• Caracas (Venezuela)

Eduardo Mayobre

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Eduardo Mayobre

Yayo

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Según contaban los mayores, había en Cumaná, en la primera mitad del siglo pasado, un personaje apodado Yayo, quien se indignaba cuando le decían tal sobrenombre y amenazaba con todo tipo de castigos a quien se atreviera a hacerlo. Uno de los amenazados se le acercó un buen día en son de paz y le declaró solemnemente: “Ya yo no te voy a decir más Yayo”. No conozco el desenlace de la historia. Pero como ya terminó oficialmente la campaña electoral y a partir de hoy está prohibido, tanto a los medios como a las personas, emitir juicios de valor sobre las opciones en pugna, ya yo no puedo decir más Yayo. De manera que vamos a otra cosa.

Podemos hablar, por ejemplo, de crepúsculos. En el trópico, donde nos encontramos, los crepúsculos son muy rápidos, de corta duración, si se les compara con los de las zonas templadas o las cercanas a los polos. De manera que en nuestras latitudes hay que apurarse para contemplar uno plenamente. No obstante, en Venezuela tenemos variados y hermosos crepúsculos. En Zulia, por ejemplo, son luminosos y siguen el palpitar del relámpago del Catatumbo. En Barquisimeto son coloridos y variopintos, tanto que se han convertido en un atractivo turístico. En los llanos y selvas son majestuosos, y en las costas, románticos.

Los crepúsculos han inspirado a los artistas en cuanto simbolizan el hundimiento del astro rey en los abismos. No sólo en la literatura, en la cual innumerables poetas románticos, y no menos románticos posando de poetas, se han referido a su belleza o han intentado utilizarla para enamorar a una muchacha. En música Richard Wagner compuso el sublime Crepúsculo de los dioses, tal como se traduce su Götterdämmerung. En pintura sería imposible mencionar sus diversas representaciones, por lo que me limitaré a señalar mi debilidad por las de los impresionistas. En resumen, la caída del Sol puede ser un espectáculo maravilloso y en el trópico sucede con una rapidez inusitada.

También es posible hablar de amaneceres. De la salida del Sol. Por ejemplo, del que tuvo Venezuela después de la muerte del dictador Juan Vicente Gómez y al finalizar la Segunda Guerra Mundial. Según nos recuerdan Moisés Naím y Ramón Piñango en el capítulo final de su celebrado libro Venezuela, una ilusión de armonía, publicado en 1984, la economía venezolana creció a 7% anual durante 23 años, lo que se compara muy bien con el crecimiento de entre 4% y 5% cada año del llamado milagro alemán de la posguerra. Añaden que tal crecimiento se vio reflejado en campos muy diversos. Por ejemplo, destacan que “el número de instituciones de educación superior pasó de 9 en 1960 a 80 en 1981 y que el número de estudiantes de educación superior aumentó más de 11 veces en ese mismo período”. Hacen ver que la producción agrícola se multiplicó por 5 entre 1940 y comienzos de la década de los ochenta. En salud subrayan que el número de camas hospitalarias pasó de 15.000 en 1950 a 40.000 en 1980. Y entretanto “el sector industrial multiplicó por 6 su tamaño entre 1950 y 1978, llegando a crecer a tasas cercanas a 9% cada año entre 1971 y 1978”.

Dado todo lo anterior, los autores llegan a la conclusión de que “evidentemente, detrás de estas tasas de crecimiento –que en algunos casos constituyeron marcas mundiales– están las crecientes presiones de una población en aumento y la posibilidad de responder a dichas presiones con fondos proveniente del petróleo”.

Como en la naturaleza, el ciclo entre amaneceres y crepúsculos es recurrente. Y resulta necesario adaptarse a su ritmo. Lo importante es no confundir las noches con los días. Y saber que unas y otros no son permanentes. Auge y caída se han llamado muchos libros notables. Recordamos ahora el auge y caída del imperio romano y el del tercer reich del nazismo de Adolf Hitler. Auge y caída son el espejo de caída y auge que han tenido muchos pueblos. Por ejemplo, los del Cono Sur del continente, los cuales después de la caída en las dictaduras militares de finales del siglo pasado han sabido construir democracias pujantes y economías prósperas en lo que va de este siglo XXI. De tal manera que así como puede considerarse que al auge lo sucede la caída también es legítimo considerar que a la caída la sucede el auge. Y en tal sentido no darse por perdidos. Sino pensar que es posible un futuro de progreso, en el cual, como dice un viejo tango, todo nos sonreirá.