• Caracas (Venezuela)

Eddy Reyes Torres

Al instante

Las raíces de la revolución de hoy

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A estos revolucionarios patrios les calza a la perfección lo apuntado por Rufino Blanco Fombona en Páginas de un diario inconcluso a comienzos del siglo XX: “El hombre continúa siendo el mismo animal feroz que ha llenado siempre de lágrimas y de sangre las páginas de la historia”. La nueva lectura que ahora hago de El Caballero de El Dorado, ese maravilloso libro del historiador, sociólogo, periodista y político colombiano Germán Arciniegas, así me lo confirma. Nuestra misión, empero, es resaltar eso que una y otra vez nos empeñamos en no ver, y demostrar que la historia humana es fuente de insuperables enseñanzas y la mejor guía para no cometer los errores que la humanidad se empeña en repetir, hoy aquí y mañana en otro lugar. La saga de Gonzalo Jiménez de Quesada (1509-1579), abogado, escritor y conquistador español, es la metáfora perfecta de lo que acá señalo.

Jiménez de Quesada, como todo hijo de España de su época, tiene los rasgos y características que Blanco Fombona supo expresar de forma magistral en una de sus memorables obras (El conquistador español del siglo XVI). Palabras más, palabras menos, nuestro escritor y político decía que el español es, ante todo, un pasional, un impulsivo pronto a la acción, características que le sirven de base a su espíritu de combatividad e incapacidad para ceder, lo que no es más que la expresión de eso que se llama intransigencia. Siendo pues batallador e intransigente, carece de tolerancia, lo que vale decir que también carece de capacidad crítica, puesto que comprender equivale a tolerar. Precisamente esa carencia de espíritu crítico es uno de sus máximos defectos, ya que ello deriva irremisiblemente en incapacidad para sacar lecciones de la experiencia.

Los hechos de este conquistador así lo confirman. Llegó al Nuevo Mundo en 1536, en calidad de justicia mayor y teniente general de la expedición comandada por Pedro Fernández Lugo, quien había sido designado gobernador de Santa Marta, ciudad costeña caribeña de lo que hoy es Colombia. Apenas aclimatado a la realidad del nuevo continente, el gobernador y adelantado le encomendó la misión de ubicar las ricas tierras que con seguridad existían en el interior.

Ni corto ni perezoso, Jiménez de Quesada domeñó el bravo río Magdalena, exploró los valles colindantes y en 1537 alcanzó las llanuras de la meseta de Cundinamarca, situada en el centro de Colombia, afrontando los peligros de la naturaleza tropical, los ataques de los indígenas que encontró a su paso y la barrera montañosa de los Andes. En el altiplano de Cundinamarca encontró la pacífica civilización de los chibchas. Allí precisamente, el 5 de agosto de 1538, el español funda la ciudad de Santa Fe de Bogotá, la que en el tiempo devendría en la capital del reino de Nueva Granada.

A pesar de sus innegables logros, jamás se le dio mando sobre las tierras que había conquistado. Y cuando el cuerpo no parecía estar en condiciones para nuevas aventuras, de Venezuela llegan noticias del tirano Lope de Aguirre y sus arremetidas insolentes contra la autoridad del rey. En la mente del conquistador se ilumina su verdadero sueño: descubrir El Dorado y eclipsar sus primeras proezas, junto con las de Pizarro y Cortés. Para él, Lope es solo un pretexto.

La población de Santa Fe no piensa más que en armarse y nadie duda que Jiménez de Quesada sea quien comande la tropa. Pero llega la noticia de que el tirano ha muerto y, al paso del viento que baja de las montañas, toda ilusión se dispersa. El español, no obstante, persiste en su proyecto y no deja decaer el impulso que traía la contienda ahora fallida. Al final obtiene licencia para ir al descubrimiento de El Dorado. Las puertas se le abren y sin resistencia le suministran dinero suficiente, armas, caballos y comida. Con igual facilidad recluta indios. Además, una muchedumbre de españoles se ofrece a ir detrás de él. De conformidad con las capitulaciones, si el viejo conquistador cumple su objetivo, se le dará el título de marqués a él y a su hijo.

