• Caracas (Venezuela)

Eddy Reyes Torres

Al instante

El pintor que emergió de las tinieblas

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Hace ya varios años leí en la prensa una interesante noticia acerca de Miguel Ángel Buonarroti (1475-1564). Psiquiatras del Reino Unido e Irlanda llegaron a la conclusión de que el pintor de los frescos de la Capilla Sixtina pudo sufrir alguna forma de autismo. En el estudio, divulgado en la revista especializada Journal of Medical Biography, los expertos de la psiquiatría creen que el artista del Renacimiento italiano padeció el llamado síndrome de Asperger, una variedad severa de autismo que afecta a los varones. Según ellos, las personas que sufren el síndrome presentan dificultades de comunicación, pero a menudo también suelen poseer un talento excepcional para determinadas disciplinas como la música, las matemáticas o el arte. Ya con anterioridad, en un programa de carácter científico de la televisión por cable, me asombró el caso de dos jóvenes con ciertas restricciones físicas y mentales que, a pesar de sus limitaciones, tenían habilidades increíbles. Uno de ellos era capaz de interpretar al piano, con gran destreza y precisión, cualquier pieza musical del repertorio popular o clásico, con solo oírla una vez. El otro dibujaba con detalle fotográfico paisajes urbanos después de observarlos por pocos minutos. Lo anterior pone en evidencia que la genialidad es también hija de los trastornos orgánicos.

La trayectoria artística de Luis Méndez (1950-), pintor ingenuo nativo de Barcelona, Anzoátegui, nos enfrenta inevitablemente con su drama personal, lo que lleva a preguntarnos hasta dónde sus habilidades y maestría están íntimamente vinculadas con los accidentes y enfermedades que ha sufrido. No es entonces exagerado pensar que la penumbra es, muchas veces, el camino que conduce a la luz. Pero no especulemos más y adentrémonos en su interesante historia.

Hasta la edad de diecinueve años Luis fue un muchacho de su época: se consideraba un hippy y era fanático seguidor  de Los Beatles. Su extracción social humilde lo obligó a trabajar desde joven. Comenzó hacerlo a los diecisiete años en una fábrica de caramelos y allí le toco lidiar con enormes pailas de melado. Un mal día, cuando su contenido ya tenía rato en la candela, la enorme paila que manipulaba perdió el equilibrio. Instintivamente extendió sus brazos hacia el recipiente para evitar que el espeso líquido se le viniera encima. Lo caliente del metal chamuscó hasta lo más profundo la fragilidad de su carne y el caramelo hirviente que se derramó le arrancó jirones sanguinolentos en ambos brazos y otras partes del cuerpo. La recuperación fue lenta y tuvo necesidad de que le hicieran varios injertos, con lonjas de carne de su propia espalda. Las horribles huellas del accidente quedaron impresas en su pobre humanidad para siempre.

Dos años después de sufrir aquella tragedia, en una tarde de fiesta y algunos tragos demás, un conductor no menos entusiasmado que él lo arrolló cuando intentaba cruzar una avenida. El impacto fue casi fatal. Se le diagnosticó fractura del cráneo. La magnitud de la lesión fue tan grave que los médicos lo desahuciaron. Gracias al cuidado extremo de su madre, que tuvo la previsión de encomendarlo a José Gregorio Hernández, se mantuvo con signos vitales, aunque en estado de inconsciencia, por casi un año. Al final, milagrosamente, volvió a la realidad sumido en la absoluta oscuridad visual, sin capacidad para articular palabras y con serios problemas de memoria. Pero su madre también fue tenaz; y gracias a sus oraciones, terapias, y más cuidados logró sacarlo del foso en el que estaba hundido. Habían transcurridos dos años desde la nefasta tarde del accidente, un 1° de mayo.

Pero esos lamentables percances no fueron suficientes. Como consecuencia del entubamiento a que fue sometido durante su larga convalecencia, después que lo atropelló el carro, se le desarrolló una afección pulmonar que terminó en asma severa. A partir de entonces se le tranca el pecho, de cuando en cuando, y apenas si le pasa el aire necesario para mantener su organismo oxigenado. Las crisis asmáticas han dejado también huella en el cuerpo frágil y voluntarioso del artista, ayudando a definir su particular destino.

