• Caracas (Venezuela)

Eddy Reyes Torres

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La primera lección macroeconómica

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La primera lección macroeconómica de la historia está inspirada en la simple prudencia y no fue escrita por ningún economista. Aunque puede sorprender a muchos, ella está contenida en el Génesis, primer libro del Antiguo Testamento.

No pasemos por alto que la Biblia, obra escrita por la mano del hombre, es, además de un libro religioso fundamental, una obra literaria escrita en distintas lenguas (hebreo, arameo y griego) y en períodos diferentes de tiempo. Ella es producto del esfuerzo humano de muchos siglos (más de un milenio), en precisos contextos socioculturales, que está sin embargo impregnado de la condición divina. En otras palabras, la Biblia ha de ser tenida como palabra de Dios, manifestada a la humanidad a través de personas o figuras inspiradas del Espíritu Santo. De allí la relevancia de la lección contenida en la “Historia de José” (Gén 37-41).

José fue el undécimo hijo del patriarca y profeta Jacob, además de su preferido. Esa situación, y el hecho de tener a su vez sueños en los que aparecía en posición más elevada a la de sus hermanos, produjo en ellos terrible envidia. Para deshacerse de él, sus hermanos tomaron la decisión de aprehenderlo y venderlo como esclavo a una caravana de mercaderes que pasó por las tierras de Canaán rumbo a Egipto. Allí fue luego vendido a Potifar, quien era funcionario del faraón y capitán de su guardia. Tiempo después, a causa de un desagradable incidente que involucró a la esposa de Potifar, José fue hecho preso y enviado a la cárcel donde estaban los presos del faraón. Sin embargo, por su buen comportamiento antes y después de ser detenido, fue protegido por el jefe de la prisión.

Sucedió después que dos sirvientes del faraón fueron enviados al mismo lugar en que se encontraba encarcelado José. En una misma noche ambos personajes tuvieron un sueño que fue interpretado correctamente por el judío. Dos años más tarde, fue el faraón quien tuvo un sueño extraño. Le pareció estar en la ribera del Nilo, de donde surgieron siete vacas hermosas y gordas. Más atrás de ellas salieron también otras siete vacas, feas y flacas, que se comieron a las primeras. Se despertó el regio gobernante y de inmediato volvió a dormirse. Tuvo entonces otro sueño: vio frente a sí un tallo del que brotaban siete espigas de trigo llenas y hermosas. Pero también vio que de otro tallo brotaban siete espigas, secas y quemadas por el viento abrasador, las cuales se comieron a las siete espigas primorosas.

Por la mañana, muy preocupado, el faraón hizo llamar a todos los adivinos y a los personajes más sabios de Egipto; les contó sus sueños, pero no supieron interpretarlos. Fue pues informado de las habilidades de José y de inmediato ordenó que lo trajeran ante su presencia. Ya frente a él, el soberano egipcio le comentó que había oído de sus habilidades. Con extrema modestia, José le respondió que “eso no dependía de él pero que Dios le daría a su majestad una contestación para su bien”.

Enterado de los sueños, José respondió:

—Los sueños que tuvo su majestad son uno solo. Las siete vacas hermosas son siete años, lo mismo que las siete espigas hermosas. Las siete vacas flacas y feas que salieron detrás de las otras también son siete años, lo mismo que las siete espigas secas y quemadas por el viento. Estos serán siete años de escasez. Dios le ha anunciado a su majestad lo que él va a hacer. Van a venir siete años de mucha abundancia en todo Egipto y después vendrán siete años de escasez. Nadie se acordará de la abundancia que hubo en Egipto porque la escasez arruinará al país. Será tan grande la escasez que no quedarán señales de la abundancia que antes hubo. Su majestad tuvo el mismo sueño dos veces, porque Dios está decidido a hacer esto y lo va a hacer muy pronto.

Siendo así, José le hizo la siguiente recomendación al faraón:

—Busque un hombre inteligente y sabio, para que se haga cargo del país. Además, nombre su majestad gobernadores que vayan por todo el país y recojan la quinta parte de todas las cosechas de Egipto durante los siete años de abundancia. Que junten todo el trigo de los buenos años que vienen, que lo pongan en un lugar bajo el control de su majestad y que lo guarden en las ciudades para alimentar a la gente. Así el trigo quedará guardado para el país, para que la gente no muera de hambre durante los siete años de escasez que habrá en Egipto.

