• Caracas (Venezuela)

Eduardo Mayobre

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Eduardo Mayobre

Descuido benigno

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La política del gobierno de Estados Unidos hacia América Latina pudiera caracterizarse como lo que ellos llaman un “descuido benigno” (bening neglect). Este consiste en observar los acontecimientos sin tomar parte en ellos. Han llegado a tal actitud como consecuencia de la experiencia histórica.

Durante la época de su expansión territorial y la consolidación de su predominio en el hemisferio occidental intervinieron cuando y como les dio la gana en la región y desalentaron toda otra intervención extranjera. Luego, cuando la Guerra Fría, apoyaron cualquier dictadura militar que se dijera anticomunista y se aliaron con los sectores conservadores para evitar que su rival ideológico estuviera presente en su área de influencia. Después de la caída del Muro de Berlín, pensaron en promover la democracia y el libre comercio con el objeto de que el continente fuera una vitrina de lo que debía ser un nuevo orden económico internacional.

En este último intento no tuvieron mucho éxito, porque aunque acabaron con las impresentables dictaduras militares tradicionales, las principales democracias liberales que buscaron su apoyo fueron de mala cepa y aspiraban más a la continuidad de los caudillos en el poder que a la instauración de las libertades civiles o el bienestar de sus pueblos. Tales fueron los casos de Menem, Collor de Melo, Salinas de Gortari y Fujimori.

Además del abuso de poder, dichos gobernantes adoptaron políticas económicas que desestimaban las necesidades populares y condujeron en las sucesivas elecciones a gobiernos que miraban con recelo la influencia del norte. En vista de lo cual fracasó el proyecto de Área de Libre Comercio de las Américas (ALCA), pieza maestra de la política de Estados Unidos en la región.

Como consecuencia, el gobierno norteamericano decidió abstenerse de intervenir en América Latina. Ya no tenía un rival al cual temer y sus iniciativas anteriores habían resultado fallidas. Por lo cual adoptaron una actitud de “sea lo que ellos quieran”. Solo dos áreas se exceptuaron de este descuido benigno –el narcotráfico y la inmigración– porque afectaban sus equilibrios internos.

En el caso de Venezuela esta actitud es particularmente notable, debido a la agresividad con que el gobierno nacional ha intentado enfrentar a Estados Unidos y achacarle todos los males que nos aquejan. Ante los insultos, intrigas diplomáticas y conspiraciones del gobierno venezolano en contra de ellas, las autoridades estadounidenses no se dan por enteradas. Permiten que se les acuse de promover guerras económicas y magnicidios y apenas si contestan. Oyen las amenazas y observan los esfuerzos de crear en el continente un frente antiimperialista como quien soporta los llantos de un niñito malcriado. Tampoco les importa que se conculquen los derechos humanos y económicos por los que dicen luchar. Se limitan a dejar que se pase la fiebre. Parecieran decirse que no son sus problemas. No les falta razón. Porque cuando han tratado de resolverlos desde Washington casi siempre lo han hecho mal o no se ha agradecido su presencia.

El descuido benigno nos permite entender la actitud de la potencia unipolar con Venezuela. No quitamos el sueño. No importa que se pisotee la democracia o que la población deba padecer el mayor desabastecimiento y la más alta inflación. Se dicen: “Hay que dejar que ellos se las arreglen”. Un caso parecido al de Cuba, donde solo esperan pacientemente que Dios haga su trabajo y se muera Fidel, porque ya no es una amenaza para nadie. O similar a Haití, país al que se ha dejado hundir en su miseria.

Por ello quienes piensan que para salir de este gobierno se contará con el apoyo del gobierno de Estados Unidos están equivocados. La tarea es solo de nosotros. Puede que si triunfamos obtengamos una sonrisa benigna del Pentágono. Pero no contemos con ayudas externas.