“Dios aprieta pero no ahorca”. Y esa verdad se confirma en el artista de Oriente. Su retorno a la normalidad se hizo por pasos. Primero recuperó el habla y luego la memoria, casi completa. Lo último fue la visión que le vino a fogonazos. Cuando miraba una diminuta mariposa posada en la pared del hogar, lo que veía era un monstruo gigantesco en posición amenazadora. La tenue luz del bombillo del cuarto se le presentaba como los faros incandescentes de un carro que se le venía encima. Los parientes más pequeños se reían de él cuando reaccionaba nervioso ante esas visiones terribles. Parece que una extraña hipersensibilidad se apoderó de sus ojos para hacerlo mirar diferente. ¿Acaso esas imágenes desquiciadas serían las que despertaron su sensibilidad para la pintura? Lo importante es que, al final, este trastorno también se curó. Pero, ¿realmente podemos afirmarlo? Es muy probable que allí encontremos la génesis de las cualidades que desarrolla cuando se entrega a la pintura. De no haber sufrido Luis los males antes mencionados, es posible que no fuera el excepcional artista que es hoy. Sus accidentes y enfermedades han sido factor fundamental para potenciar su capacidad de percepción y sensibilidad artística, ratificándose así una vez más la sabiduría que encierra otro dicho popular: “No hay mal que por bien no venga”.

A pesar de lo que le ha sucedido, no está reñido con Dios. De ello da testimonio su primer cuadro: una crucifixión que, con acentuada devoción, tituló Junto a Dios. Tampoco está reñido con la vida. Para demostrarlo incorpora el icono del corazón a su obra. Son diminutos corazones que a veces es el follaje de un árbol. De esa forma simboliza su amor por los demás y la vida. Vale resaltar que “Amor” es una de las maneras como se designa a Dios en la Edad Media. De modo que así también ratifica su fe cristiana.

Este barcelonés comenzó a pintar en 1975. Y desde entonces no ha dejado de hacerlo ni de recibir premios y reconocimientos. Al comienzo estaba consciente de sus limitaciones, razón por la cual no duda en presentarse a la Escuela de Arte de la capital oriental para formarse mejor. Además, lo confiesa con ingenuidad: “Quería tener mi certificado”. Hemos de agradecer al sabio profesor que le diera el mejor de los consejos: que mantuviera la frescura y originalidad del oficio aprendido por sí mismo.

La importancia del trabajo pictórico que realiza este artista ha sido reconocida por el excelente crítico de arte Perán Erminy cuando escribe que: “La obra y la personalidad de Luis Méndez son de una excepcionalidad evidente. Ni él ni su pintura tienen análogos. Ambos son de una autenticidad cabal. Y mantienen entre sí una relación de dependencia absoluta. Por su parte, la obra no es calificable ni categorizable. No corresponde a ninguna de las tendencias del arte contemporáneo, ni del arte antiguo. Es una pintura sombría, tensa, de contenido muy crítico y angustioso, realizada con una técnica compulsiva e impetuosa. En forma inusualmente dramática esta pintura expresa un sentimiento trágico de la vida” (catálogo de la exposición del artista Herido de sombras, Sala Cultural de Pdvsa, Puerto la Cruz, febrero-mayo de 2001). Un aspecto importante que destaca Perán en la obra de Luis es las antagonías  y equilibrios en ella presente. Dice este crítico, en el catálogo antes mencionado, lo siguiente: “La búsqueda obsesiva de las antagonías y de los equilibrios (que es uno de los aspectos más profundos de la estética de Méndez) supone que las dos partes en pugna necesitan contraponerse para poder retraerse hacía sí mismas, y así constituirse y encontrarse. Si no tienen algo opuesto se desbordarían y terminarían diluyéndose o liquidándose (…) Uno no puede ser si no hay nada que se oponga para no dejarte ser. Si no es por el equilibrio, y en el equilibrio de los opuestos, todo sería un desorden”.

