• Caracas (Venezuela)

Eduardo Mayobre

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Avenida Rómulo Betancourt

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El concejo municipal de El Hatillo, estado Miranda, acordó por unanimidad en febrero de este año darle el nombre de avenida Rómulo Betancourt a lo que hasta la fecha se conocía como la subida de Los Naranjos, una de las principales vías de acceso a dicho municipio metropolitano. Se trata de un reconocimiento al líder político y ex presidente de la república que muchos llaman “el padre de la democracia” en nuestro país. El apelativo no es gratuito. Historiadores de la talla de Germán Carrera Damas lo han razonado profunda y extensamente.

El gesto de los ediles de El Hatillo enmienda en parte el proceder mezquino de Hugo Chávez, quien en su afán de acaparar el protagonismo y de torcer la historia para su conveniencia, le quitó el nombre de Betancourt al Parque del Este, lo rebautizó Francisco de Miranda, e hizo desaparecer el hermoso relieve de Marisol Escobar colocado a la entrada del parque.

Una peculiaridad de Venezuela, y en particular de Caracas, consiste en que los héroes se limitan a la guerra de Independencia y son en su mayoría militares. En consecuencia, las calles, avenidas y sitios públicos llevan sus nombres. Bolívar, Sucre y Miranda acaparan  la mayoría de las estatuas y de los nombres conmemorativos. El único civil que a veces se cuela en esa categoría es Andrés Bello, quien realizó lo mejor de su obra fuera de nuestro país. (En Chile, cuando yo cursaba la primaria, nos enseñaban que era chileno).

Hace no muchos años, cuando se empezó a elegir directamente a los alcaldes, tal monopolio de la conmemoración comenzó a debilitarse y se denominaron algunas calles y avenidas con nombres de civiles posteriores a la emancipación. Pero se prefirió a los hombres de empresa, quizás con la esperanza de congraciarse con sus herederos. Tal fue el caso de las avenidas Diego Cisneros (Los Ruices) y Eugenio Mendoza (La Castellana). Sobre esta última se produjo un curioso incidente. La embajada de la República Argentina reclamó sobre el nuevo nombre porque años antes a la avenida la habían designado con el del intelectual y político rioplatense Domingo Faustino Sarmiento. Pero, con excepción de la embajada, nadie se acordaba de este hecho. Todos conocían esa arteria como La Castellana, tal como en buena medida sucede ahora.

En otras latitudes se honra con el nombre de las calles y avenidas a personajes de la historia y de la vida civil. En Chile, que es donde más conozco, para indicar que alguien es de familia ilustre se dice que “tiene nombre de calle”: Irarrázaval, Orrego, Alessandri, Larraín, por ejemplo.

Volviendo a nuestro medio, tenemos que parece existir una vergüenza colectiva sobre nuestro pasado venezolano. Es decir, de lo acaecido desde 1830. Se pretende eludir, por ejemplo, que durante la segunda mitad del siglo XX Venezuela fue una de las poquísimas democracias de América Latina. Para no entrar en asuntos políticos, no existe una calle Arnoldo Gabaldón, Rafael Alfonzo Ravard o Leopoldo Sucre Figarella, para hablar solamente de tres venezolanos cuya obra resulta indiscutible.

Por ello la acción del Concejo Municipal de El Hatillo debe destacarse. Rómulo Betancourt merece ese homenaje y muchos más, independientemente de si se está de acuerdo con sus ejecutorias, porque es, sin duda alguna, uno de los forjadores de nuestra nacionalidad. Otro hubiera sido el siglo XX en Venezuela sin su largo y terco batallar.

A pesar de lo dicho anteriormente, se da el caso curioso de que al final de la subida de Los Naranjos, ahora avenida Rómulo Betancourt, comienza el bulevar Raúl Leoni, o de El Cafetal, bautizado en honor de su compañero de luchas, quien fue el segundo presidente de la democracia, en el primer caso en nuestro país de dos presidentes sucesivos elegidos por el pueblo.