• Caracas (Venezuela)

Eduardo Mayobre

Al instante

11 de septiembre

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El 11 de septiembre de 1973 es todavía una herida abierta para la mayoría de los chilenos y también para quienes aspiramos a que en América Latina predominen la democracia y la concordia. Por ello todos los años, ya han pasado 41, ese día se producen manifestaciones y disturbios. Incluso no se puede descartar que los chapuceros atentados terroristas de la semana pasada en Santiago y Viña del Mar estén vinculados a esa fecha.

El golpe de Estado de las fuerzas armadas, encabezado por el comandante en jefe del ejército, General Augusto Pinochet Ugarte, fue, en un país pequeño, tanto o más brutal que los atentados ocurridos 28 años después en Nueva York y Washington. En estos últimos, se derribaron las torres gemelas, se provocaron innumerables muertes e incluso se atacó al Pentágono, centro del poder militar mundial. En el golpe de Chile se bombardeó y destruyó el palacio presidencial y se inició una política de asesinatos y torturas casi indiscriminados. La diferencia consiste en que en el país austral la barbaridad se prolongó en el tiempo. Duró 17 años. Dividió a las familias y humilló a todo ciudadano. Por eso la herida no se cura.

El 11 de septiembre fue el desenlace de más de 20 años de deterioro económico y desconcierto político en la sociedad chilena. Durante ese período se probaron las más diversas formas de enfrentar el problema. Desde la presidencia de un militar populista, Carlos Ibáñez del Campo; pasando por un gerente conservador, Jorge Alessandri; por un reformista demócrata cristiano, Eduardo Frei Montalva; y un socialista democrático, Salvador Allende, hasta que gran parte de la población consintió que las fuerzas armadas, hasta entonces institucionalistas, impusieran un régimen de terrorismo de Estado, el cual, como suele suceder, derivó en un personalismo.

El recuento histórico tiene una moraleja que nos atañe. Si el deterioro económico, social, moral y político que ha padecido Venezuela durante los últimos años no encuentra una solución civilizada y la polarización se lleva a sus extremos nos espera una época de arbitrariedad, odio y violación de los derechos humanos de la que no tenemos precedentes en casi un siglo. La dictadura de Marcos Pérez Jiménez fue en gran medida una dictadura bananera de opereta, un paréntesis en el avance hacia la democracia que se inició cuando murió el general Gómez. Hoy las frustraciones y el desencanto, después de medio siglo de democracia, son más profundos. La gente no se explica cómo hemos llegado a donde estamos (inflación, escasez, inseguridad y una cuasi dictadura, tonta e inmadura). Y en consecuencia está propensa a aceptar casi cualquier salida. Lamentablemente, cualquier salida puede ser la peor salida. La última la tuvimos hace 15 años, cuando después del desencuadernamiento del sistema democrático se optó por un teniente coronel ignaro y prepotente.

Pero todavía no hemos llegado al grado de desintegración que sufrió la sociedad chilena e hizo posible la dictadura militar. No estamos lejos de ello y la estanflación que padecemos indica que no es imposible un 11 de septiembre. Sus consecuencias pudieran dividirnos durante medio siglo, tal como sucede en Chile, no obstante todas las apariencias externas que hacen pensar en un país boyante.

El buen sentido, tanto de la oposición como del gobierno, que muchos estiman que no existe, es lo único que nos pudiera salvar de la tragedia que han vivido y aún viven los países del sur del continente.

La atribución de culpas por una situación que en realidad se ha tornado insostenible es el peor camino para llegar a soluciones. Todos debemos asumir nuestras responsabilidades. Pero no se trata de cobrar agravios, sino de encontrar caminos de solución a un enfrentamiento que presagia tragedias tan graves como las que simboliza la fecha del 11 de septiembre.