Ese antagonismo que busca el equilibrio lo encontramos incluso en los títulos de sus cuadros. Ellos son en realidad textos que emanan de un pensamiento de lucidez elemental, pero consciente de la necesidad de un ordenamiento superior. Y nunca dejan de sorprendernos por su originalidad y contundencia. Así, en el catálogo de la exposición antes señalada, se reproduce una pieza ejecutada en 1998 en la que vemos la fachada frontal de un cine con dos taquillas y dos entradas. En la taquilla de la izquierda se anuncia la película de “HOY” con el título “Sistema de Sansón y de Dalila”. En esa taquilla se venden las entradas de “Preferencia”, donde se ubican los asientos más cómodos y con mejor visibilidad. Al lado de la taquilla hay un cartel en el que está representado un bello amanecer, con un sol resplandeciente que alumbra una pequeña cruz que se levanta en el horizonte, y en cuya parte inferior se despliega el nombre de Sansón. Por su parte, en la taquilla de la derecha se anuncia la película de “MAÑANA con el título “El sistema de no Sansón y de no Dalila”. Allí se venden las entradas de “Luneta”, donde están los asientos menos cómodos. Al lado de esta taquilla se despliega otro pequeño cartel con un paisaje marino, con dos tonalidades de azul, en el que no se ve el Sol pero sí una cruz, en la parte superior derecha, y el nombre de Dalila desplegado al pie del símbolo cristiano. Es todo lo opuesto a la otra taquilla. El título de esta hermosa pintura (El sistema de Sansón y el sistema de Dalila. Y el sistema de no Sansón y de no Dalila), escrito en la parte posterior de la tela, es la expresión de dos realidades y momentos contrapuestos y diferentes. Otro cuadro, reproducido en el mismo catálogo, registra una escena espacial en la que figura, en primer plano, la parte superior del globo terráqueo coronado con una enorme cruz de color anaranjado, con banderas de varios países a su derecha e izquierda. En segundo plano, en la parte superior izquierda, un Sol enorme ilumina la escena. Una de las banderas pintadas es la conocida insignia de los barcos piratas (la famosa calavera con los huesos haciendo una equis, en la parte inferior). Es la manera que el artista encuentra para simbolizar el mal como contraposición al bien que tiene su registro en la enorme cruz. La existencia de uno y otro (el bien y el mal) supone la eterna confrontación que no se puede evitar y que está ahí como expresión de la vida. Así lo reconoce el artista al titular esta pieza en los términos siguientes: Sistema de libertados o de confiables posibles, o de confianzas posibles y de libertados. Pero de lo contrario también. En otra obra (mayo de 2004), pinta un agónico Cristo en la cruz, las manos crispadas del dolor y todo su cuerpo sangrante. (Asimismo lo vio la vidente alemana Anna Katharina Emmerich, cuyo testimonio recogió el poeta Clemens Brentano en estos términos: “El Hijo del hombre estaba… cubierto de llagas, echando sangre… Sus hombros y sus espaldas estaban despedazados hasta los huesos… El hombro que había llevado la cruz tenía una herida enorme; toda la parte superior del cuerpo estaba cubierta de heridas y rasgada con los azotes”). Rayos de luces como tiras de varios colores descienden del cielo a la tierra. Casi a los pies del Redentor pinta a un lado el sol y al otro la luna. ¿Estarán postrados ante Él? El título de esta pequeña obra maestra no puede ser mejor ni más apropiado: Las o los que tienen o que tengan causa o justificación salvan o libertan etc., etc., etc. Pero las o los que no tienen o que no tengan justificación o ni causa no salvan o ni libertan. En efecto, solo los que reciben la gracia de Dios pueden salvarse y liberar a sus hermanos y hermanas. Por lo tanto, los que carezcan de ella están condenados a fracasar en ese propósito.

Los singulares títulos (textos) de Luis Méndez nos recuerdan al escritor y filósofo rumano-francés E. M. Ciorán (1911-1995). Este pensador estructuró el discurso de varios de sus libros con sentencias cortas de profunda significación. La forma de hacerlo implicaba la elaboración de un corto ensayo que al final era sintetizado en pocas palabras, convirtiéndolo en aforismo. Dicho autor procedía entonces a destruir lo escrito, salvando sólo la parte conclusiva. Guardando las distancias, así procede Luis Méndez. En cada una de sus telas desarrolla su alegato plástico con suficiente amplitud. Pero, a diferencia del autor europeo, el discurso pictórico queda allí como testimonio visual. Es en el título o nombre que le pone a la obra donde Luis sintetiza las tensiones siempre presentes en sus telas. El resultado lo consagra y revela como pensador primitivo, original y profundo, alumno menor del reputado filósofo, pero discípulo al fin.

 

@EddyReyesT