• Caracas (Venezuela)

Eduardo Mayobre

Al instante

Eduardo Mayobre

Hallacas

autro image
  • Tweet:

  • Facebook Like:

  • Addthis Share:

Por curiosidad navideña recurrí al Diccionario de la Real Academia y encontré lo siguiente: “hayaca. f. Pastel de harina de maíz relleno con pescado o carne en pedazos pequeños, tocino, pasas, aceitunas, alcaparras y otros ingredientes, que, envuelto en hojas de plátano, se hace en Venezuela, especialmente como manjar y regalo de Navidad”. Lo primero que me llamó la atención fue la ortografía. Siempre he pensado en ellas escritas con “ll” y, aunque he visto la palabra tal como la presenta el diccionario, me parecía un error, o al menos un modismo, llamarlas de esa forma.

Dispuesto a desafiar la autoridad de la Academia, acudí al excelente libro Buenas y malas palabras, de Ángel Rosenblat, con la esperanza de que me diera la razón y sobre la base de que recordaba vagamente que contenía un artículo sobre el tema y bajo la consideración de que Rosenblat sabía del lenguaje venezolano más que cualquier conjunto de académicos.

Efectivamente, en la primera edición de ese libro (1956) encontré el escrito, titulado “Hallaca”, lo que satisfizo mi vanidad lingüística. Sin embargo, en el último párrafo se hacía la siguiente pregunta: “¿No es un disparate escribirlo con una ‘ll’ que no existía en las lenguas indígenas de Venezuela?”. Y el comentario: “Además en los testimonios más antiguos aparece sistemáticamente con ‘y’, y con ‘y’ lo ha adoptado la Academia Española”. Rosenblat, aunque reconoce el uso generalizado de “hallaca”, desde su postura erudita parece preferir “hayaca”. Y atribuye el uso a un exceso de celo por respetar las formas castellanas. Dice: “La ultracorrección está siempre presente en la vida de la lengua. Aunque desacertada, testimonia el esfuerzo de los semicultos por huir de la vulgaridad, por elevarse, por hablar bien. Y no siempre es esfuerzo fallido. ¿No se debe a ultracorrección la ‘ll’ de ‘hallaca’ o de ‘cabulla’?”. Esta ultracorrección, apunta, llega a sus extremos en el caso de los fisnos, quienes hablan del bacalado de Bilbado o del cacado del Callado.

Más interesante aun es que la hallaca, la cual históricamente se origina en el tamal de México (¿Méjico?) y Centroamérica, originalmente se hubiera referido a “bojote”. La primera referencia a la palabra la encuentra Rosenblat en un testimonio de 1608, en Nirgua, donde se habla de “tres hayacas de sal grandes”. Según comenta: “Esas (…) eran evidentemente tres envoltorios o paquetes o ‘bojotes’ de sal”. Lo que nos acerca más a nuestros días. Porque actualmente resulta obvio que cada quien tiene su propia hallaca. Y en ella se encuentran, muchas veces se esconden, los ingredientes más diversos. Los propios de la región, el ambiente, el gusto personal e incluso la tradición familiar de que se trate.

Cada hallaca resulta una marca de identidad. Revela la clase social, las posibilidades económicas, las inclinaciones personales, e incluso las condiciones de salud de quienes las elaboran o consumen (por ejemplo, le quitan el tocino) y hasta el estado de la economía nacional (ya no hay alcaparras, almendras o aceitunas, porque no se consiguen o están muy caras). Pero en esa identidad también se revela el bojote. Según su contenido, ellas pueden ser oligárquicas o revolucionarias. Auténticas o pérfidas. Sinceras o traidoras.

En estas Navidades, donde la incertidumbre y las lealtades se han visto sometidas a tantas pruebas, la gente se pregunta lo que esconden las hallacas o los bojotes de los protagonistas. Cada quien presenta su manjar envuelto y amarrado en las hojas de plátano, pero no rompe la cabuya (¿Cabulla?). Y adentro puede suceder cualquier cosa. Esconden su verdadero contenido, empezando por la enfermedad del Presidente, siguiendo por las interpretaciones de la Constitución y, por último pero no menos importante, por las intenciones de los aspirantes y los opositores. Cada quien anda con su hallaca y su bojote bajo el brazo. Pero no conocemos sus ingredientes. Pueden ser saludables o explosivos. Y de las hallacas de esta Navidad depende la prosperidad del año nuevo.

Lo que sí es indudable es que las hallacas nos definen como venezolanos y constituyen una seña de identidad que nos une o debiera unirnos, no obstante la diversidad de ingredientes que puedan contener o que no se conozca lo que oculta el bojote.

 Para concluir, citaré las palabras iniciales del escrito de Rosenblat: “¡Que sean sabrosas y abundantes las hallacas de estas Navidades para todos! Navidades sin hallacas son inconcebibles en Venezuela, y el venezolano que se halla en tierras lejanas sueña con sus hallacas navideñas: ‘Este año comeremos las hallacas en Caracas”.