• Caracas (Venezuela)

Eduardo Mayobre

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Orden mundial

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Henry Kissinger publicó el mes pasado un libro titulado Orden mundial. En él recorre los principales problemas que enfrentan la humanidad y las relaciones internacionales. Lo hace con una perspectiva histórica que nos permite entender los orígenes, riesgos y posibilidades de los acontecimientos actuales. Aborda temas tales como la proliferación nuclear, las redes sociales, la cibertecnología y el terrorismo. Nos actualiza en los debates mundiales sobre la globalización, la emergencia de China, el programa atómico de Irán, la primavera árabe y las actuaciones del ejército islámico. Lo recomiendo ampliamente, porque además está escrito en un lenguaje sencillo y accesible.

Es notable que el libro sea la obra de un autor de 91 años que está tan al día que una de sus frases recurrentes sea “al momento en que esto se escribe”. Resulta muy útil para quienes hemos quedado aislados por el apagón cultural “bolivariano” y afortunadamente es posible obtenerlo vía libro electrónico. No se puede en este espacio analizar los planteamientos de Kissinger. Pero sí creo pertinente señalar, después de tanto elogio, que el indudable papel protagónico de Estados Unidos de América en el siglo XX y lo que va del XXI, está teñido de un aire hollywoodense que los hace aparecer como el “muchacho” de la película, lleno de buenas intenciones y solo con pecados comprensibles. A quienes hemos estado sometidos al maniqueísmo antiimperialista del actual régimen venezolano nos viene a la cabeza el viejo dicho “ni tan calvo ni con dos pelucas”.

Lo más destacable para quienes vivimos en el hemisferio occidental que no forma parte de los llamados Estados de la Unión es que América Latina y el Caribe no se consideran y prácticamente no se nombran. El texto hace análisis extensos y profundos de Europa, del Medio Oriente, de Irán, de Asia, Rusia, Japón, India, China y por supuesto Estados Unidos. América Latina como si no existiera. Tampoco el África subsahariana, ni siquiera Canadá. En el texto la palabra Venezuela aparece sólo cuatro veces, una en relación con los problemas limítrofes con la Guayana Británica en el siglo XIX y tres respecto al bloqueo europeo contra el gobierno de Cipriano Castro a comienzos del XX. La palabra América Latina aparece una sola vez. A Fidel Castro no lo menciona, menos a Chávez. México aparece cinco veces, a propósito de la anexión por Estados Unidos de Tejas, California y otros territorios. Otro tanto sucede con Brasil y Argentina.

Lo anterior no hay que tomarlo como ofensa, sino como síntoma de lo poco importante que somos para Estados Unidos en la definición de sus políticas internacionales (al menos para uno de sus más destacados estadistas). Seguimos siendo considerados como el patio trasero, parte de la propiedad en la cual se acumulan las basuras. En donde ni siquiera es importante intervenir abiertamente porque el control estadounidense se da por sobrentendido. Tanto así que de la desafortunada intervención del gobierno norteamericano en el golpe militar de Pinochet las noticias más fidedignas que se tienen son las del propio Kissinger en sus Memorias, en las cuales sí nos menciona.

Sin embargo, es importante destacar que esa actitud es contradictoria con uno de los principales argumentos del libro, de acuerdo con el cual el orden, en este caso el mundial, consiste en un equilibrio entre el poder y la legitimidad. Esta última basada en los principios. Porque mientras los principios que Estados Unidos y Kissinger se ufanan en proclamar son la libertad y la democracia, han consentido, cuando no promovido, que sean pisoteados por extremismos y dictaduras de uno y otro signo en una región donde su poder es de tal magnitud que no vale la pena considerarla cuando se elabora una estrategia para el mundo.