• Caracas (Venezuela)

Eduardo Mayobre

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Eduardo Mayobre

Siete palabras

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I

Hoy es Viernes Santo. Se conmemora el día en que Jesucristo pronunció, desde la cruz sus últimas palabras. Vale la pena recordarlas. Ellas son: 1) Perdónalos señor porque no saben lo que hacen; 2) Hoy estarás conmigo en el paraíso; 3) Madre observa a tu hijo; 4) Dios mío, Dios mío ¿por qué me has abandonado?; 5) Tengo sed; 6) Todo está consumado; 7) Padre, en tus manos encomiendo mi espíritu.

Cada una de estas frases merece una profunda reflexión. El fundador de la religión del amor, del perdón y la reconciliación, en su hora más triste, cuando a pesar de ser Dios debe sufrir las penurias que padecen los hombres, porque también es hombre, y se sacrifica para redimirlos y salvarlos, enfrenta su pasión como Dios-hombre y extiende su mensaje a todos, sin distingos, sin odios ni rencores. Un mensaje tan hondo que ha dominado la historia de por lo menos media humanidad durante los últimos dos milenios.

Ese mensaje lo han tratado de destruir iluminados de todos los pelajes a través de los siglos. Unos apelando al raciocinio, otros a las necesidades materiales, aquellos a las iniquidades de la iglesia fundada sobre la piedra que era Cristo, estos tratando de defender intereses mezquinos. Todos han fracasado. La doctrina del amor, la reconciliación y el perdón se ha hecho carne en las conciencias de buena voluntad y no ha sido posible desarraigarla del alma popular aun en los confines más remotos. Los hechos que la contradicen ofenden la dignidad humana, cualquiera sea el pretexto que se invoque para intentar disminuirla. La religión, si alguna vez lo fue, ya no es el opio de los pueblos sino el opio del odio, la venganza y la ambición desmedida.

Es lo contrario de la guerra,  del armamentismo, del genocidio o de la tiranía. Independientemente de que se crea en sus dogmas, o cuales sean estos, el sentimiento de amor entre los hombres, el respeto al otro que es como tú mismo, constituye el aporte de la tesis de Cristo. También el comprender que en este valle de lágrimas –vanidad de vanidades y todo vanidad- alguien será traidor e intentará elaborar su propia canonización.

Sin embargo, no es necesario que se desate la furia divina para hacer comprender tales desaciertos. El simple pasar del tiempo los pone en evidencia. Y ante el desesperado dicho de Cristo, “Señor, señor ¿por qué me has abandonado?”, hay que contraponer el consuelo de sus otras palabras: “hoy estarás conmigo en el paraíso” y “en tus manos encomiendo mi espíritu”.

 

II

También hay otra manera de enfocar esta fecha, un poco más risueña y más pedestre. Miguel Otero Silva, fundador de este diario y notable humorista, escribió hace ya muchos años un grupo de sonetos costumbristas titulado “Semana Santa en Macuto (carnet de un temporadista)”, en los cuales describe las dificultades que deben padecer quienes aspiran convertir la Semana Mayor en una vacación playera. Dedica un soneto a cada día, lo que hace del conjunto un relato. Como por razones de espacio es imposible reproducirlos, en lo que sigue nos limitaremos a transcribir el dedicado al Viernes Santo, debidamente adaptado a los tiempos actuales. El último terceto es idéntico a la versión original. Dice así: 

Quince años ya cuenta mi calvario

Viviendo en una patria espernancada

Comiendo lo que haya de ensalada

Y llevando más plan que un dromedario

 

Parezco un alcalde presidiario

Me levanto con temor de madrugada

El desayuno sólo es agua salada

Y gasto tres mil bolos en el diario

 

Perdí el derecho a protestar

Por la revolución del militar

Y la vida me han amargado los cogollos

 

Es Viernes Santo. Y con el perdón del Nuncio

Ante mi cruel desolación pronuncio

Siete Palabras que son siete bollos.