• Caracas (Venezuela)

Eduardo Mayobre

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Patricio Aylwin y la transición

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Se le conoce como el presidente de la transición. La caracterización se queda corta. Porque el tránsito hacia la democracia en Chile fue también un ejemplo de diálogo, de paz y tolerancia. Patricio Aylwin, quien falleció el pasado 19 de abril a los 97 años de edad, fue factor de unidad de las fuerzas democráticas que se oponían a un gobierno militar de 17 años y, posteriormente, como presidente electo por el pueblo, promovió la unidad de todos los chilenos, no obstante la desgarradora herencia dejada por la dictadura.

Dentro de las difíciles circunstancias en que debió actuar prometió “justicia en la medida de lo posible”. Al respecto la actual presidente, Michelle Bachelet, dijo el día del fallecimiento: “Muchos lo criticaron, pero esa medida de lo posible es lo que nos hace estar donde estamos”. El mismo día el ex presidente socialista Ricardo Lagos narró que cuando comentaba con los políticos españoles la recuperación de la democracia en ambos países les enfatizaba: “Ustedes hicieron la transición con Franco muerto, nosotros tuvimos que hacerla con Pinochet vivo y jefe del ejército”.

Los otros dos ex presidentes de la democracia, Eduardo Frei Ruiz Tagle, demócrata cristiano como Aylwin, y Sebastián Piñera, de Renovación Nacional, también elogiaron el temple democrático y sereno que permitió a Aylwin enrumbar a su país por una senda de pluralismo, consolidación institucional, progreso y respeto a los derechos humanos.

Este elogio prácticamente generalizado de la personalidad, la obra y la proyección histórica de Patricio Aylwin lo obtuvo al final de su carrera política. Antes había encontrado adversarios enconados en la izquierda, la derecha y hasta en su propio partido. Particularmente protagónico fue el papel que desempeñó en las vísperas de la caída del gobierno democrático de Salvador Allende. Hizo todo lo que estuvo a su alcance para evitar el derrocamiento. Sirvió de mediador y negoció directamente con Allende, junto con el cardenal Raúl Silva Henríquez, para salvar las instituciones democráticas. Esto le granjeó odios en los sectores conservadores. Cuando se produjo el golpe de Estado de Pinochet, declaró que las fuerzas armadas se habían adelantado a evitar una tragedia, la anarquía o la guerra civil. Aclaró que esperaba un pronto retorno a la democracia. Esto le valió la animadversión de amplios sectores de la izquierda.

Pero cuando los militares dejaron claro que habían llegado para quedarse y Pinochet convirtió el régimen en un personalismo despótico pasó decididamente a la oposición y predicó una moderación que desconcertó incluso a sus aliados. Esa misma moderación, sin embargo, fue un aval para liderar la concertación de las fuerzas democráticas y para presidir una transición sin traumas que todavía se encuentra en trance de perfeccionamiento. Como resume Sergio Bitar, importante político chileno, el de Aylwin fue un liderazgo firme en el objetivo y prudente en la forma. Lo que me hizo recordar un personaje de Borges, “capaz de no alzar la voz y de jugarse la vida”.

La evocación anterior remite a Venezuela. La polarización que vivimos y la necesidad de diálogo recuerdan las que vivió Chile antes del golpe del 11 de septiembre de 1973. Si queremos evitar las consecuencias nefastas de un gobierno militar sangriento como el que padeció el país sureño durante 17 años se necesita de liderazgos firmes y actitudes abiertas capaces de convocar y movilizar a la mayoría de los venezolanos. El proceso para que fructificara tal liderazgo fue largo y doloroso. Aquí todavía no ha corrido tanta sangre como la que derramó en Chile un gobierno doctrinariamente terrorista. A lo más, tenemos un gobierno malandro. También nos son más favorables las circunstancias internacionales y el pueblo ya se ha pronunciado en elecciones. Por ello es de esperar que el destino nos depare un liderazgo como el que ejerció Patricio Aylwin.