• Caracas (Venezuela)

Edgar Cherubini

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La FIAC y la contrarrevolución en el arte

FIAC | Foto: El Nacional

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La 42 edición de la Feria Internacional de Arte Contemporáneo (FIAC) se desarrolló en París, del 22 al 25 de octubre. La colosal puesta en escena se realizó en los 77.000 m2 del Grand Palais, así como en diversos ambientes de la ciudad, incluyendo los jardines de las Tullerías y trayectos fluviales en el Sena. Un conjunto de 170 galerías provenientes de 22 países, exhibieron obras de arte moderno, arte contemporáneo y arte emergente.

Las galerías que exhibieron obras de arte moderno y arte contemporáneo reportaron ventas millonarias desde las primeras horas, ya que resultaron un oasis de coherencia ante la confusión de las propuestas del llamado arte emergente, en su mayoría descorazonadoras, provenientes de artistas sin discurso, carentes de investigación y conceptos. Se vislumbran pocos visionarios o precursores de una nueva estética. La estratagema de las llamadas “instalaciones” permite exhibir la estupidez y la banalidad. Pero como dice el aforismo popular, donde hay un astuto hay un incauto.

El mercado global del arte se ha convertido en un verdadero fenómeno financiero del siglo XXI. En 2014, alcanzó la cifra de 51.000 millones de euros, con un crecimiento interanual de 7%. Su desarrollo ha alcanzado grandes proporciones y engloba un portafolio multinacional de ferias, galerías, marchantes y coleccionistas. Adquirir una obra de arte resulta más rentable que invertir en la bolsa de valores.

Pese a su vigor, existe una gran confusión ante el “se vale todo” en el arte,  promovido por un mercado voraz, muy eficaz en mercadear propuestas insulsas que invaden ferias emblemáticas como la FIAC. Críticos de arte, en alianza con galeristas, curadores, grupos financieros y medios especializados, persuaden a la gente desinformada a preferir lo falso a lo verdadero, lo insustancial a lo valioso, ocasionando una crisis de valoración estética.

Este “se vale todo” o “todo es arte” comenzó cuando Marcel Duchamp (1887-1968) cuestionó el academicismo y en 1917 expuso un urinario de porcelana que tituló Fountain, bajo el concepto ready-made art, dando inicio, sin proponérselo, a que muchos otros se sintieran con licencia para matar el arte. Son vulgares imitadores de las obras de Duchamp, Ray, Picabia, del surrealismo, dadaísmo o del pop art, entre otras tendencias que estos exponentes del disparate copian sin pudor alguno. 

Como afirma Baudrillard, en la actualidad el “arte apuesta a esa incertidumbre, a la imposibilidad de un juicio de valor estético fundado, y especula con la culpa de los que no lo entienden, o no entendieron que ‘no había nada que entender’. Esta paranoia cómplice del arte hace que ya no haya juicio crítico posible, solo un reparto amistoso –necesariamente de comensales– de la nulidad”.

 

El desconcierto que producen curadurías ineficaces está opacando los verdaderos discursos del arte contemporáneo, de esos conceptos que lograron revolucionar el arte a partir de 1950, así como el de jóvenes artistas del presente con investigaciones y propuestas innovadoras. 

Críticos de arte, periodistas culturales y curadores convierten lo frívolo, banal y nulo en vanguardia, promocionando a unos seudosubversivos o seudoanarquistas, que imbuidos de la ideología del kitsch pretenden implantar la dictadura del mal gusto, del déjà-vu y la confusión, la contrarrevolución en el arte. 

 

edgar.cherubini@gmail.com

www.edgarcherubini.com