• Caracas (Venezuela)

Eduardo Mayobre

Al instante

No es verdad, ángel de amor…

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Mi mamá, Esperanza Machado, que en sus dichos tenía un talento digno de García Márquez pero que nunca los puso por escrito, solía sonreírse con una parodia del Don Juan de Zorrilla. El texto original (no lo he cotejado) decía:

“¿No es verdad, ángel de amor,

que en esta apartada orilla

más clara la luna brilla

y se respira mejor?”.

La parodia era la siguiente:

“¿No es verdad, ángel de amor,

que en esta apartada orilla

se encuentra una bacinilla

que despide mal olor?”.

No sé de donde la habría sacado. Acaso del Morrocoy Azul, emblemático semanario humorístico de su época. Pero lo cierto es que el nuevo verso ayudaba a traer a realidad los raptos románticos del seductor de Sevilla y los entusiasmos pasajeros de sus hijos.

Hoy nos encontramos en una situación parecida. La llamada revolución bonita no ayuda a respirar mejor sino más bien transmite efluvios que permiten pensar en incontinentes descargas corporales. De acuerdo con las poco fiables encuestas que se transmiten por Internet eso es lo que piensa 80% de los venezolanos. De manera que, como de costumbre, mi mamá tenía razón.

Los cantos épicos de la revolución venezolana, copiados de La Habana (¿nuevamente La Habana?), donde la lancha Granma se exhibe en el centro de la ciudad como homenaje al ególatra más desenfadado que dio América Latina durante el siglo XX, proclaman que se respira mejor, mientras uno se atosiga en la cola en busca de jabón.

Pero aquí, en la desorientada Venezuela, el mal olor invade todos los ambientes. Se siente que algo ha fracasado. Las bravatas de ministros, vicepresidentes y hasta jefes de Estado no pueden ocultarlo. Estamos peor. Si acaso la luna brilla, solo pueden percibirlo algunas islas del Caribe, que cautelosamente han ido a pedir ayuda al vicepresidente del imperio ante el derrumbe de la nueva potencia mundial que, con desparpajo característico, nos anunciaba el teniente coronel y comandante eterno de Sabaneta de Barinas. Después del Carnaval y antes de la Semana Santa se conocerá si funcionan las nuevas políticas. Se habrán puesto en vigor durante el Miércoles de Ceniza.

No se ha dado la Batalla de Ayacucho. El imperio no ha sido derrotado. No hemos salvado el planeta, como se postula en el Plan de la Patria, pero al menos se le ha conseguido empleo al defensor del pueblo y se ha mantenido el de las rectoras electorales.

¿No es verdad, ángel de amor, que en la farmacia no se consigue jabón? Pero el mundo sigue andando y en esta apartada orilla tienen racionada el agua, aunque debe reconocerse que en lo que va del año casi no han cortado la luz  (excepto cuando terminaba de escribir estas líneas). Quizás una merma biológica de las iguanas que provocaban apagones. 

Más clara la luna brilla. Iluminó a cerebros privilegiados, algunos de cuales han comenzado a abandonar el barco o han sido desplazados porque sus ejecutorias no fueron  tan brillantes. 

Pero desde el lado del pueblo la bacinilla acumula el mal olor. Se siente en las largas colas, los estantes vacíos, y sobre todo en la abultada cuenta que despide la caja registradora. También en las calles, donde la Guardia Nacional Bolivariana y la policía ídem hacen de las suyas.

Ni la incontinencia verbal ni las historias fraguadas del primer magistrado pueden ocultarlo. Las maniobras de distracción de los ministerios del poder popular para la Defensa y de Interior y Justicia resultan infructuosas. Los gases lacrimógenos solo incrementan la fetidez. La represión y la violencia también despiden un mal olor  que puede tener consecuencias nefastas para todas las partes. Por ello es importante el diálogo que a manera de despedida propone ahora el señor Insulza.