• Caracas (Venezuela)

Eduardo Mayobre

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Eduardo Mayobre

Diálogo

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El filósofo chileno Humberto Giannini destaca la distinción entre un diálogo que convenza y un diálogo que convenga. Para ponerlo en sus propias palabras: “Para llegar al diálogo hay que quererlo. Esto significa por lo menos dos cosas sustanciales: en primer término, reconocer que ‘hay aquí un problema’. En segundo término, querer alcanzar una solución que convenza, o si esto no es posible de ninguna manera, que convenga a las partes”.

Actualmente en Venezuela, cuando múltiples voces nacionales e internacionales consideran indispensable un diálogo político, la distinción es pertinente, aunque primero se deba llegar al convencimiento de que “hay aquí un problema”. Esa condición parece satisfecha. Para la oposición el problema consiste en el socavamiento de la democracia y las instituciones, la merma de las libertades, la crisis económica y el creciente autoritarismo. Para el gobierno, se trata de una “guerra económica”, en la que por los resultados vistos hasta ahora luce derrotado, de la pérdida de apoyo popular y el peligro de que tambalee su continuidad en el poder.

Para la población en general el problema se manifiesta en la erosión de su calidad de vida que significan la inflación, la inseguridad, el desabastecimiento y las carencias de los servicios públicos. Para un observador externo el asunto es más grave y consiste en que el conflicto degenere en un enfrentamiento que conduzca al uso de la fuerza, bien sea por la intervención militar, por una explosión social o una guerra civil, con los consecuentes atropellos y muertes.

También resulta claro que es difícil mantener un diálogo en que las partes se convenzan. En la famosa anécdota de Unamuno cuando enfrentó al general franquista dijo: “Venceréis, pero no convenceréis”. La manera de hacerlo fue la fuerza y una atroz dictadura de varias décadas. Pero como no es evidente que los actuales gobernantes criollos puedan vencer, aun apelando a la fuerza, parecería mejor apelar a la conveniencia. Conviene tanto al gobierno, a la oposición como al país iniciar un diálogo con la intención de evitar la caída del gobierno, el golpe militar, la anarquía, la debacle económica y el atropello a los derechos humanos.

En el área internacional la ventaja del diálogo la han comprendido recientemente los gobiernos de Cuba y Estados Unidos. Como dijo el presidente Obama, no espera convencer a los hermanos Castro de que respeten los derechos humanos, pero es conveniente que se moderen al respecto. En el caso de Colombia el diálogo de paz parece conveniente para detener la hemorragia de crímenes. En nuestro caso, a principios de este año el gobierno consideró conveniente, aunque no convincente, un diálogo llamado a moderar la protesta popular y estudiantil. Pero el diálogo no fue tal sino una trampa, destinada a disminuir su creciente aislamiento internacional y a disimular su recurso a  la arbitrariedad y la fuerza.

Dejó morir al diálogo porque en todo diálogo hay un riesgo. Como dice Giannini: “Poner en juego ‘estas ideas mías’, por las que tal vez vivo o por las que me digo a mí mismo todos los días que lo que hago es bueno y justo; ponerlas en juego, exponerlas imprudentemente a la eficacia (…) de las ideas de mi contrincante; y arriesgar, así, que se confundan, que se me esfumen; y desposeído de ellas, quedar a la merced de ideas voraces (…) que pugnan en mi propia alma. Tal es el riesgo”. Tal es el riesgo en el chavismo de base si es que se entabla un diálogo. El de que, aparte de que le sea conveniente, pueda ser convencido. Y ese es el miedo de la cúpula gobernante negada a conversar y a utilizar métodos pacíficos de encontrar soluciones.

Nota: Giannini fue mi profesor de filosofía medieval y una de las personas más amables que he conocido. Falleció recientemente.