• Caracas (Venezuela)

Eduardo Mayobre

Al instante

La transición

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No voy a hablar sobre la transición política sino sobre la transición económica. La necesidad de salir de la actual situación de inflación galopante, escasez y recesión exige un nuevo modelo de desarrollo y un manejo diferente de las políticas macroeconómicas. Tal cambio, sin embargo, no puede realizarse bruscamente si se aspira a recuperar la democracia. Quienes creen en la aplicación de recetas de libro de texto para volver a los equilibrios económicos cometen un grave error. Porque los desequilibrios a los que nos han llevado las actuales políticas son de tal magnitud que tratar de borrarlos de un día para otro tendría graves consecuencias políticas, sociales y económicas.

Al respecto cabe citar dos ejemplos. Uno es el del precio de la gasolina. Su nivel actual es tan absurdamente bajo que intentar llevarlo en poco tiempo a niveles razonables, tales como cubrir el costo de producción o acercarse a los precios internacionales, provocaría una debacle. Elevar sin transición un precio tan crucial en, digamos, más de 500% resultaría inaceptable para la población y para el aparato productivo. El otro ejemplo es el de la tasa de cambio. Fijar de repente un tipo de cambio único, lo que aparece como un objetivo sensato, es casi imposible ante la dispersión de los actuales cambios diferenciados que abarcan desde 6,3 bolívares por dólar hasta casi los 800 bolívares en el mercado informal.

El caso de Chile en la época de la dictadura militar, que algunos encomian, puede ser aleccionador. Sobre el tema vale la pena citar lo que dice el profesor británico Edwin Williamson en su libro The Penguin History of Latin America. En el mismo expone: “La junta militar tenía la determinación de desmantelar el sector estatal de la economía e imponer disciplina financiera y principios de libre mercado. Pero después de 40 años  de desarrollo dirigido por el Estado y alta inflación crónica, un retorno repentino al liberalismo económico causó una depresión por la cual millones de personas fueron pauperizadas”. Basa su afirmación en cifras que no tenemos espacio para repetir, pero de las cuales puede dar fe mi estrecho contacto con ese país. El análisis del caso lo lleva a la siguiente conclusión: “Los costos sociales en que se incurrió por parte de este experimento errático en desmantelar la maquinaria de nacionalismo económico escasamente hubieran podido tolerarse en una democracia liberal. En consecuencia, irónicamente la liberalización de la economía chilena debió ser dirigida bajo la dictadura militar más represiva que el país había experimentado”.

Lo anterior me hizo recordar el comentario de un empresario chileno que vivió en Venezuela desde 1958 y murió en Caracas hace como una década. Fue partidario del gobierno militar de su país, al punto de que durante varios meses regresó a Chile entre 1974-1975 para asesorar al ministro de coordinación económica de la dictadura. Era amigo de mi padre y luego lo fue mío. Cuando en 1989 Carlos Andrés Pérez anunció su paquete de medidas liberales me dijo: “Esto no va a resultar”. “¿Por qué?”, reaccioné sorprendido. “Muy sencillo –respondió– porque estas medidas solo pueden tener éxito bajo un régimen como el de Pinochet”.

El presidente Pérez y su equipo económico cayeron en la ingenuidad de creer que el arrastre popular demostrado en las últimas elecciones podía sustituir la brutal represión de la dictadura chilena. Las medidas fracasaron y contribuyeron a la injusta destitución del presidente Pérez. Hoy en día mucha gente cree que un enfoque similar al del “paquete” (según ellos correcto, pero mal vendido) debiera ser aplicado durante la transición. Olvidan que estamos hablando también de una transición hacia la democracia y desdeñan que actualmente los desequilibrios son infinitamente mayores que los de aquel entonces. Se trata de un asunto mucho más delicado y es preciso advertirlo.