• Caracas (Venezuela)

Eduardo Mayobre

Al instante

El pan nuestro

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La oración que nos enseñó personalmente Jesucristo incluye entre sus principales frases, y como la primera que se refiere a aspectos terrenales, la siguiente: “El pan nuestro de cada día dánoslo hoy” (así me enseñaron de pequeño) o, en otra formulación: “Danos hoy el pan nuestro de cada día”. Se trata de la petición más elemental, del sustento que nos permite subsistir. Con la humildad que le es propia Jesús solo pide pan, el más básico de alimentos.

Cuando recorremos sin éxito las panaderías de Venezuela nos encontramos con que el ansiado pan que suplicamos no existe o no ha llegado y vemos largas colas de madres, ancianos y trabajadores que aún guardan la esperanza de que algún día han de encontrarlo. Quizás recuerdan aquellos tiempos cuando uno llegaba a los expendios y obtenía cuantas “canillas” necesitara de inmediato y además exigía, según el gusto, que estuvieran calientes y no muy tostadas.

Por razones geográficas, económicas e históricas, buena parte de nuestra población consumía más el pan de maíz, o arepa, que el pan de trigo, más propio de las tierras templadas. Pero cuando las riquezas de esta tierra atrajeron a la gente del mediterráneo y de las viejas civilizaciones el pan cruzó con ellas y se hizo bastante popular. Era nutritivo, fácil de hacer y se mezclaba bien con otros alimentos. Los panes tradicionales nuestros, la arepa y el casabe, eran más engorrosos de elaborar. Afortunadamente alguien, de cuyo nombre no quiero acordarme, inventó la harina precocida de maíz que salvó a nuestra tradicional arepa y en la dieta del venezolano se entremezclaban arepa y pan según la escogencia de cada cual. Incluso se decía, casi como parodia del ruego antes referido, que cada niño venía al mundo con su arepa bajo el brazo, como una manera de afirmar que cada niño nuestro tenía asegurada su existencia.

Pero la harina de maíz, precocida o no, también ha desaparecido y por ella, al igual que por el pan y otros productos, hay largas colas, fuertes especulaciones y graves pendencias. De manera que cuando emprendemos el probablemente inútil, largo y tempranero recorrido para intentar llevar un pan a nuestros hijos recordamos el “Padre nuestro”, la oración esencial, y pensamos, muy a nuestro pesar, que algo está fallando.

El martes pasado Andrés Cañizález publicó en este mismo diario un artículo titulado “Una temporada de mangos”, en el cual transcribe un mensaje de texto que le envió una madre desde Guasdualito. Dice: “Soy madre de dos hijos, no tenemos comida, les doy mango en la mañana a mis hijos. Y lo que más me preocupa es que no sé qué les voy a dar cuando se acabe la temporada de mangos. Estamos pasando hambre”. Lo leí cuando terminé el recorrido en búsqueda de pan. Y ya casi no hay mangos en Caracas. Sí puedo dar fe de que otras épocas, como mis padres vivían en Los Dos Caminos, en temporada llevaba dos bolsas de mango para regalar en la Universidad Simón Bolívar, lo que evitaba que las frutas se pudrieran en el patio.

También puedo dar fe de que hace unos días tenía la intención de viajar al interior y cuando llamé para anunciar mi visita me dijeron terminantes: “Pero te traes tu comida y si puedes algo para nosotros, porque aquí no se encuentra nada”. Desde hace más de un año en las oportunidades que fui ya no se conseguía pan y era muy difícil encontrar harina de maíz. Afortunadamente, en el camino a oriente paso por Cúpira y hasta la última vez ahí todavía se conseguía algo de casabe. Si me animo a ir y encuentro comida para llevar, espero que sea el pan nuestro. Cuando llamé no se me ocurrió preguntar cómo estaban los mangos.