• Caracas (Venezuela)

Eduardo Mayobre

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Elogio de los políticos

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Sin políticos no hay política y sin política no es posible acordar el pacto social que asegure el funcionamiento de una sociedad en términos de paz y normalidad. Por ello la condena generalizada de los políticos, la antipolítica, es una anomalía que conduce a la desintegración de la sociedad y a males mayores, tales como los que estamos viviendo actualmente.

En todo organismo hay piezas claves para su funcionamiento. Si cumplen su función ni siquiera nos percatamos de que existen. Pero si fallan todo el organismo puede colapsar. En términos mecánicos, por poner un ejemplo, la batería del automóvil es una pieza de la que habitualmente nos olvidamos hasta que falla o nos la han robado. No obstante, si no sirve todo el resto del aparato se paraliza. Igual pasa con la sociedad y los políticos. Si los políticos dejan de existir o de ser eficaces, la sociedad se paraliza o se deforma. Tal ha sido el caso de Venezuela durante las últimas dos décadas.

Cuando a comienzos de la última década del siglo pasado la antipolítica y el desprecio a los políticos arraigó en la vida pública, incluyendo a muchos destacados políticos que renegaron de sí mismos, comenzó el trágico proceso que nos ha conducido a donde estamos. El primer desafío abierto a la función de los políticos fue el intento de golpe de Estado del 4 de febrero de 1992, con el cual se pretendía imponer la violencia y eliminar las deliberaciones. Aunque fracasó, su impacto se vio reforzado por la campaña en contra de los políticos que sostenían los tecnócratas a quienes les había entregado el gobierno un presidente algo desconcertado. A lo anterior se añadió el activismo de intelectuales, empresarios y náufragos de la política que bajo el remoquete de “notables” buscaban eliminar y sustituir a los políticos.

Una coalición de todos ellos llevó al gobierno, a través de procedimientos políticos, a un máximo exponente de la antipolítica, Hugo Chávez, quien amenazaba con arrasar todo pacto social anterior y freír las cabezas de quienes lo hubieran acordado. Sin duda intentó cumplir sus promesas, para lo cual se arropó primero bajo un manto “bolivariano” y posteriormente bajo el paraguas “revolucionario”. Deformó ambos conceptos y transformó su mandato en un régimen personalista y excluyente, al cual, torciendo el lenguaje, bautizó como participativo y protagónico.

Hoy podemos observar sin mucho esfuerzo cómo esa exclusión, en muchos casos disfrazada de paternalismo, ha conducido a una división, a una polarización, del país que a su vez ha permitido la aplicación de políticas descabelladas que han desembocado en las penurias, escasez y falta de poder adquisitivo que padece la mayoría de la población. Estamos al borde del colapso político, social y económico y no parecen disponibles los mecanismos que pudieran evitarlo.

Hay dos caminos posibles que pudieran seguirse para evitar un desastre final: la violencia o el entendimiento. Son disyuntivos entre sí. La violencia, de la cual hemos tenido amagos, ha mostrado que es ineficiente. Conduce a una anarquía destructora o a un autoritarismo, que el pueblo venezolano ha demostrado no estar dispuesto a soportar. De manera que queda como única salida el entendimiento. Entiéndase: un entendimiento entre la mayoría de los venezolanos, que ojalá pueda incluir a los actuales radicales del autoritarismo, pero que no necesariamente debe hacerlo.

Dicho entendimiento debe resultar de la política, lo que quiere decir de la acción de los políticos. De quienes se empeñen en conciliar las posiciones encontradas y en consecuencia busquen fórmulas para superar posturas excluyentes. Tales políticos están en etapa de formación, por el envejecimiento y la obsolescencia de las viejas generaciones. Por ello mismo pueden provenir de diferentes sectores y ramas de actividad. Pero hacen falta si queremos evitar la degradación total de Venezuela.