• Caracas (Venezuela)

Eddy Reyes Torres

Al instante

Ser y no parecer una democracia

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A la memoria de Rayna Petkoff y sus ideales democráticos.

La enfermedad. Debemos admitir la incertidumbre que trae consigo el existir. Pero la realidad es que nos cuesta aceptar que la vida es una casualidad, un azar. Esto fue, precisamente, lo que experimentó Hugo Chávez cuando, todavía afectado por el malestar en una de sus rodillas, partió de Venezuela para un recorrido oficial que lo llevó a visitar Brasil, Ecuador y Cuba, y en este último país lo sorprendió otra indisposición que le cambió radicalmente el escenario triunfalista de su vida. Aun cuando la situación era de interés nacional, se prefirió ocultarla a los venezolanos y el mundo. Pero la opacidad de nada sirvió. Medios de comunicación de Estados Unidos e Inglaterra fueron los primeros en informar que el presidente de Venezuela había sido operado de cáncer. Insistentemente y con respuestas destempladas, las autoridades venezolanas negaron la especie. Solo después que el periodista Nelson Bocaranda informara acerca del mal presidencial en su página www.runrun.es, el sábado 25 de junio de 2011 y, al día siguiente, publicara un extenso artículo (“Las verdades de la enfermedad de Chávez”), en el diario El Universal, el presidente de la República debió reconocer la terrible realidad. Los ojos de sus seguidores quedaron velados por una película de hielo. El impacto fue tan grande, que Chávez pidió cambiar el manido lema “Patria, Socialismo o Muerte” por “Patria, Socialismo y Vida”, y más tarde por “Viviremos y venceremos”. Era necesario poner la muerte de un lado y ratificar con ahínco la existencia.

Pero casi ocho meses después, las esperanzas rodaron por el suelo. En la madrugada del sábado 18 de febrero de 2012, el presidente llegó de urgencia a La Habana para realizarse una serie de exámenes médicos que al final revelaron una posible complicación. Ante la ola de rumores que se le vino encima, el presidente tuvo que admitir que le salió otro tumor en el mismo sitio y que se operaría en Cuba. Así, mientras todo tipo de advocaciones se repetían otra vez, el país chavista debió enfrentar la realidad: no solo que su líder no era eterno, sino que ninguno de sus seguidores tiene la talla suficiente para sucederlo. No es casual que a comienzos de la gestión de Chávez y a raíz de su visita a Venezuela, Fidel Castro dijera, en una intervención en la Asamblea Nacional: “Cuídenme a este hombre, porque sin este hombre, esta revolución acabará inmediatamente”. Esa cruel verdad conduce inexorablemente a un único deseo: repetir la hazaña del Mío Cid con su última cabalgata. Es la metáfora de la vida después de la muerte.

Elección presidencial de 2012. Dadas las características de su enfermedad, Hugo Rafael y su entorno más íntimo sabían que sus días estaban contados. Pero su vanidad y ansias de mantenerse en el poder hasta el final, lo convencieron de participar en la elección presidencial que se celebraría el domingo 7 de octubre. A Henrique Capriles Radonski le correspondió ser el abanderado de la oposición, rol en el cual visitó y recorrió a pie los más recónditos poblados de la geografía nacional, haciendo énfasis en el contacto directo con los habitantes de las zonas marginales más vinculadas al chavismo. Por el contrario, Hugo Rafael se limitó, por causa de su enfermedad, a visitar las ciudades más importantes del país, donde se desplazaba siempre en carroza. Esa realidad lo impulsó a abusar de las cadenas de radio y televisión, como una manera de copar con su imagen y palabra, los espacios en los que no podía presentarse personalmente. Junto con lo anterior, toda la estructura del Estado brindó apoyo desmedido (económico y logístico) a su actividad proselitista.

Frente a la desigual lucha, los factores de la oposición no perdieron nunca la esperanza de alcanzar la victoria. Pero los resultados oficiales se encargaron de decir la única verdad: Chávez obtuvo el apoyo de 8.191.132 electores (55,07%) y Capriles consiguió el respaldo de 6.591.304 votantes (44,31%). El nivel de participación fue uno de los más altos en este tipo de contienda: 80,49%. Pese a las caras largas, para la oposición fue un avance de gran significación, como lo demuestra el aumento de votos (2.175.984) que tuvo en comparación con las elecciones de 2006, cantidad muy superior a la que consiguió el oficialismo (752.976).

