• Caracas (Venezuela)

Eduardo Mayobre

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Eduardo Mayobre

Golpes en el palo

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En el partido entre Brasil y Chile de octavos de final del campeonato mundial de fútbol, después de haber empatado en los 90 minutos oficiales y en los 30 de tiempo complementario, en la tanda de penales, en la última oportunidad, Gonzalo Jara cobró su turno y la pelota pegó en el palo, lo que significó la derrota de Chile y la clasificación de Brasil. El lanzamiento fue tan ajustado que la pelota no rebotó de frente al campo de juego sino que se proyectó de manera lateral, lo que muestra su impacto en el interior del palo vertical.

En el encuentro entre Argentina y Suiza cuando los sureños celebraban un golazo de Di María que aseguraba su triunfo a escasos minutos de la finalización del alargue, los suizos estrellaron un balón en la base del palo izquierdo, que de entrar a las redes hubiera significado un empate y llevado a la incertidumbre de los penales. En el duelo entre Holanda y Costa Rica, durante los últimos minutos oficiales los centroamericanos se salvaron varias veces por golpes en los palos de los cañonazos tulipanes, aunque finalmente perdieron en los penales por la incorporación de un arquero gigante holandés que con su corpulencia llenaba la portería.

Todo lo anterior se relata, y pudieran añadirse otros ejemplos, con el objeto de señalar que los golpes en los palos pueden ser decisivos. Cuando por imprecisión o mala suerte (buena para el contrario) la pelota no termina de entrar, no logra el objetivo, se define un destino. Lo que pudo haber sido no fue y se perdió la opción en los límites del pórtico contrario. A veces la pelota pega en el palo, entra, y logra el objetivo, como en el mítico gol de James Rodríguez ante Uruguay, que lo ha elevado a figura legendaria.

Si aplicamos esta mitología futbolera a la realidad política venezolana tenemos que durante los últimos años tanto gobierno como oposición han pegado muchos golpes en los palos. Ni unos ni otros han logrado sus objetivos (goal, en inglés, o gol castellanizado) y su disputa ha llegado a un punto muerto que sólo pudieran dirimir los (tribunales) penales si acaso tuvieran alguna entidad, que no la tienen, y se tuviera un árbitro que ambos respetaran (el árbitro Unasur se fue a los camerinos).
El gobierno no avanza al socialismo sino denuncia golpes, magnicidios, conspiraciones que o no existen o siempre pegan en los palos y no terminan de lograr el objetivo. La oposición se moviliza, como seleccionado de los países bajos, con gran habilidad pero sin lograr dañar el punto débil del contrario.

En resumen, las movidas políticas de gobierno y oposición resultan fallidas y pegan en los palos, mientras el país sigue hundiéndose en el marasmo económico y la pobreza. Hay un empate en el fracaso. Y el pueblo es quien lo paga. El gobierno fracasa en gobernar y la oposición fracasa en reemplazarlo.

Lo anterior crea un caldo de cultivo para otros golpes que ojalá también den en los palos. Porque nunca falta quien aspire a reemplazar la tentación totalitaria fracasada del actual régimen por una tentación totalitaria con pretensiones de mayor eficiencia. Detener esos golpes, aunque sea en los largueros, pudiera ser un motivo de diálogo entre el gobierno y la oposición. Pero si a los interlocutores los ciega la pasión, quizás el resultado sea un “palo de golpe”, del cual solo nos pudiera salvar la providencia.

La paralización, tanto del gobierno como de la oposición, no es la manera de evitarlo. No se trata de apostar a golpes en el palo que puedan significar la derrota de unos u otros. Sino de apostar por el futuro de un país que pueda lograr sus objetivos sin estar sometido a incertidumbres.

Mientras ese objetivo se presente como un enfrentamiento entre facciones dependeremos del azar. Solo un proyecto común de democracia, que todos dicen respetar pero pocos avalan, nos permitirá superar la confrontación ineficiente que ahora nos mantiene en la parálisis. Si solo se lograra comprender su importancia sería un gran avance.

Los chutes a las nubes o las tribunas que realizan los voceros de las políticas económicas cuando anuncian medidas que pretenden satisfacer a la vez a la comunidad financiera internacional y a los colectivos revolucionarios son solamente dignos de una caimanera sin árbitros, ni reglas, ni límites de cancha. Son ficciones de la fantasía que ameritarían la renuncia. Ni siquiera se acercan a objetivos posibles.

Argentina, Brasil, Chile, Uruguay –protagonistas del actual campeonato mundial– vivieron hace no mucho tiempo situaciones parecidas, en las cuales sufrieron la economía, las libertades públicas y los derechos humanos. Ojalá no nos pase lo mismo.