• Caracas (Venezuela)

Eddy Reyes Torres

Al instante

La patada histórica se huele y se siente

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Al parecer, la expresión “patada histórica” es creación venezolana. Nuestros estudiosos del tema se encargarán de aclarar el asunto. Para nosotros, la situación alude a la acción política mediante la cual el líder máximo, que no es aceptado por un sector de poder, es apartado de su rol, de manera definitiva, por uno de sus subalternos. El desplazamiento de Cipriano Castro por Juan Vicente Gómez, el 19 de diciembre de 1908, quizás sea el hecho más paradigmático de nuestra historia. Pero de la misma naturaleza, aunque menos conocida por muchos, fue la experiencia que vivió nuestro primer gran novelista Rómulo Gallegos.

El autor de la conocidísima obra Doña Bárbara y otras no menos relevantes creaciones como Canaima, Pobre negro, La trepadora y El forastero, fue el primer presidente venezolano en ser elegido por el voto popular, producto final de la Revolución de Octubre de 1945. Gallegos asumió la Presidencia de la República el 15 de febrero de 1948. A su tren ministerial se incorporaron nombres claves del momento: Andrés Eloy Blanco, Carlos Delgado Chalbaud, Raúl Leoni, Juan Pablo Pérez Alfonzo, Leonardo Ruiz Pineda, Eligio Anzola Anzola, Manuel Pérez Guerrero, Edgar Pardo Stolk, Luis Beltrán Prieto Figueroa, Edmundo Fernández, Ricardo Montilla y Gonzalo Barrios. En su alocución al tomar posesión del cargo, el recién electo presidente destacó, refiriéndose al sector militar:      

“Vuelve nuestro Ejército a sus cuarteles con el mérito recogido en las jornadas revolucionarias en que se originó la recuperación por el pueblo de su constitucional derecho de soberanía en la decisión de su destino (…) Pero vuelve sin pretensiones inaceptables de constituir un Estado dentro del Estado, de arrogarse privilegios de casta dirigente de la política, sin reclamar herencia de aquellos hegemones armados que se tenían usurpada la función de grandes electores de Venezuela (…) Porque no hemos salido de la tutela de broncos guerreros para caer bajo predominio de casta militar privilegiada, pues no fue esa la finalidad de aquellos brazos que alzaron el arma reivindicadora aquel día de octubre memorable”.

Realmente el genio no volvía a la lámpara ni a los cuarteles. De ello da fe el embajador de Estados Unidos, Walter Donnelly, quien un mes antes se había dirigido al secretario de Estado para informarle que circulaban rumores de que el nuevo presidente ya enfrentaba la oposición de elementos del gobierno y del Ejército.

Pocos meses más tarde, Gallegos viaja a Estados Unidos, invitado por el presidente Truman. Su ministro de la Defensa, Delgado Chalbaud, quedó encargado de la Presidencia de la República y, desde esa posición, el hombre que –según Betancourt– disfrutaba de toda la confianza de AD, conspira contra el gobierno al que sirve. Una vez que regresa al país, el ministro de Interior Eligio Anzola informa al presidente de los manejos y maniobras del ministro de la Defensa, pero Gallegos, incrédulo, le responde que Delgado Chalbaud es como un hijo. No era para menos. Cuando Rómulo Gallegos estuvo exiliado en España, conoció a Carlos Delgado Chalbaud, quien se hospedó por largo tiempo en la casa del escritor.

El río de maledicencias lo impregnaba todo, pero el presidente confiaba en la democracia y el apoyo popular. Además, tenía plena confianza en los militares y su amigo y ministro de la Defensa, Carlos Delgado Chalbaud. El 20 del mismo mes, en comunicado de prensa, el gobierno afirmaba que existía calma en todo el país y que contaba con el respaldo del Ejército. La declaración no era sincera, pues el día anterior, en compañía de Marcos Pérez Jiménez y Luis Felipe Llovera Páez, Delgado Chalbaud le había comunicado al presidente una serie de demandas del Ejército: expulsar del país a Rómulo Betancourt; prohibir el regreso al país del teniente coronel Mario Vargas, aliado de los demócratas, que se encontraba gravemente enfermo en Estados Unidos; destituir al teniente coronel J. M. Gámez Arellano, a cargo de la guarnición de Maracay, identificado también con el gobierno civil; remover y cambiar a los edecanes del presidente; y que se desvinculara del partido Acción Democrática. De manera firme el presidente Gallegos rechazó todas y cada una de las exigencias anteriores. Incluso, al observar que a Delgado Chalbaud se le aguaron los ojos después de su reacción, le dijo: “Me agrada verte llorar porque eso quizás signifique que todavía haya en ti algo noble”. A los militares no les quedó otra alternativa que abandonar el Palacio de Gobierno, convencidos de que el presidente no daría su brazo a torcer.

Rómulo Betancourt hizo un esfuerzo de última hora y se reunió en la madrugada del 22 de noviembre, en la casa de Alfredo Machado Gómez, con Carlos Delgado Chalbaud, Luis Felipe Llovera Páez, Rafael Alfonzo Ravard, Gonzalo Barrios y Giacopini Zárraga, quien actuó de mediador. La presión de la oficialidad más joven (“el mar de tenientillos impacientes”, según Alberto Carnevalli) impidió que se diera el tiempo necesario para atender las demandas del sector castrense. Dos días más tarde, ocurrió lo que todos sabían y de lo que se hablaba abiertamente hasta en los medios de comunicación: las Fuerzas Armadas “asumen plenamente el control de la situación para velar así por la seguridad de toda la nación y lograr el definitivo establecimiento de la paz social de Venezuela”. La experiencia democrática se extinguió así como un suspiro y con necesidad de más tiempo para retoñar con fuerza. Le había sucedido lo mismo que un camino en otoño, que luego de limpiado (por la democracia) se volvía a cubrir de las hojas secas (del militarismo).

En el momento histórico presente, cuando nuestra democracia experimenta un proceso involutivo de tono mayor, la patada histórica tiene altas probabilidades de repetirse. Ello explica que en reciente declaración al diario BBC Mundo de España, Henrique Capriles haya señalado que en Venezuela: “Un levantamiento militar está en el ambiente”.

Pareciera manifestarse así el indetenible proceso político que, desde la muerte de Juan Vicente Gómez, a finales de 1935, como el fuego siempre viviente, se prende y apaga medidamente, acercándose unas veces al terreno de las libertades y la democracia, y en otras al campo del autoritarismo extremo.

Hay quienes afirman que por el Ministerio de la Defensa es por donde la candelita ahora fumea.