• Caracas (Venezuela)

Edgardo Mondolfi

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Luis Ricardo Dávila, Premio Nacional de Historia

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La gramática de la crisis nos devora tanto por cualquiera de sus costados que, en estos tiempos de decadencia madurista, uno debe estar atento a celebrar cualquier atisbo de dicha dondequiera que ésta asome la cabeza. Esta semana, en medio de la escasez, el desabastecimiento y todas las demás carencias que se han convertido en signo habitual de nuestras vidas, el politólogo e historiador Luis Ricardo Dávila, ha sido galardonado con el Premio Nacional de Historia “Francisco González Guinán”.

La dicha, y más que la dicha, la proeza, es doble, puesto que el galardonado con el Premio bienal FGG conferido por la Academia Nacional de la Historia debió emprender camino desde Mérida en estos tiempos de disgregación territorial en que casi nos vemos obligados a remedar lo dicho por Antonio Leocadio Guzmán cuando constataba, hacia la década de 1830, que la mayoría de los puentes que cruzaban los ríos de Venezuela constaban apenas de dos cuerdas: una para sostenerse con las manos, y otra para deslizarse con los pies.

Con todo y las dificultades del periplo, Luis Ricardo llegó puntualmente a la cita, cobró el otorgamiento de este premio con la elegancia con que lo hace todo buen cazador y, de paso, brindó, con el pretexto de decir unas simples palabras de agradecimiento, lo que casi se convirtió en una magnífica conferencia acerca de los retos de lo que significaba la imaginación para el oficio de historiar y, especialmente, lo que implicaba seguir buscándole pertinencia y sentido a la Historia en estos tiempos de avasallante culto cuasi-religioso al bolivarianismo y a sus capillas conexas.

El caso de Luis Ricardo confirma que Venezuela no es sólo un país en crisis, como en días recientes lo recalcó un entusiasta escritor merideño, Ricardo Gil Otaiza, al referirse precisamente a nuestro galardonado. En este sentido, decía Ricardo Gil, Venezuela debe verse también como un país hecho de (y con) inteligencia, habitado por ciudadanos empeñosos y, por supuesto, por académicos irreductibles que, al margen de míseros o mínimos sueldos, son capaces de seguir construyendo obras investigativas de primera y sólida línea.

De alguna forma, esta última edición del Premio viene a confirmar lo que, desde su creación en 1988, ha significado que al menos cinco de sus recipiendarios, incluyendo al primero y, naturalmente, al más reciente, honren de manera directa o tangencial el gentilicio merideño. Desde luego, no podía ser de otra forma, puesto que ello es fiel reflejo de lo que Mérida ha venido a ser como cantera natural de historiadores, no sólo desde el tiempo de príncipes del oficio como Caracciolo Parra Pérez, Caracciolo Parra León, Tulio Febres Cordero, Vicente Dávila y Mariano Picón Salas o, en tiempos mucho más recientes, de otros no menos príncipes como Rafael Armando Rojas o Simón Alberto Consalvi.

Ello es así porque, en este sentido, resulta necesario hablar también de los profesionales que hoy en día hacen vida como activos y prolijos docentes en la Universidad de los Andes. De esos claustros, y entre sus últimas ediciones, proviene justamente Luis Ricardo Dávila, docente e investigador de la ULA, pero quien al mismo tiempo se mueve con la amplia cintura de un short stop al incursionar en otros registros del intelecto como biógrafo, editor, articulista polémico y opinante de la política.

Con todo y la amplitud del registro que lo caracteriza, creo no equivocarme al señalar que Luis Ricardo siente que sus aguas más seguras son las que tienen que ver con el campo de las ideas políticas y el análisis del discurso y, específicamente, con todo cuanto se refiere al imaginario político venezolano dentro de su más amplio sentido cultural. 

En vista de que el Premio Nacional de Historia pretende reconocer su obra y trayectoria, resulta preciso decir algo con mucha claridad: la obra de Luis Ricardo es vasta, mucho más vasta de lo que al principio podría suponerse, y ello por el hecho de que, como profesional de nuestra disciplina en estos tiempos, buena parte de ella está construida sobre la base de artículos académicos, conferencias y contribuciones colectivas que, por razones fáciles de entender, navega en el océano de la dispersión hemerográfica.

Para no dejar esto como expresión de una simple conjetura o impresión, recurramos concretamente a los números. El galardonado, con títulos posdoctorales en París y la Universidad de Essex, es autor de trece libros, entre ellos, Los orígenes ideológicos y sociales de la democracia venezolana; El imaginario político venezolano, ensayo sobre el Trienio octubrista; Poder, Lenguaje y Nacionalismo en la Venezuela contemporánea, editado en lengua inglesa por la Edwin Mellon Academic Press e, incluso, de uno escrito al alimón con el también imprescindible Rafael Cartay.

Pero si nos remitimos a su obra dispersa, resulta posible constatarla existencia de164 piezas, de mayor o menor extensión, en forma de artículos, conferencias, ponencias para congresos y eventos científicos, monografías o capítulos para obras colectivas. O sea, que escribir, bien desde Mérida o durante sus frecuentes estancias fuera del país, ha sido uno de los más persistentes oficios de Luis Ricardo.

La amistad que me une a Luis Ricardo Dávila ha sido más de carácter epistolar que personal. Comenzamos a anudarla desde los tiempos en que, como co-editor de la Biblioteca Biográfica Venezolana junto a Simón Alberto Consalvi, discutía con él aspectos y detalles editoriales acerca de su magnífica biografía de César Zumeta. Más recientemente, los intercambios me han llevado a importunarlo en su apacible refugio temporal en los Estados Unidos a raíz de alguna consulta sobre Rómulo Betancourt, particularmente en lo que al periodo de su Presidencia constitucional se refiere, y del cual Luis Ricardo es un verdadero especialista.

Algo he podido constatar, a pesar de esta amistad tele-concebida y tele-cultivada, y que viene en abono de otra cosa que Ricardo Gil Otaiza apuntara en su reciente escorzo acerca del galardonado: Luis Ricardo Dávila se distingue por cultivar una disciplina monástica en torno al oficio de investigar y se caracteriza en no menor medida por su espíritu jovial y emprendedor, así como, especialmente, por la rapidez de su verbo incisivo, algo que –a mi juicio- puede verse confirmado también en la lectura de sus libros, artículos y conferencias.

Es, pues un motivo de dicha que, en tiempos de tanta chatarra cotidiana, la Academia de la Historiase haya hecho sentir con voz alta al otorgarle este importante premio a un colega de tan elevada formación, aguzado ingenio y mejor prosa como Luis Ricardo Dávila.