Para muchos opositores los resultados resultaban inexplicables si se tomaba en cuenta el enorme respaldo de calle que tuvo la campaña de Capriles, tanto en las grandes ciudades como en las más pequeñas poblaciones del interior. Mas no se podía hablar de fraude en un sentido formal. La respuesta al acertijo tenía una explicación técnica que fue expuesta en la investigación desarrollada por Corrales y Penfold, que mencionamos con anterioridad (artículo de la semana pasada), y que se manifiesta así: los diferentes órganos y entes del Estado apoyan abiertamente al candidato oficial en los procesos electorales, sin que los órganos de control sancionen a los responsables de tales prácticas; se compra descaradamente solidaridad y votos bajo el amparo de las políticas sociales y las misiones (mientras la oposición compite por los votos solo con palabras, el gobierno lo hace con dinero y palabras); se limitan los recursos presupuestarios a las gobernaciones y alcaldías controladas por la oposición; se aprueban normas electorales que garantizan que los resultados sean desproporcionados a favor de los candidatos del régimen; se limita el tiempo de la propaganda opositora en los medios de comunicación, mientras que el gobierno abusa abiertamente del tiempo de las suyas por la vía de “cadenas de radio y televisión”; se copan los cargos de la administración pública con adeptos incondicionales y se limita el acceso de personas vinculadas a la oposición (lista “Tascón”), lo que constituye una aberrante violación de derechos fundamentales.

A pesar de los abusos, Chávez no pudo asegurarse el apoyo incondicional de un sector importante de los más pobres. Eso quedó demostrado con el significativo caudal de votos conseguido por la oposición en las elecciones del 7 de octubre que fue mucho más allá de los estratos que conforman las clases alta y media. Ese solo hecho evidenciaba que se había avanzado por el camino correcto.

El cielo encapotado anuncia tempestad. Dos meses después de las elecciones, el 8 de diciembre, Chávez anunció al país que en Cuba le habían detectado nuevas células malignas y que era imprescindible someterse a una nueva intervención quirúrgica. En su declaración también dijo que “seguía aferrado a un milagro”, lo cual no era más que un reconocimiento velado de que las posibilidades de supervivencia eran prácticamente nulas. Por eso se vio obligado a añadir que en virtud de los riesgos “innegables” que planteaba la intervención, si algo ocurriera, que lo inhabilitara de alguna manera, Nicolás Maduro debía concluir el período de gobierno y, además, en el caso de una nueva elección presidencial, como manda la ley, el pueblo chavista lo eligiera como presidente de la República. En el proceso que se desencadenó inmediatamente después, el ethos de los segundones del caudillo les condujo a actuar de misma manera que estilaba el jefe. De nada valió el justo reclamo de los opositores para que se respetara la disposición constitucional (artículo 233) que obligaba a designar una junta médica que dictaminara la incapacidad física permanente del presidente, lo cual conllevaba a una nueva elección presidencial dentro de los treinta días siguientes y a que se encargara de la Presidencia de la República el presidente de la Asamblea Nacional. La madrugada del lunes 18 de febrero de 2013, ante lo que se sabía inevitable, Chávez retornó a Venezuela y fue internado en el Hospital Militar. El martes 5 de marzo de 2013, a las 4:25 pm, la muerte se cernió sobre su semblante y apagó su humanidad. Para el resto, la vida continuaba.

Al CNE le correspondió anunciar que el 2 de abril se iniciaría la campaña electoral para elegir al nuevo presidente de la República, la cual duraría solo diez días y la elección se llevaría a cabo el 14 de abril. El epígono designado por Hugo Rafael llevó a cabo su campaña con el ventajismo de siempre y la maquinaria del Estado a sus pies, correspondiéndole a Henrique Capriles redoblar el esfuerzo para arrancarle el pesimismo a la gente de la oposición. El afán de este último se puso de manifiesto al momento del escrutinio de los votos. Maduro obtuvo el respaldo de 7.575.506 (50,7%) votantes y Capriles obtuvo el apoyo de 7.302.641 (48,9%). La oposición tuvo serias sospechas de fraude y solicitó un reconteo de votos. Específicamente, Capriles pidió el conteo voto por voto, la revisión de las actas de totalización y de los cuadernos de votaciones donde los electores ponen sus huellas y firmas después de votar. El 19 de abril el asunto se llevó a la consideración de Unasur, organismo que adquirió el compromiso de promover una revisión de los resultados electorales. Sin embargo, a finales de abril, la  presidente del CNE anunció que “es imposible” una revisión en los términos planteados por el candidato opositor. Por eso, dicha instancia acordó mantener la ampliación de la verificación ciudadana fase II a una muestra de 46% de las mesas en la que se contrastara el total de votantes de las actas, contra los comprobantes de votación. Como consecuencia de lo anterior, la verificación se limitaba a asegurar que no existían inconsistencias numéricas en las mesas, pero no  a constatar las principales denuncias de la oposición: abuso del voto asistido, voto doble y usurpación de identidad (de electores vivos y fallecidos). Así, poniendo de lado aquello de que “el que no la debe no la teme”, el CNE fijó los términos de la revisión, los cuales –como era de esperarse– fueron rechazados por la oposición. Con el transcurso de los meses, el silencio e inacción de Unasur terminaron por convalidar las acciones del gobierno de Maduro y el CNE.

