• Caracas (Venezuela)

Eduardo Mayobre

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Eduardo Mayobre

Incertidumbre

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La incertidumbre es una de las peores dolencias que pueden afectar a una economía. Cuando no se sabe qué va pasar en las próximas semanas o meses se paraliza toda actividad o, lo que es peor, se adoptan estrategias defensivas ante posibles escenarios adversos, producto de temores irracionales. También aparecen conductas especulativas de parte de quienes pretenden sacarle provecho al desconcierto. Por ello la falta de toma de decisiones por parte de las autoridades encargadas de orientar los asuntos económicos causa daños profundos. Tal fue el caso, por ejemplo, de la paralización en la política cambiaria durante el año pasado, por divergencias entre los miembros del gabinete económico. La indecisión provocó que el precio del dólar paralelo más que se duplicara innecesariamente en poco tiempo y aumentó las distorsiones en el comercio y la producción.

Más dañino aún puede ser el anuncio de políticas que después no se ejecutan o que las máximas instancias se inhiben de autorizar por temor a su impacto. El aumento del precio de la gasolina insinuado a finales del año pasado y postergado desde los días de máximo poder de Hugo Chávez es un ejemplo. En esto último ya no hay tanta incertidumbre porque la mayoría de la población ha llegado a considerar tales anuncios como el lloriqueo de un niño malcriado incapaz de adoptar una medida obviamente necesaria. Se trata de algo similar a las obras que se anuncian y no se comienzan, o se comienzan y no se concluyen, a las cuales estamos acostumbrados. Pero con consecuencias mucho más perversas. Porque no solo se pierden los reales sino también el valor de la moneda.

Tanto o más irresponsable es la declaración del vicepresidente del área económica sobre la pronta reunificación de los tipos de cambio. En su desesperación por convencer a los centros financieros internacionales para obtener préstamos con el objeto de permitir sortear al fisco nacional y a la empresa petrolera estatal la situación insostenible en que se hallan, promete un buen comportamiento compatible con la ortodoxia liberal que rige en esos centros.

La unificación de los tipos de cambio a breve plazo es contradictoria con la orientación que ha tenido el actual régimen desde sus inicios y además no es realista. Son tales las distorsiones que se han creado en la economía en los últimos años, y en especial en los últimos meses, que una súbita unificación de la paridad de bolívar (¿fuerte?), necesariamente equivalente a una devaluación masiva, desataría una espiral inflacionaria de consecuencias políticas y económicas incalculables. No era realista cuando Carlos Andrés Pérez intentó hacerlo en los días previos al “Caracazo” y lo es mucho menos ahora cuando los desequilibrios económicos son infinitamente mayores.

Por ello los anuncios de medidas que no van tomarse constituyen una irresponsabilidad que solo conduce a la frustración de los ingenuos capaces de creerlos y a una erosión mayor de la credibilidad de quienes nos han conducido a la paralización, la inflación aguda y el desabastecimiento. Un cambio de ministro y la rabieta desleal de un fundamentalista no son suficientes para restablecer la certidumbre necesaria para un funcionamiento por lo menos normal de la vida económica.

John Maynard Keynes, probablemente el principal economista del siglo XX, fue quien recalcó la importancia de las expectativas y las incertidumbres en el análisis económico. La manera que tenían hasta entonces de enfrentarlas las economías capitalistas era mediante los ciclos de auge y recesión. A partir de Keynes ha sido a través de las políticas macroeconómicas, unas acertadas otras equivocadas. El bloque soviético encontró otra manera, el autoritarismo: se hace por fuerza lo que dice el gobierno.

Pero cuando es el propio gobierno el que introduce las incertidumbres, porque no es totalmente autoritario ni totalmente lo contrario, o porque simplemente no sabe lo que hace, nos encontramos ante el peor de los mundos posibles. Es eso, lamentablemente, lo que estamos empezando a experimentar los consumidores y los productores venezolanos. Y a la experiencia no escapan los burócratas bien intencionados que no atinan a saber a cuáles de las órdenes contradictorias o proyectos fantasiosos hacer caso.

La incertidumbre es particularmente dañina cuando alcanza a los responsables de tomar decisiones. Si, por ejemplo, el comando supremo no puede dilucidar si su repuesta a los problemas es cívica o militar. O en el caso de que los dirigentes vacilen sobre si su socialismo es de este siglo o del siglo pasado. Si acaso es marxista, leninista, estalinista,fidelista o gramsciano. O una combinación de ellos. Lo sabremos (pero no hay mucha certidumbre) después del próximo congreso del partido único, en el cual las bases populares, asesoradas por las luces internacionales del chavismo, se pronuncien al respecto. A lo mejor entonces se puedan iniciar políticas económicas que despejen la incertidumbre que ahora nos agobia y empobrece.