• Caracas (Venezuela)

Eduardo Escobar

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Eduardo Escobar

Volver a Bergman

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Desde el océano de Internet estos días cayó en mi correo una invitación de esas que corren aleatoriamente por la red. Alguien a quien no conozco me envió el enlace de una película de Ingmar Bergman, Persona, que había visto hace tiempos. Y me pregunté cómo se vería hoy. Y la abrí.

El mundo virtual es también una mina inagotable de recuerdos, el caos de la memoria del mundo. El asco y la grandeza a la distancia de un clic que pide otro clic. De este modo, Persona me condujo al universo Bergman. Y me puse a repasar la obra de ese hombre que se hizo famoso hace años por su cine estrafalario y su capacidad para vaciar teatros, cuyos dramas, precedidos por el prestigio que les daban los intelectuales y los premios, atraían en principio a la montonera a las salas de cine, a la misma intonsa plebe que muy digna y discreta las abandonaba a los veinte minutos.

Al final de sus películas uno descubría que era uno entre cinco gatos capaces de aguantar esos fragmentos de vida de personas medias cargadas de frustraciones, esos diálogos de intensidad shakesperiana dichos entre torvos silencios por enfermos plagados de rudos odios y agrias incertidumbres.

Tal vez en la arrogancia del joven poeta de alcantarilla me hice devoto de Bergman por eso. Porque casi nadie lo entendía. Porque aburría al común de los mortales con sus fábulas en ocasiones deshilvanadas, en las cuales a veces la música está ausente y solo cantan las cosas, las puertas al abrirse, las vajillas al ser golpeadas por los tenedores, las gimientes sillas.

Uno lamenta que el cine hollywoodense haya sepultado el cine con corazón que alimentó la sensibilidad del siglo XX, el que preguntaba y se atrevía a mostrarnos vulnerables en una sociedad de solitarios, de pobres bestias hediondas que, tras una apariencia de normalidad, encubren desgarramientos atroces, hambres innobles. Lástima que el cine haya caído en la mera narrativa.