• Caracas (Venezuela)

Edgar Cherubini

Al instante

“¿La belleza salvará al mundo?”

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Esta pregunta, por demás enigmática, la formuló Dostoievski (1821-1881), un profundo conocedor de las miserias y grandezas de la condición humana. En sus novelas explora la psicología de sus personajes en la compleja sociedad rusa del siglo XIX, reflejando los mismos avatares de nuestro presente colmado de violencia, convulsión e incertidumbre.

Hoy podríamos interrogarnos sobre lo mismo, ya que estamos viviendo una peligrosa declinación de los valores y se debe, en parte, a la pérdida del consenso ético sobre la aspiración al bien y a la belleza.

En relación con la belleza, esta es una experiencia subjetiva que través de juicios estéticos, la cultura y las convenciones sociales ha contribuido a implantar como medida del arte. Sin embargo, la belleza tiene connotaciones morales, debido a que en su esencia está asociada al bien.

Alexander Baumgarten (Aesthetica de 1750) afirmaba que la perfección artística es un reflejo del orden existente en el universo, y la belleza es la representación de ese orden. Inspirado en los valores griegos, Baumgarten expresó en su tratado que es necesario poseer virtud para reconocer la belleza, porque “la verdad estética va ligada a la verdad moral”.

El gran paradigma de la educación griega fue el de establecer un ideal para la moral del hombre: la aspiración al bien y la belleza. Platón (S. V a. C.) afirmaba que “la belleza es englobante y unificadora” y definió el bien como “aquello que eslabona todo el universo sensible e inteligible, lo material, las ideas y las representaciones de estas, la tierra, los astros, el hombre, la política, las ciencias”.  Pero la aspiración a ese ideal no nacía del azar, sino que eran producto de una disciplina consciente, condensada en el concepto y práctica de la Areté o virtud.

Aristóteles en su Ética a Nicómaco afirma: “Todo lo que nos da la naturaleza lo recibimos primero como potencialidades, que luego nosotros traducimos en actos (…) Quien se estima a sí mismo, debe ser infatigable en su heroísmo moral y, de ser necesario, abandonar todo para apropiarse del bien y la belleza”. Esto quiere decir que esos valores los tenemos en potencia dentro de nosotros, y la clave para hacerlos surgir reside en nuestra actitud, decisiones y acciones.

En este sentido, Platón nos dice: “La belleza es la representación de la verdad” y asociando la belleza a una dimensión moral expresa: “La belleza conduce al bien”, “no podemos disociar el bien de la belleza”, “la belleza no es posible sin el bien” y, finalmente, “la belleza irradia el bien y lo hace deseable”.  Tenemos entonces que la belleza es un desafío a la conciencia. Kant participa de esta corriente cuando afirma: “La belleza impulsa la vida y está profundamente conectada con creencias y actitudes morales del individuo. Alain Michel (Parole et la beauté) afirma que “en todos los grandes textos religiosos lo sagrado se encuentra íntimamente ligado a la belleza”.

La belleza puede surgir de un individuo cuando este reflexiona sobre el sentido de su propia vida, ya que la verdadera belleza, la que traspasa las apariencias, surge del ser, esa “belleza interior que ilumina” (San Agustín), de la que se desprende la belleza verdadera, a la que todo ser aspira.

Quizás eso fue lo que quiso transmitir Dostoievski con su críptica frase. En uno de los capítulos de su novela Los hermanos Karamazov, Ippolit, pregunta al príncipe Mischkin: “¿Verdaderamente, príncipe, fue usted quien dijo una vez que el mundo se salvaría por la belleza?”, Mischkin no responde y en silencio se dedica a velar por un joven moribundo, presa del sufrimiento, necesitado de cuidados y respuestas existenciales a su incertidumbre vital. Hay quienes como Boff, interpretan este gesto de compasión como la respuesta de Mischkin.

Esto nos lleva a indagar en el concepto de compasión. Según el budismo mahayana, la naturaleza del universo es la compasión y, por ende, nuestra esencia humana también lo es, el problema es que no lo entendemos o se nos ha olvidado, por lo que tendríamos que tomar conciencia de esa enseñanza trascendental.

Para Shopenhauer, “en la compasión se basa toda virtud verdadera, pues el conocimiento que supone es un recuerdo de que todos somos uno y el mismo ser”.

La compasión, término proveniente del griego, significa literalmente “sufrir juntos”, es un sentimiento que implica la percepción y comprensión del dolor que padece otro ser y el deseo de aliviar o eliminar tal sufrimiento.

Si nos preguntáramos qué es contrario a la compasión, es decir la crueldad, la inhumanidad, la insensibilidad, hallamos que estos antónimos provienen del mal, ese mal que amenaza, que aniquila, que infunde terror, que corrompe, que divide y destruye. Que produce ogros totalitarios y terroristas sanguinarios.

Pero volvamos al vínculo con la belleza. François Cheng, en su conferencia titulada De la Beauté, hace relación a la frase en cuestión: “Frente al mal, qué significa la frase de Dostoiesvki ‘¿Nos salvará la belleza?’. El mal, por una parte, y la belleza, por otra, esos son los dos desafíos que debemos establecer, porque lo que está en juego es nuestro destino y los fundamentos de la libertad (…) En este tiempo de miseria omnipresente, de violencia ciega, hablar de la belleza puede parecer incongruente, inapropiado o incluso provocador. Casi un escándalo, pero lo hacemos porque la belleza es lo contrario del mal”.

¿Qué significa la belleza para nuestra propia existencia? Según Platón, la belleza “es la garantía del bien”, al que todos aspiramos y “que solo se obtiene en libertad”, ya que el bien es una exigencia de justicia, de dignidad, de igualdad, de generosidad, de responsabilidad, de actitud ética, de compasión, de elevación espiritual. En ese sentido, la belleza es revolucionaria. ¡La belleza nos salvará!

 

edgar.cherubini@gmail.com

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