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Edgar Cherubini

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Edgar Cherubini

La Presidencia en crisis

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En su intervención titulada “Face aux français”, la semana pasada, el presidente François Hollande presentó un balance de sus dos años de gestión. Durante la emisión de 90 minutos en el canal del Estado (TF1), fue sometido a un severo escrutinio por periodistas y público presente y, pese a que no trazó ningún nuevo objetivo y sus respuestas abundaron en promesas, Hollande recobró un punto, para situarse en niveles de satisfacción de apenas 14%, contra un descontento de 80%, según difundieron diversas encuestadoras de opinión. Parte de su fracaso ha sido la economía, el crecimiento o “la croissance” que tantas veces repitió Hollande durante la campaña presidencial, se paralizó en 0,4%, y arrojó a 3,5 millones de franceses en el desempleo. Abucheado por la gente y parte de la militancia del Partido Socialista (63% lo rechaza), nunca en la historia de Francia un presidente había alcanzado tales niveles de rechazo y debilidad a mitad de su mandato.

Los sondeos indican que los franceses quieren que abandone la presidencia. No ha cumplido ninguna de las promesas de campaña y ha perdido la confianza hasta de su propio partido. Sus ministros han hecho públicas sus críticas y la ex primera dama, Valérie Trierweiler, luego de haber descubierto que Hollande tenía una amante instalada cerca del palacio presidencial, se separó del presidente destapando intimidades sobre su relación de pareja que hablan de un hombre superficial, mentiroso y mediocre, un tiro de gracia a su imagen ya desgastada en apenas dos años.

La impopularidad de Hollande, y con él la degradación de la investidura del jefe de Estado, ha suscitado un debate público sobre el papel del presidente. Según Christian Salmon (Les Derniers Jours de la Ve République): “Con Hollande se ha acelerado una crisis institucional que comenzó hace 20 años.  Se trata de revisar el modelo político que desde el 2000 no ha cesado de reforzar el presidencialismo y que, con el apoyo popular, ha dotado a la figura presidencial de poderes parecidos al que detentaban los reyes”. No olvidemos que estos últimos fueron guillotinados por el pueblo.

Sobre lo paradójico de la fascinación de los franceses por la figura presidencial, Jean Garrigues (Les hommes providentiels: Histoire d’une fascination française), comenta: “Decenio tras decenio le han otorgado poderes que en algunos casos han desembocado en un hiperpresidencialismo como en el caso de Sarkozy. Pero esa hipertrofia se contradice por la devaluación de los personajes que encarnan esa función.  Mientras más se empodera la figura presidencial, quienes la encarnan son cada vez menos capaces, no demuestran estar a la altura de su investidura”.  En cuanto al predecesor de Hollande, Garrigues afirma que “Sarkozy trivializó la función presidencial, en su lenguaje, su comportamiento, su relación con los medios de comunicación, jugando al omnipresente o al hiperpresidente. La tendencia parece inexorable: los jefes de Estado, durante medio siglo, parecen enfrentarse a una lenta degradación de su capacidad de actuar que va mucho más allá de la simple percepción y se revela flagrante en los asuntos económicos”. Para muestra un botón: el ex presidente Sarkozy tiene en estos momentos siete procesos judiciales del Estado en su contra por corrupción.

En el caso de Hollande ha sido patética la repetición del mismo guión escrito por la izquierda anquilosada, que habiendo fracasado en otras ocasiones lo trataron de imponer otra vez. Una de sus promesas durante la campaña fue la de “acabar con las finanzas”, de allí sus indecisiones y medias tintas a la hora de enfrentarse a la compleja realidad económica de Francia y los mercados globales. Ahora, con el agua al cuello, no cesa de exclamar que “ama a las empresas” y se autocalifica de socialdemócrata o social liberal, entre otras contradicciones que lo hacen ver como una veleta de los furiosos vientos políticos. “El hecho de que el voluntarismo económico solo apareció como argumento de la campaña y no como un eje real del gobierno ayuda a explicar la falta de popularidad de Hollande”, explica Jean-Claude Monod. 

Por otra parte, hoy en día los presidentes cada vez tienen menos poder, ya que las grandes decisiones se toman lejos de su alcance, en los mercados, en la Unión Europea y en las grandes corporaciones multinacionales que manejan la economía del mundo. Para lidiar con un mundo geopolíticamente convulsionado y una economía globalizada donde impera el neodarwinismo financiero, se necesita estar dotado de una capacidad, formación y una visión fuera de lo común. Ha llegado el momento de adaptar la institución presidencial a la realidad.

La crisis institucional que vive Francia es similar a la de otros países, cuya causa principal se debe a la debilidad, a la desconfianza que inspira, y en algunos países, a la ilegitimidad del presidente. Esto nos llama a la reflexión de si este modelo político, en el cual se ha investido a la presidencia con poderes cuasi soberanos, debería mantenerse o buscar la manera de renovarlo, ya que muchas presidencias son ocupadas por aventureros, pillos, populistas o simples burócratas sin nada que ofrecer, como Hollande. La declinación de Francia y la de otras naciones occidentales se debe a la pérdida de los valores republicanos y a una política no supeditada a la ética. “La institución presidencial fue tallada para alguien cuya dimensión histórica, carisma, autoridad y ambición calzaran a la medida de ese poder casi absoluto, para eso se necesita una personalidad excepcional, que la historia de Francia no ha generado más”, afirma Jean Garrigues. No se trata solo de buscar una tal “personalidad excepcional”, sino realizar las reformas necesarias que le den menos poder a una sola persona, que a fin de cuentas es de de carne y hueso como los demás.

Ante el agotamiento de los paradigmas y la necesidad de innovar y crear nuevos modelos para franquear con éxito la crisis global de Occidente y la que atraviesa Francia en particular, se necesitan nuevos líderes, capaces de inspirar a otros en una nueva visión del mundo, de unir a los ciudadanos en un objetivo común de país, con un discurso, actitud y valores dignos de encarnar con nobleza la investidura presidencial. Si hacen lo contrario, hay que cambiarlos.