• Caracas (Venezuela)

Eduardo Mayobre

Al instante

Dulce patria

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El himno de Chile que ellos, menos solemnes, llaman la canción nacional, tiene un estrofa que comienza con la expresión “¡Dulce patria!”. Esa patria dulce es la que nos está haciendo falta y la que promete el candidato de la unidad democrática. En contraposición, el candidato presidente, oficial y comandante, nos ofrece una patria amarga, de insultos, resentimientos y retaliaciones. El contraste es notable, porque ante la agresividad desenfrenada de Chávez, su joven opositor ha mostrado una gran paciencia, ha llamado a la reconciliación de los venezolanos y ha insistido en evitar los enfrentamientos violentos, al punto de desplazarse en un peñero para evitar confrontar a los matones enviados para amedrentarlo.

La patria amarga del teniente coronel nos recuerda a la del general Augusto Pinochet, presidente de Chile, quien quiso perpetuarse en el poder mediante un plebiscito que prorrogaría su mandato espurio por ocho años. Las fuerzas democráticas, comandas por ese gran hombre que fue Gabriel Valdés Subercaseaux, presidente de la democracia cristiana, se unieron para tratar de recuperar las libertades. Y ante el arrogante llamado a plebiscito del dictador se plantaron como si fueran un solo hombre decididos a recobrar la dulce patria.

El día de las elecciones la población salió a votar masivamente. El poder y las encuestas confiaban en que la dictadura saldría victoriosa. Se habían preparado para ello. Y el ventajismo no podía ser más evidente. Pinochet esperaba impaciente el resultado. Creía que lo favorecería porque él había sido el creador del orden predominante. Pero los chilenos, calladitos como son, tenían otra idea. Estaban hartos de la prepotencia del general. Éste, cuando se empezaron a conocer los resultados, que le eran adversos, comenzó a gritar, de acuerdo con testimonios confiables: “¡Un engaño! ¡Todo fue un engaño! ¡Aquí hay puros traidores, mentirosos!”.

Pasada la medianoche convocó a su despacho a los comandantes en jefe de las fuerzas armadas, que cruzaron a pie la cuadra que separa el Ministerio de la Defensa del palacio presidencial de La Moneda. Según el relato, “los tres encontraron a un Pinochet enojado, de mal humor. Golpeaba en la mesa e insistía en la idea del engaño. Le habían mentido, decía una y otra vez”.

–Bueno yo ya he reconocido el triunfo del No (la oposición) aquí afuera, se adelantó Matthei (comandante de la Fuerza Aérea).

–¿No ven? –dijo Pinochet más airado–. Se informan con el enemigo, dejan al gobierno como la mona (muy mal).

Después se les presentó a los comandantes un decreto por medio del cual la Junta de Gobierno (Poder Legislativo) conferiría al Presidente amplios poderes. Matthei dijo que él no firmaba eso y agregó que había que cumplir con la Constitución. Pinochet se exaltó. Intervino el almirante Merino (comandante de la Marina): “Augusto, escúchame un momento. Nosotros juramos cumplir la Constitución, así que, por mi parte, la Constitución se cumple íntegramente. Al pie de la letra…”.