• Caracas (Venezuela)

Eduardo Mayobre

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La democracia en América

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La Cumbre de las Américas que se realizó en Panamá durante el 10 y 11 de abril pasados no trató explícitamente el problema de la democracia. Este es, sin embargo, un asunto crucial que ha signado la vida del continente desde que sus países obtuvieron la independencia. A pesar de que constituye un objetivo proclamado desde entonces, la democracia ha sido una excepción más que una realidad en la vida política de esta parte del mundo, al menos en América Latina.

En 1830 el filósofo Hegel observaba sobre América Latina: “Su historia es una continua revolución. Estados que estaban antes federados se separan, otros que estaban antes desunidos se reúnen, y todo estos cambios vienen traídos por revoluciones militares”. Estas últimas, antítesis de la democracia, continuaron durante todo el siglo XIX y hasta bien entrado el siglo XX bajo la forma del caudillismo y las guerras civiles. En algunos países se llegaron a instalar regímenes democráticos, generalmente de corta duración. Terminada la Segunda Guerra Mundial e iniciada la Guerra Fría predominaron las dictaduras militares apoyadas en unas fuerzas armadas institucionales que proclamaban un feroz anticomunismo para contar con el beneplácito de Estados Unidos. Se les llamó la Internacional de las Espadas.

A comienzos de la segunda mitad del siglo pasado, hubo un breve florecimiento de las democracias, remplazado luego por las llamadas dictaduras militares de la seguridad nacional, orgullosas de su autoritarismo. Estas últimas comenzaron a desaparecer desde mediados de los años ochenta y después de la caída del Muro de Berlín. Desde entonces el continente avanzó en el establecimiento de democracias liberales, con el consentimiento de Estados Unidos, y el 11 de septiembre de 2001 se acordó la Carta Democrática Interamericana que establece la democracia como el régimen político de la región, suscrita por todos  por todos los países del continente, excepto Cuba.

La aplicación de la Carta Democrática ha sido escasa y ha estado sometida a interpretaciones diferentes. No se llegó a invocar el 11 de abril de 2002, cuando fue depuesto el presidente Chávez, debido a la rapidez de los acontecimientos y su pronta restitución en el poder. El desprestigio de la parte liberal de las nuevas democracias y la inclinación totalitaria y continuista de algunos de sus máximos exponentes (por ej. Menem y Fujimori) llevaron a la elección de grupos que se autodenominaron progresistas, los cuales a menudo también mostraron vocación autoritaria. En ambos casos se les concedió el beneficio de la duda por tratarse de regímenes de origen electoral.

Pero el concepto de democracia quedó en el aire. El desempeño de los gobernantes electos, si bien difería de las tradicionales dictaduras militares bananeras o fascistas, dejaba mucho que desear. En unos pocos casos, como el de Venezuela, se dio un retroceso más que un avance democrático. Dentro de la idea general de que la democracia permite la coexistencia de ideologías diferentes no se analizaron las diferentes especies del género. Lo que creó una confusión que ahora requiere ser clarificada.

La Cumbre de las Américas hubiera podido ser una ocasión propicia para ello. Para dilucidar si quienes impiden la libertad de expresión, destruyen la independencia de los poderes públicos, manipulan las elecciones, se perpetúan en el poder y encarcelan a los opositores son demócratas. Pero no parecía oportuno tratar el tema cuando el máximo evento era la reincorporación de Cuba a la comunidad interamericana. Por ello fue meticulosamente soslayado.

Por lo mismo, la situación de Venezuela solo fue abordada en los coloquios marginales de la Cumbre, incluyendo la declaración de los expresidentes. La democracia en América parece todavía un fenómeno tan frágil que es mejor no tocarlo ni en su realidad ni en su naturaleza, no sea que vaya a derrumbarse. Su avance, excepto en Venezuela, aunque precario es indudable.