• Caracas (Venezuela)

Eduardo Mayobre

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Eduardo Mayobre

Si no lo consigues, róbalo

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Le contaba a un amigo que hace pocos días me robaron la batería del carro cuando se encontraba estacionado un domingo en una calle de mediana circulación.

—Es parte de la revolución, me dijo.

Continué el cuento haciéndole notar que asistía a una reunión y había varios automóviles en la misma acera y movimiento de quienes entraban y salían. Me extendía sobre las dificultades para reponer la batería, porque no se consiguen y debes visitar muchos proveedores que te responden siempre lo mismo: no hay.

—Es parte de la revolución, insistió.

Ante mi perplejidad expuso su criterio. “Como las baterías están escasas se crea una demanda insatisfecha. Una necesidad, porque sin ellas los carros no funcionan. Esto aumenta su precio. Y quienes las procuran pueden sacar provecho. Luego, hay que conseguirlas como sea. Y como no se encuentran en el comercio la única alternativa es robarlas.

Consideré que su razonamiento tenía sentido y le expliqué que el modo de robarla hacía pensar en que se había desarrollado una técnica para hacerlo rápidamente y obtener el preciado botín. En mi caso, habían extraído un vidrio pequeño de la ventana trasera, sin reventarlo, y se habían llevado limpiamente el acumulador, casi nuevo. Pero le pregunté cual relación había entre ese hecho y la revolución.

—Muy sencillo –me expuso–, la revolución crea escasez. Por falta de producción, de divisas o lo que sea. La escasez provoca necesidades. Lo revolucionario es satisfacer dichas necesidades. Y el fin justifica los medios. En consecuencia, si se necesita un bien escaso y no se consigue en el mercado, resulta indispensable procurárselo. Si además ello permite una buena ganancia no faltará alguien dispuesto a hacerlo. Ese alguien es quien te roba.

— ¿Y la revolución qué tiene que ver en todo esto? –pregunté.
Es fácil de explicar, me contestó. Cuando se inició el llamado proceso su líder, el comandante eterno, sentenció que quienes padecen necesidades tienen derecho de robar. Su argumento se entendió inmediatamente. Y muchos salieron a robar, no solo para cubrir sus propias necesidades, sino también las de otros. Eso sonaba justiciero, porque, como dicen los fascistas, la justicia es primero. Pero a medida que la escasez fue imponiéndose, la necesidad se extendió desde los indigentes hasta los de alto poder adquisitivo. Desde la madre que en el barrio no tiene dinero para comprarles leche a sus infantes hasta la que en su mansión no sabe cómo alimentarlos, porque la leche ha desaparecido. Si el argumento sirve para las unas también puede utilizarse para las otras. Pues la necesidad es la misma. Así se legitima el robo.

—Pero eso casi nadie se lo tomaba en serio –objeté.

—Hasta que se hizo un buen negocio –arguyó– y aquellos cuyas necesidades no se satisfacían tenían reales, como quien comprará tu batería. A partir de entonces el robo dejó de ser una reivindicación, como la proclamaba el comandante, para pasar a ser un buen negocio. Los buhoneros entendieron la lección perfectamente. Pero también los cacos. Y hasta las respetables amas de casa.

—¿Cómo es eso? –pregunté.

Me respondió que solo era necesario ir al supermercado para constatarlo. Cuando una señora que ha puesto en su carrito un bien escaso se descuida, hay otra que se lo apropia sin el menor escrúpulo, porque considera que está satisfaciendo una necesidad de ella o su familia. Y ante la necesidad todo está permitido. Hay otras que esconden dentro del establecimiento los productos racionados para volver muy pronto y poder pasar dos o tres veces por la caja y burlar el límite máximo permitido. He visto hacerlo a señoras de grandes apellidos y por supuesto también del populacho.

—Tu conclusión es que si algo escasea, como diría un filósofo, todo está permitido.

—No es mía –me respondió el amigo–, sino es la generalizada, a la cual le confirió un fundamento teórico el comandante eterno en una de sus múltiples cadenas.

—Y fue por eso que me robaron la batería.

—Todo está permitido.

—¿Y en dónde queda la víctima? En este caso yo.

—Ser víctima es lo que te permite entrar en el proceso y justifica que tú también acaricies la posibilidad de robar al vecino, al que todavía tiene una batería o a quien tiene varios paquetes de harina PAN en su carrito de supermercado.

—Pero yo no quiero robar ni que me roben.

—Porque estás en el lado equivocado de la historia.

—¿Y eso es la revolución?

—Eso es lo que ha terminado siendo. Sobre todo en la etapa madura de su historia.