• Caracas (Venezuela)

Eduardo Mayobre

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Eduardo Mayobre

Historia razonable de Francisco Massiani

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A mediados de febrero se estrenó la película Francisco Massiani. Breve y arbitraria historia de mi vida. Es hermosa, de buena factura, y su joven director Manuel Guzmán capta la personalidad del escritor. Se concentra en los años recientes de Massiani, luego de la muerte de sus padres y de su compañera y después de un accidente de automóvil que lo dejó postrado. Sin decirlo, porque la voz cantante es la del protagonista, el director muestra la entereza con la que este enfrentó tales reveses y el contraste entre una situación desgarradora y una personalidad de gran vitalidad. Tiene fuerza dramática y transmite un mensaje. No es ni intenta ser una biografía. No obstante, se reseñan algunos antecedentes en los cuales predomina la nostalgia.

Muy bien señala el título que se trata de una historia arbitraria, lo cual se corresponde con el carácter de Pancho (como en adelante llamaremos a Massiani) y es lo narrativamente correcto para conferirle sentido a la película.

Pero además de esa historia arbitraria existe una historia razonable. Exponerla, también con brevedad, es el objeto de este artículo. Razonable es lo contrario de arbitrario. Y como he sido testigo de la vida de Pancho, por una estrecha amistad que ya supera las seis décadas, quiero dejar constancia de esta otra cara de la moneda.

Antes de la época en que se concentra la película, Pancho vivió 50 años. En ellos logró sus mejores momentos. Su vitalidad de entonces no tenía restricciones. Y se desenvolvía en un medio benigno. En primer lugar, la casa de sus padres (escenario de gran parte del filme) que era una fiesta. Sus padres tenían la misma ternura de él, pero más refinada. La casa era un lugar de encuentro, a la cual acudían todo tipo de amigos y eran bien acogidos. No solo los de él, sino los de sus hermanos, Felipe, Jeanette y Coromoto. Uno de ellos decía que era un club. En la casa se intercambiaban ideas y entusiasmos, los cuales recorrían temas que abarcaban desde las últimas vanguardias literarias hasta el próximo partido de fútbol. Tal ambiente nutrió la obra de Pancho.

Igual sucedió con las mujeres. Si bien en la historia arbitraria se destaca su último amor, Belén Huizi, durante esos primeros 50 años hubo otros igualmente profundos. Empezando por su esposa y madre de su hija, Norma Olivares, mujer extraordinaria, y siguiendo por otros que me abstengo de citar para evitar indiscreciones u omisiones. Porque Pancho es casi necesariamente un enamorado.

Además de la casa paterna, en esos años que anteceden a la historia arbitraria estuvieron presentes la inevitable Sabana Grande, de sus tiempos de gloria, y las estadías en Madrid, Barcelona y París, para entonces escalas obligadas de todo aspirante a escritor latinoamericano. En ellas, Pancho amplió su vasta cultura literaria, heredada de su padre, la cual explica lo fino de su prosa.

En esa etapa de esplendor destacó no solo por su literatura sino también por su dedicación a la pintura y el dibujo. El éxito de varias exposiciones, individuales y colectivas, contribuía a realzar su figura de hombre talentoso, para quien las artes no guardaban secretos. Además jugaba bien al fútbol. Era un voluntarioso delantero.

De tal manera que la imagen un poco decadente de la historia arbitraria me recuerda una anécdota. Cuando los Massiani volvían por barco del exilio, desde Chile en 1958, Pancho cortejaba a una muchacha a la cual en cada escala (El Callao, Panamá, Cartagena) le decía que eso era bonito, pero nunca como La Guaira. Al acercarse a nuestro litoral se dio cuenta de que nuestro puerto no era lo que se había imaginado y no supo qué decir al amor de esa travesía. El final del viaje no es todo el viaje, ni necesariamente lo más representativo.