• Caracas (Venezuela)

Eduardo Mayobre

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Invasión yanqui

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Hace ya medio siglo, el 28 de abril de 1965, 22.000 efectivos militares estadounidenses, que más tarde llegarían a ser 44.000, invadieron la República Dominicana con el objeto de evitar el triunfo de la llamada revolución constitucionalista. Recordarlo permite señalar que la intervención armada de la primera potencia mundial para avanzar sus objetivos políticos no es algo inédito. Puede suceder y desde entonces han tenido lugar en nuestro continente acciones bélicas, sin disimulo alguno, en Granada y Panamá.

La razón esgrimida en ese entonces para utilizar el poderío militar fue el hecho de que “peligraban vidas de norteamericanos” y que Estados Unidos “jamás permitiría el establecimiento de un nuevo régimen comunista en el hemisferio occidental”. Eran tiempos de Guerra Fría. Hacía no mucho había sucedido la frustrada invasión de Bahía de Cochinos o Playa Girón a Cuba y se había presentado el enfrentamiento con la Unión Soviética sobre el despliegue de cohetes en Cuba, el cual estuvo cerca de provocar una guerra nuclear.

El conflicto local consistía en que después del fin de la terrible dictadura de 31 años de Rafael Leónidas Trujillo (Benefactor de la Patria y Padre de la Patria Nueva) se habían realizado elecciones democráticas y a los pocos meses el presidente electo había sido derrocado por un golpe militar. Ante la dictadura subsiguiente el movimiento constitucionalista intentaba reinstalarlo. La injerencia estadounidense evitó el triunfo de los constitucionalistas. En cuanto llegaron los militares yanquis dividieron en dos la primera ciudad fundada en continente americano, aislaron a los rebeldes e inventaron un gobierno que los obedecía. Pero no pudieron derrotar del todo al movimiento popular constitucionalista, el cual mantuvo el control del centro de la ciudad capital.

El despliegue militar estadounidense a los pocos días se convirtió en las Fuerzas Interamericanas de Paz de la OEA, con la incorporación de unos escasos efectivos de Brasil y el aporte simbólico de otros pocos países.

La OEA fue un fiel instrumento de la política norteamericana, pero algunos países, como México, Chile, Argentina, Uruguay y Venezuela se opusieron a la descarada intervención imperial. Las Naciones Unidas lograron un cese de fuego que evitó el predominio de las fuerzas de intervención y de las castas oligárquicas. Desde Venezuela el presidente adeco Raúl Leoni reafirmó la tradición antimperialista de la república civil venezolana. Incluso le ofreció al presidente constitucional dominicano, Juan Bosch, trasladarlo desde Puerto Rico, donde estaba exiliado, a Santo Domingo para encargarse de la presidencia. Asumía así la vieja disputa entre la tiranía de Trujillo y la democracia venezolana.

Los estadounidenses se debatían entre apoyar al ejército que habían creado a principios de siglo para controlar al país caribeño o promover la democracia. Su indecisión originó un impasse que duró casi dos años y se tradujo en muchas muertes. No podían resolver el conflicto entre su establecimiento militar y las fuerzas civiles progresistas norteamericanas.

Resulta curioso constatar que después del siglo XIX las invasiones militares yanquis en América Latina se han limitado a países pequeños de la cuenca del Caribe y no han incursionado en América del Sur. El matón del barrio ha agredido preferentemente a los pequeños. No se sabe si estaría dispuesto a acciones bélicas en países de mediano tamaño de su patio trasero. Desafiarlo a que lo haga puede ser una táctica para mostrar valor por parte de quienes piensan que no se atrevería o una audacia suicida de unos irresponsables. Ya no hay una Unión Soviética que respalde bravatas.

Pero tampoco una urgencia geopolítica que obligue a intervenir. De manera que el juego de pensar en una intervención armada del imperio no pasa del sainete. La intervención pudiera tener otras formas, más cercanas a la omisión que a la acción. Lo que quizás significaría dejarnos hundir en la propia desgracia.