En febrero de 1569, en una madrugada en que el frío cortante se adentra en la piel, la gente de Santa Fe se levanta para despedir a la excelsa figura y a quienes le siguen: trescientos soldados españoles montados sobre sus cabalgaduras; mil quinientos indios e indias de servicio que llevan hamacas y bastimentos, y arrean ochocientos puercos, seiscientas reses y mil cien  bestias de carga; así como una multitud de negros y negras esclavos.

Las primeras semanas, la marcha es una fiesta. Poco después, el calor y el avatar de la geografía jalonean las muestras de alegría. Con los meses que transcurren, sucesivos acontecimientos negativos cambian definitivamente los ánimos. Las tribus de indígenas que van encontrando durante la marcha queman sus bohíos antes de que llegue el español. Girando en ese círculo interminable de hechos, consumen todo el alimento que llevan. En adelante, las jornadas se hacen echando rayos. Apenas se alimentan con cogollos de palma. Así empieza la deserción. Primero son tres soldados que se fugan con sus cabalgaduras. Luego son seis más. Una noche tratan de escapar cuarenta hombres. La moral se achica. Las severas sanciones no hacen mella en los hombres. La marcha continúa, “no ya al compás de los tambores, sino al del hambre y la muerte”. A dos años de haber salido de Santa Fe, no se ven huellas del El Dorado. Solamente Jiménez de Quesada conserva su ánimo incólume. En la mente de algunos se acuna una solución radical: matar al adelantado. El asunto se discute con sigilo pero con vacilaciones. Al final la intentona se descubre y se paga con la muerte de los líderes.

Jiménez de Quesada comprende que es absurdo obligar a los que no se sienten ya obligados y da libertad a la tropa para que le siga o se devuelva a Santa Fe. El proyecto queda así mermado pero el adelantado no se da por vencido. En su alucinado andar, únicamente da con miserables tribus de indios. Con el paso de los días, las semanas y los meses, más soldados optan por el retorno. Tres años llevan de penoso recorrer y ya no tienen ni un puerco ni una docena de caballos. El caballero andante no tiene más alternativa que volver sobre sus pasos. De trecientos españoles únicamente quedaron vivos sesenta y cuatro. De mil quinientos indios de servicios, cuatro se salvan. De mil cien caballos, dieciocho. Junto con su fracaso se perdieron ciento cincuenta mil ducados, una suma tan cuantiosa en su momento como en nuestro tiempo los exorbitantes ingresos petroleros percibidos por la revolución bonita, a lo largo de su gestión calamitosa. Gonzalo Jiménez de Quesada falleció arruinado y enfermo de lepra, el 16 de febrero de 1579 en Mariquita (Nueva Granada). Hoy, su desquiciado afán es recordado por los expertos y uno que otro curioso.

En la rocambolesca historia que hemos reseñado está el germen y las raíces más profundas de la revolución que hoy padece Venezuela. Sus acciones así lo evidencian. Se han gastado sumas ingentes en ejército y policía y somos un país al que Guyana gruñe y la delincuencia acogota. Se ha gastado en diplomacia y carecemos de diplomáticos. Se han nacionalizados empresas rentables que hoy solo producen dolores de cabeza. Se ha gastado en un régimen de justicia que no juzga con imparcialidad. Se ha gastado en una educación idiologizada que gradúa profesionales con serias deficiencias. Se ha hecho de la intolerancia moneda común y con ella se ha lanzado al exilio a casi dos millones de venezolanos. Se ha sembrado el paisaje de colas interminables y los abastos de estanterías vacías.

Hoy el país está quebrado. Pero así como llueve también escampa.

 

@EddyReyesT