Hecha la anterior sugerencia, el faraón no dudó en encomendarle al propio José el trabajo de ahorrar el trigo para los tiempos de escasez y procedió a nombrarlo gobernador de todo el país. Cuando pasaron los siete años de abundancia y comenzaron los años de escasez, hubo hambre en todos los países, menos en Egipto.

La lección es sencilla y ella aboga por la conducta prudente. No se requiere ser un experto en materia política o económica. Pero lo que pareciera ser cuestión de sentido común, para algunos es el menos común de los sentidos.

Durante todo su mandato, Chávez nunca dejó de referirse a la Biblia y a Jesús para apoyar sus acciones políticas y a calificarse a él mismo de fiel cristiano. De manera que como sabedor y opinador de todos los temas humanos y divinos, asumimos que conocía muy bien este pasaje tan fundamental del Viejo Testamento. Tan convencidos estamos de que eso es así, que cualquier duda al respecto queda disipada cuando apreciamos que en el artículo 321 de la Constitución de la República Bolivariana de Venezuela, ajustada a sus pretensiones y deseos, se dispuso: “Se establecerá un fondo de estabilización macroeconómica destinado a garantizar la estabilidad de los gastos del Estado en los niveles municipal, regional y nacional, ante las fluctuaciones de los ingresos ordinarios”. Dicha provisión complementa lo previsto en el artículo 320, que dice: “El Estado debe promover y defender la estabilidad económica, evitar la vulnerabilidad de la economía y velar por la estabilidad monetaria y de precios, para asegurar el bienestar social”. Adicionalmente, no se olvide que al inicio de la revolución “bonita”, el ministro Giordani dijo que el gobierno de Chávez aplicaba "el criterio de ahorro de las ardillas, que guardan nueces para momentos en que no consiguen alimento”. Más claro no canta un gallo.

Conforme a lo anterior, Chávez tuvo plena conciencia de la importancia que tenía ahorrar una parte importante de los recursos recibidos en los ciclos de altos precios del petróleo, como ocurrió en buena parte de su gestión. Las disposiciones de la Constitución que acabamos de mencionar son el símil de los dos sueños que tuvo el faraón de Egipto. Pero a diferencia de este, Chávez actuó en contra de tales preceptos, a sabiendas de lo dicho por José: “Nadie se acuerda ahora de la abundancia que hubo en el país, porque ahora la escasez nos ha arruinado a todos los que aquí vivimos. Hoy es tan grande la escasez que ya no quedan señales de la abundancia que antes hubo”.

La magnitud de esa abundancia, sin embargo, hay que recordarla una y otra vez. Según cálculos realizados por el profesor Héctor Valecillos, contenidos en su libro Sísifo en la tierra de gracia (2014), a lo largo de 13 años (1999-2013), la suma total de las percepciones del fisco alcanzó la bicoca de algo más de 1 billón de dólares, específicamente la suma de 1,163 millardos de dólares. Según dicho autor, en esos 13 años, los gobiernos de Chávez dispusieron de un volumen de dinero que más que cuadruplica el que tuvieron a su disposición las administraciones democráticas durante el lapso que va de 1986 a 1998.

A diferencia de nuestro país, Noruega, un productor de petróleo que sí actuó conforme a la enseñanza bíblica,  tenía para finales de 2013 la suma de 750 millardos de euros en su fondo de ahorros de inversión y estabilización macroeconómica, el cual está destinado a financiar a largo plazo su generoso Estado de bienestar. Fondos similares tienen los Emiratos Árabes Unidos y Arabia Saudita, lo que les ha permitido afrontar sin contratiempos la actual debacle de los precios petroleros.

Hondo es el pozo del pasado y allí está todo lo que necesitamos saber. Pero los enceguecidos por el odio y las concepciones revolucionarias fracasadas una y otra vez a lo largo de la historia jamás aprenden ni les importa el inmenso daño que producen. Eso sí, sus lamentos son oídos irremisiblemente cuando son echados y olvidados por sus actuaciones irresponsables e ignominiosas.