Más de lo mismo. La gestión presidencial de Nicolás Maduro arrancó sin luna de miel. A los cuestionamientos internos y externos a su legitimidad, se sumó el deterioro de la situación económica producto de la pésima gestión de su predecesor. Para comienzos de junio de 2013, Maduro se había quedado sin recursos para darle continuidad a la “diplomacia de chequera” que tantas satisfacciones le dieron a Chávez. Las reservas internacionales líquidas apenas alcanzaban para cubrir 15 días de importaciones; el índice de escasez era de 21,3% y la deuda pública ya superaba los 100 millardos de dólares. La inflación, por su parte, galopaba a rienda suelta. Al final de 2013, el índice inflacionario cerró en 56,2%, aumentando 35,6% con respecto al año anterior cuando se ubicó en 20,1%. El descomunal aumento se debió, según el discurso falaz del presidente obrero, a la “guerra económica”, sugiriendo con ello que poderosos sectores de la “economía nacional” –léase “sector privado”– eran los responsables de la situación. En otras palabras, la política monetaria expansiva que ha llevado a cabo el Banco Central de Venezuela por años no tenía nada que ver con el problema. Sin duda que Pedro Grullo se revolvió en su tumba.

En los primeros meses de 2014, la situación política y económica se puso al rojo vivo. El país era un hervidero de protestas y tensiones sociales. Maduro hablaba de diálogo pero no dejaba de agredir con palabras y acciones a esa oposición que, el 13 de abril de 2012, él mismo calificó de “sifrinitos, mariconsones y fascistas”. Hacia mediados del mes de marzo de 2014, la fiscal general de la República informó que, durante los disturbios y protestas que se habían llevado a cabo, 31 personas fallecieron y 461 fueron heridas; además, indicó que 1.854 personas fueron aprehendidas y presentadas a los tribunales de control. Durante la razia contra la oposición se detuvo a Leopoldo López y a los alcaldes Vicencio Scarano y Daniel Ceballos, y posteriormente se despojó de su inmunidad parlamentaria a María Corina Machado. Así se expresó entonces la pax regis. Desde ese momento y hasta hoy todo ha empeorado a pasos agigantados.

“Ser” pero no “parecer”. De nada sirve a los líderes de la revolución bonita vanagloriarse de su condición democrática por el hecho de que han ganado la mayoría de las elecciones desde que se hicieron del poder. Se trata de algo formal que dista mucho de lo substancial. La democracia es una práctica de cada día y no de realizaciones ocasionales. Es el respeto a la disidencia y a las minorías. Es el tratamiento igual para todos, sin distingo de raza, color, posición económica o social, ni filiación política. Es el derecho de opinar de manera diferente sin que ello implique cualquier tipo de represalia. Es el derecho de acceder a cualquier cargo en los diferentes organismos o entes públicos sin ser discriminado por aparecer en la infausta lista “Tascón” o ser partidario de algún grupo político opositor. Es el derecho a la propiedad privada, sin más limitaciones que las que establecen la Constitución y las leyes. Es el derecho de ser juzgado por jueces imparciales. Es el derecho de no ser sometido a penas, torturas o tratos crueles, inhumanos o degradantes por manifestar. Es el derecho a la información veraz, oportuna y sin censura. Es el respeto a la vida privada y honor de todo ciudadano. Es el derecho de tener acceso a los bienes esenciales para la alimentación, la salud y el desenvolvimiento humano digno. Es el derecho de exigir al Estado que no se emita más dinero inorgánico, a fin de garantizar la estabilidad económica del país. Es el derecho de transitar a toda hora y de manera segura, sin temor de ser víctima de la delincuencia desatada. Es el derecho a que se le garantice a los medios de comunicación social la obtención de los bienes e implementos necesarios para el ejercicio libre de su actividad informativa. Es el derecho de contar con una Fuerza Armada Nacional profesional y sin militancia política. Es la no la conversión del país en un espacio monocolor, donde la disidencia no tiene cabida porque se aspira a la unidad artificial del Estado, que solo se puede sostener mediante la coacción física. En resumen, es reconocer el derecho que tiene el pueblo de desconocer cualquier régimen, legislación o autoridad que contraríe los valores, principios y garantías democráticos o menoscabe los derechos humanos.

Cuando todo lo anterior sea una realidad, la democracia venezolana “será” y “parecerá” una democracia. ¡Antes, no! El pueblo tiene ahora la palabra.

 

(Nota: Con el presente artículo concluimos la serie de cinco textos que iniciamos el pasado sábado 7 de noviembre, bajo el título “Las perversiones de la democracia venezolana”).

 

@EddyReyesT