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Editorial de El Mercurio Chile | GDA

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La crisis que viene

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En el mundo, no exclusivamente en Chile, existe la tesis contraria, que la crisis se debe asumir como “normalidad”, palabra que molesta a muchos colegas influidos por el constructivismo. Ninguna sociedad humana puede vivir sin una noción de lo que es normal. Por otro lado, me suelen preguntar qué pienso de tiempos tan revueltos en Chile y en el mundo. Me resigno a dar una respuesta un tanto genérica y vaga, en forma de pregunta: ¿cuándo no ha sido así?

Lo mismo para el caso de corrupción y democracia. La deshonestidad se enquista y ese es un primer paso casi irreversible. Más fácil es recuperarse de una derrota militar aplastante (Alemania y Japón) que del deterioro moral. Llama la atención que en Argentina todos opinen que cualquier figura pública es un malhechor, un ladrón.

En un nivel más intenso, cuando una democracia tiene un alto nivel de violencia, que no se la puede combatir debido a la corrupción reinante (algunos países de América Central con récord mundial de asesinatos; el caso de México; Venezuela ya casi no es democracia y además violento y corrupto), carece de un elemento fundamental del Estado de Derecho y de la democracia: un mínimo grado de seguridad.

La Alemania de Weimar (1918-1933), que precedió al nazismo, desembocó en una crisis. Pero parte de esta fue la creencia de que se estaba en crisis: terrible, en una decadencia absoluta. Miradas más serenas podrían comprobar que las cosas no estaban tan malas.

La Francia de la Tercera República (1870-1940) vivía en crisis permanente por política y por escándalos; se hablaba de continuo peligro institucional. Bajo Mitterrand hubo la venta de fragatas a Taiwán, con femme fatale y todo. Inglaterra ardió en 1963 con el caso Profumo. En nuestro Chile se propaló por décadas antes de 1973 que se estaba ante una crisis inexorable. La tarea es dimensionar en su verdadera magnitud el asomo de crisis del presente.