resultado obvio, si verdaderamente se intentaba un rescate, como en efecto hubo unas débiles intentonas, pero, claramente predictores de lo que venía, las fuerzas militares que custodiaban a todos los presos tendrían solo dos opciones. Una primera, evitar a toda costa que liberaran a los detenidos, y eso solo era posible disparando a mansalva, caso en el cual la revuelta popular, el repudio, el rechazo haría caer el gobierno inexorablemente, era un Caldera débil y atrapado en una crisis económica; si, por el contrario, las masas irredentas rescataban al hombre, su camino hacia Miraflores sería inmediato y no precisamente por la vía electoral, tendríamos a final del camino a Chávez investido de dictador y sin ningún control. Un clásico ejemplo de una situación perder-perder.

Si ganando las elecciones hizo prácticamente lo que le vino en gana, imagínenselo en la presidencia por caminos no electorales ni constitucionales. Doy esta versión y breve análisis en oposición a quienes acribillan la memoria de Caldera con acusaciones arbitrarias y descabelladas. A mi juicio, no tenía otra opción. Donde sí le falló el instinto, quizás por la edad, con reflejos cansados, fue al momento de la juramentación, cuando el recién vencedor de los comicios dijo jurar su investidura bajo “una constitución moribunda”. En ese momento Caldera debió abandonar el recinto y no concluir el ritual de ley. Hoy por hoy sería un gesto histórico. Este acto fallido no lo demerita para nada en su papel de conciliador, de hombre de letras y palabras, de dialogante y, sobre todo, de gerente del proceso de pacificación.