• Caracas (Venezuela)

Eduardo Mayobre

Al instante

Eduardo Mayobre

Jefeciviles

autro image
  • Tweet:

  • Facebook Like:

  • Addthis Share:

En el libro-entrevista Alternativas, Iván Loscher le pregunta a Juan Pablo Pérez Alfonzo:

—¿Nuestros socialistas le parecen muy ortodoxos?

—No muy ortodoxos, sino muy jefeciviles –es la respuesta– Mandadores, como son todos. Ahí es donde está el peligro en nuestro caso.

Para la generación de Pérez Alfonzo los jefes civiles eran los de la época del general Juan Vicente Gómez. A estos los caracteriza muy bien Rómulo Gallegos en Doña Bárbara, en el personaje Ño Pernalete. Lo describe de la siguiente manera: “Se parecía a casi todos los de su oficio, como un toro a otro del mismo pelo, pues poseía lo suficiente para ser Jefe Civil: una ignorancia absoluta, un temperamento despótico y un grado adquirido en correrías militares”. Se puede agregar que los jefes civiles constituían el vínculo más directo entre el Benemérito y las comunidades. Por ello Gómez los utilizaba como instrumentos de información y represión. Por lo mismo, en su mayoría eran andinos e incondicionales del dictador. A semejanza de su jefe solían ser extraordinariamente arbitrarios. Sin embargo, no dejaban de actuar y de pensar como subordinados.

Un caso que me atañe puede servir de ilustración. En Carúpano un jefe civil andino le había quitado sus tierras a un campesino, el cual recurrió a un abogado, pariente mío, para tratar de recuperarlas. El abogado ganó el caso, en vista de lo cual el jefe civil lo metió preso. Cuando la esposa del jurista fue a reclamarle al jefe civil por la arbitrariedad, éste le contestó: “No se preocupe, señora, vuelva a su casa y allá lo va encontrar”. Lo encontró, pero muerto.

Lo anterior viene a cuento porque al parecer en Venezuela mandan ahora unos jefes civiles, también por delegación del líder del proceso. Dada la no presencia del comandante (¡prohibido decir ausencia!) sus instrumentos han sido dos o tres jefes que se asemejan a Ño Pernalete e intentan emular al líder máximo en su agresividad y arbitrariedad en el manejo de los asuntos públicos. Y como el personaje de Gallegos le imponen a los jueces: “Quien tiene la razón es fulano. Sentencie ahora mismo a favor suyo”.

Volviendo a Pérez Alfonzo y a sus para entonces inclinaciones socialistas, le dice a Loscher: “Yo siempre he sido demócrata por temer mucho a las dictaduras, aun cuando ésta sea socialista. Esa posibilidad es muy peligrosa entre nosotros”. Ante la observación de su interlocutor de que alguien nos debe salvar, afirma: “Mejor es que nos salvemos nosotros. ¿Quién sabe si ese alguien que supuestamente nos salva no es capaz de condenarnos?”. Y concluye: “Las dictaduras entre gente atrasada son dictaduras militares, que pueden ser muy peligrosas”.

Sin entrar en el debate sobre la amenaza para la vida en sociedad que significan los personalismos, me parece sumamente preocupante que en Venezuela manden unos pocos jefes civiles. Y lo que es peor, que se trate de jefes civiles que andan por su cuenta, sin tener que, o poder cómo, rendir cuenta ante la instancia máxima. Corremos el riesgo de caer en manos de quienes, como algunos curitas parroquiales de otras épocas, imponían su voluntad porque habían recibido una inescrutable orden divina.

El estilo despótico y retrechero de los jefes civiles a cargo del Gobierno, que dicen no actuar por cuenta propia sino por una inspiración que les viene de allende los mares, refuerza esos temores. Disfrazar de ideología el jefecivilismo, el deseo de mandar sin cortapisas, ha llevado a no pocos países de nuestra región a padecer las dictaduras más absurdas y también al desprestigio de las ideologías.

Los jefes civiles que les imponen a los jueces sentenciar a favor suyo, o que castigan sin piedad a algunos magistrados distraídos o virtuosos que se olvidan de hacerlo, pueden ser peores que el amo a quienes dicen servir. O lo que es aún más alarmante, pueden caer en luchas despiadadas entre ellos, como los dioses de la mitología griega, que llevaban desgracias a los seres humanos mientras Zeus, el dios máximo, observaba indiferente tales enfrentamientos.

Sin fuerza propia, recurren a un tono amenazante y guapetón. Desamparados de la coraza que les prestaba el jefe máximo hacen de tripas corazón para disimular que ya no disponen del piso en que antes se apoyaban. Ahora los jefes civiles tienen miedo. Y lo canalizan inventando atentados y conspiraciones contra ellos. Y a quienes consideran enemigos les advierten como última amenaza: “¡No se equivoquen!”. Porque quizás el jefe pueda volver intacto y ellos puedan volver a ser el instrumento de sus furias, papel que hasta ahora han desempeñado con esmero.