• Caracas (Venezuela)

Eduardo Mayobre

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Andrés Eloy

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Para el venezolano decir Andrés Eloy es evocar al poeta del pueblo: Andrés Eloy Blanco. Todos lo quieren, sin distingos de ideas, clases sociales o color. En su figura se expresa un sentimiento nacional y constituye por eso un símbolo, hoy tan necesario, de unidad.

Nacido en Cumaná en 1896, fue protagonista de las luchas por la libertad y la democracia en la primera mitad del siglo XX y supo recoger en sus escritos el sentir y el pensamiento de los venezolanos e interpretar el alma popular.

El pasado 21 de mayo se cumplieron 60 años de su trágica muerte en México. Vivía en el exilio impuesto por la dictadura militar que entonces regía en Venezuela. Sus restos fueron trasladados a Caracas y hoy reposan en el Panteón Nacional. Su entierro fue una manifestación de dolor popular que el régimen se vio obligado a respetar. La dignidad de su actuación pública, la integridad de su vida y el valor de su obra literaria constituyen un legado que el país no puede olvidar.

Sus poemas han llegado a constituir parte de la conciencia nacional. Aunque incursionó en la poesía vanguardista fue fundamentalmente un poeta popular. Con el Canto a España ganó en 1923 el premio de la Academia de la Lengua Española en el Certamen de poesía Hispano-Americana. Muchos de sus versos uno se los sabe de memoria. “La renuncia”, “Píntame angelitos negros”, “Las uvas del tiempo”, “A un año de tu luz”, y el grandioso “Canto a los hijos”, son algunos de ellos.

Además de poeta y literato fue político y parlamentario. Estuvo preso por oponerse a la dictadura de Juan Vicente Gómez. En la cárcel recibió la noticia del sismo que azotó a su ciudad natal. Según cuenta: “El Alcaide de de la Rotunda, Coronel García, se dirigió a mí en esta forma textual: ‘Amigo, tengo una noticia para usted. Esta mañana un terremoto acabó totalmente con Cumaná. El mar está cubriendo lo que fue la ciudad’”. La impresión le inspiró los poemas que tituló La Casa de Abel. Posteriormente fue trasladado al Castillo de Puerto Cabello y confinado en la ciudad de Valera. La prisión y el confinamiento fueron la base para otro poemario: Barco de Piedra.

Más tarde fue presidente de la Asamblea Constituyente que redactó la Constitución de 1947, la cual estableció la democracia en Venezuela. Con su bonhomía y buen humor supo conciliar las diversas posiciones. Antes (1941) había sido uno de los fundadores y redactores del semanario humorístico El Morrocoy Azul, uno de los pilares de la libertad de expresión y el diálogo político civilizado en nuestro país. Durante el breve gobierno constitucional y democrático de su amigo Rómulo Gallegos (1948) se desempeñó como ministro de relaciones exteriores.

Su último libro, Giraluna, fue publicado en el exilio poco antes de su muerte. En él se incluye el Canto a los hijos, del que extraigo dos estrofas que debieran servirnos de lección en esta hora menguada de la patria. La primera se encuentra en la sección Coloquio bajo el Olivo.

“Por mí, ni un odio, hijo mío/ ni un solo rencor por mí/ no derramar ni la sangre que cabe en un colibrí,/ ni andar cobrándole al hijo/ la cuenta del padre ruin/ y no olvidar que las hijas/ del que me hiciera sufrir/ para ti han de ser sagradas/ como las hijas del Cid”.

La siguiente es parte de la sección Despertar y refleja muy bien la situación actual:

 “Es el alba. Los niños despertarán; ¡que pena,/ si nos vieran adentro nuestros hijos!/ Sumisión, miedo y hambre,/ estafa de la voz y estupro del suspiro./ Es el alba. Los niños despertarán, amigos:/ ¿quién besará sin manchas la frente de la aurora?/ ¿quién mirará de frente los ojos de los niños?”