• Caracas (Venezuela)

Eduardo Mayobre

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Crisis

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En estos días estuve en una pequeña población del golfo de Cariaco y me informaron sobre una nueva costumbre. Antes de irse a dormir, los parroquianos desenroscan los bombillos exteriores de sus viviendas y los guardan en sus casas hasta el día siguiente. La razón para hacerlo es simple: si los dejan en las lámparas durante la noche se los roban. Y como ahora es muy difícil conseguirlos y, en caso de que se encuentren están carísimos, resulta indispensable conservarlos. La vieja costumbre de reunirse al anochecer enfrente de la casa para agarrar el fresco y la falta de alumbrado público aconsejan resguardar de todo peligro las luces externas.

En este sencillo hecho cotidiano se resumen varias de las características de la crisis que debemos vivir los venezolanos: falta de seguridad, escasez, inflación, fallas de los servicios públicos. Tales problemas se presentan en las más diversas e inesperadas situaciones. Por ejemplo, en reservar el tiempo necesario para hacer cola en los abastos y supermercados o en ausentarse del trabajo el día en el cual es posible acudir a ellos según el número final de nuestra cédula de identidad. También en el asombro de descubrir que no alcanza el dinero debido a que el precio de lo que pensábamos comprar se ha duplicado o en la novedad, casi costumbre, de que se fue la electricidad o se suspendió el suministro de agua.

La crisis no consiste tanto en esos problemas sino en el hecho de cada día se agudizan y hacen peores. Y ante la imposibilidad de resolverlos, atenuarlos o al menos detenerlos los encargados de los asuntos públicos en vez de ofrecernos soluciones nos presentan culpables. Debemos sacar de su lugar y ocultar los bombillos no porque sea casi imposible reponerlos o porque haya quienes se los roben sino porque vivimos una guerra económica en la cual los malvados se empeñan en hacer fracasar a quienes han soñado en un futuro mejor y proponen en el plan de la patria que se salve al planeta y hasta la raza humana. En tal guerra, según nos decía clarividentemente el comandante, necesario es vencer y no habrá carencia de bombillos, alza de precios o ladronzuelos nocturnos que detengan el triunfo de los buenos. Menos aun imperios, oligarcas o acaparadores que estimulen tales inconvenientes pasajeros.

La crisis consiste en que estos se han tornado peores y permanentes. Tómese el caso del valor de la moneda. Lo que antes servía para comprar un kilo de carne ahora solo alcanza para verle el pellejo. Y desde lejos, al final de la cola. El día en que te toca y luego de sufrir un interrogatorio. Uno abre la cartera y se pregunta: ¿Qué se hace con un billete de 50 bolívares, 50.000 de los de antes, ahora llamados fuertes? ¿Adónde llegaremos con 4.000 bolívares que son solo 10 dólares? ¿Adónde vamos?

La experiencia muestra, por lo menos en el caso de gran parte de los países de América Latina, que estos tipos de crisis son acumulativas. Que la inflación genera más inflación. Y las carencias más carencias. Así como la ineficiencia crea más ineficiencia. Y la violencia más violencia. De manera que es mejor no preguntar ni tratar de avizorar el futuro, pues el presente es ya suficientemente calamitoso. Debemos enfrentarlo cada día sin saber lo que el mañana nos depara. Tanto el gobierno como los ciudadanos. Vivir en vilo. Primero rodilla en tierra. Ahora hincados. Probablemente postrados en los días siguientes.

Por ahora debemos llevar los bombillos para dentro del hogar. No dejarlos que alumbren, porque van a robárselos. Y no es posible reponerlos. Tal es la situación en un pequeño poblado del golfo de Cariaco y eso es lo que estamos viviendo, crisis mediante, en toda Venezuela.