• Caracas (Venezuela)

Eduardo Mayobre

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Eduardo Mayobre

Economía familiar

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En medio de los simulacros de defensa militar en los cuales hubo por lo menos tres bajas, incluyendo un militar fallecido, aunque no había enemigo, y las declaraciones altisonantes de un presidente que un día amenaza destruir al imperio y al día siguiente le tiende una mano para el diálogo, la vida cotidiana continúa con tropiezos que hasta hace poco era difícil imaginar. De los simulacros hubo antecedentes durante la dictadura militar de Marcos Pérez Jiménez, quien era amigo del imperio, única amenaza posible, pero deseaba mostrar sus aviones Camberra y mantener templado el músculo castrense de la sociedad que presidía. De lo que sí no hay recuerdo es de la escasez y la inflación que simultáneamente padecen las amas de casa y sus familias.

Como el Banco Central no ha publicado cifras sobre escasez y alzas de precios referentes a este año solo es posible enterarse de lo que sucede por la experiencia diaria. Esta es tan contundente que no le puede ser ajena ni aun al mayor despistado. Comienza al levantarse. Dame un café, le pide uno a la esposa. Ya no hay, responde ella. Eso es muy bueno, añade la hija adolescente, porque así rinden más el azúcar y la leche que se están acabando. Por cierto, le comenta la madre, vete más temprano al colegio y pasa por el abasto para ver si por casualidad llegaron y está pendiente de si hay jabón, papel tualé, shampú o desodorante que desde hace tiempo no consigo.

Pero dame los reales, pues todo está muy caro, contesta la muchacha. Solo tengo quinientos, que alcanza para poco, le replica la madre. Y continúa: Ayer saqué lo que podía del cajero y en unas pocas tonterías se me fue casi todo. Y eso que solo compré lo necesario. Y te gastaste el sueldo, interviene el padre. Ahora no sabré cómo llegar al final de quincena. Pero es que había pañales, responde la matrona, y aproveché para tener para una semana, porque el bebé los necesita y con la falta de agua no se puede ni lavarle el culito.

En el ministerio no me permiten reclamar porque el sueldo no alcanza, dice el padre. Cuando comento que ya no puedo comprar ni cigarrillos, porque están a casi 1.000 bolívares me dicen que eso es culpa de la guerra económica, de los yanquis malvados y de la burguesía explotadora. Pero quiero fumar y ya no puedo. Intenta ser un hombre nuevo, dice el jefe, eso es más ecológico y acorde con el espíritu revolucionario. Yo trato, pero el hombre nuevo no llega a final de quincena. Ni siquiera las franelas, cachuchas y cajitas felices que nos dan para asistir a las manifestaciones y ejercicios militares compensan el alza de los precios. Y la necesidad histórica no nos quita las ganas de comer una tostada, ahora inalcanzable.

Esa es una familia. Afortunadamente en ella todos son sanos y la falta de medicinas no genera más angustias.

En la del vecino el abuelo padece tensión alta. Y el remedio que le han recetado  no se encuentra. Lo que exacerba su mal humor. Y cuando le dicen que ya no hay mantequilla porque la única es de una marca danesa que excede sus posibilidades económicas se enfurece. Le sube la tensión. El vecino de más allá, revolucionario confeso e irredento, le aconseja que encamine mejor su irritación. Le explica que la rabia debe dirigirse contra los explotadores hispanos ancestrales que desde la llegada de Colón acabaron con la felicidad de los indígenas y contra los yanquis abusadores que añoran la plusvalía con la que se daban lujos antes de que nacionalizáramos el petróleo y van ahora por la reconquista.

El abuelo contesta: Yo solo quiero mantequilla y mi remedio, y soy hijo de inmigrantes canarios.