• Caracas (Venezuela)

Eduardo Mayobre

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Eduardo Mayobre

Fidel y la violencia

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El abandono de toda vida pública por parte de Fidel Castro y los rumores sobre su posible desaparición física invitan a reflexionar sobre la significación histórica de sus 60 años de acción política. Fidel es, ante todo, un adalid de la violencia en América Latina. Resulta difícil imaginárselo sin un arma de fuego, desde los revólveres que blandía como dirigente estudiantil hasta los cohetes nucleares que aconsejó a los rusos lanzar contra Estados Unidos, pasando por los fusiles y las ametralladoras con que conquistó el poder y luego distribuyó por todo el continente.

Su defensa de la violencia armada fue reconocida y argumentada por él mismo, incluso a escala planetaria. En la Conferencia Tricontinental de La Habana de los años sesenta, la cual esperaba constituir un nuevo polo de poder mundial, la única delegación que no apoyó la lucha armada fue la encabezada por Salvador Allende. La promoción de las guerrillas por Castro en cada país de la región se convirtió en una verdadera cruzada, lo que ahora se llama una misión. En Venezuela tenemos la experiencia.

Dentro de su visión, descuidó el hecho de que la violencia propia origina y justifica la violencia contraria. De manera que la violencia armada, a menudo infantil, provocó y dio pie a las dictaduras militares de la doctrina de la seguridad nacional y al terrible terrorismo de Estado de éstas, que resultó casi siempre victorioso. Como efecto secundario, esa apología de la violencia –además del saldo de muertos, desaparecidos y torturados– pervirtió las modalidades de lucha política en el continente y derivó hacia todos los excesos, incluida en ocasiones la asociación con el narcotráfico.

A Fidel Castro más que por su ideología se le debe juzgar por sus métodos. Y estos han sido poco civilizados. La violencia, como decía una propaganda de la época de Betancourt, es el arma de los que no tienen razón. Y, agregaríamos nosotros, el recurso de los inmaduros. Lamentablemente, como nunca dejarán de existir inmaduros, la apelación a la violencia encontrará siempre seguidores. Unos por jóvenes, otros por su talante. Fidel la convirtió en Cuba en política de Estado. Uno de los recuerdos más tristes que tengo de mis visitas a la isla es haber visto en un parquecito recóndito de La Habana un grupo de escolares de menos de 10 años haciendo ejercicios militares con fusiles de palo.

En el momento histórico en que Fidel Castro llegó al poder podía encontrarse para su actitud una justificación histórica. Su aporte positivo a la historia de América Latina consistió en que pudo conquistar el poder no sólo sin el apoyo de los militares sino enfrentándolos. Eso le deparó una gran popularidad. Hasta entonces, aun los regímenes progresistas y democráticos de la región habían necesitado el apoyo de al menos una parte de las fuerzas armadas para formar gobierno. Sin éste, todo esfuerzo parecía destinado al fracaso. Lo que convertía a los militares en árbitros de la vida política y les confería un poder al que les era muy difícil renunciar, ligado a su monopolio de las armas.

La Revolución cubana fue el primer movimiento político desde la Revolución mexicana que conquistó el poder sin la ayuda del ejército formal. Lo que lucía meritorio si se tomaba en cuenta que después de la Segunda Guerra Mundial, y en el marco de la Guerra Fría, Estados Unidos había logrado crear una red de dictaduras y de solidaridades entre las fuerzas armadas del continente.

Con el pasar del tiempo, en el gobierno de la Revolución cubana la violencia, el método, se impuso sobre la ideología. Al punto de que hasta los rusos se atemorizaron. Y dejó de constituir un instrumento de eficacia política para convertirse en un símbolo capaz de crear solidaridades útiles a quienes buscan el poder por caminos ajenos a los del consenso o la razón.

En Venezuela, donde no están, por ahora, dadas las condiciones objetivas para ejercer una violencia real, la llamada revolución bolivariana asume con carácter simbólico la violencia y crea milicias, batallones, escuadras y brigadas; importa rifles, helicópteros de guerra, tanques; da la orden de poner rodilla en tierra y pulverizar al enemigo. No lo hace efectivamente sino en los desfiles militares, a los cuales invita a los supuestos pacifistas de la tierra. La revolución es una revolución armada, pero constreñida a ser pacífica. De esta manera rinde culto a la doctrina de la violencia armada, que es el lamentable legado real de Fidel Castro, desde que diluyó sus promesas ideológicas y el fin de la Guerra Fría desnudó que proclamar la violencia, por la violencia misma, concluye en agresiones que abarcan desde el arrojar piedras al prójimo hasta el imperio del terror.