• Caracas (Venezuela)

Eddy Reyes Torres

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Eddy Reyes Torres

El ogro filantrópico

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Durante su mandato, Jaime Lusinchi dictó el decreto de creación de la Comisión para la Reforma del Estado (Copre). Tan fundamental acto de gobierno contó con el respaldo de Simón Alberto Consalvi, hombre público de pensamiento avanzado, que conocía bien la realidad nacional y latinoamericana, y la tesis desarrollada por Octavio Paz en su ensayo El ogro filantrópico. El mismo fue escrito en marzo de 1978 y publicado en la revista Vuelta, en agosto del mismo año. En dicho trabajo, el autor hace una serie de reflexiones sobre el Estado mexicano que, en una u otra forma, es extensivo a toda América Latina. De allí su relevancia.

Destaca Paz que el Estado creado por la Revolución mexicana es más fuerte que el del siglo XIX. Esa condición la alcanzó Porfirio Díaz al hacer de México una sociedad débil dominada por un Estado fuerte que se transforma en el agente del proceso modernizador por la vía de políticas gubernamentales de estímulos e incentivos. Con el transcurso del tiempo, el Estado revolucionario hizo algo más que crecer y enriquecerse. Efectivamente, a través de una legislación adecuada y de una política de privilegios, estímulos y créditos, impulsó y protegió el desarrollo de la clase capitalista, hasta llevarla a su madurez y mayor extensión. Junto con lo anterior, se apoyó y favoreció a las organizaciones obreras y campesinas. El anterior proceso evolutivo lo completó el Estado posrevolucionario con la creación de dos burocracias paralelas. Una compuesta por administradores y tecnócratas, que constituye el personal gubernamental. Y otra formada por profesionales de la política. Ambas viven en continua ósmosis, pasando permanentemente del partido (PRI) al gobierno y viceversa. La anterior situación permite que el poder central no resida ni en el capitalismo privado ni en las uniones sindicales ni en los partidos políticos, sino en el Estado. Frente a este se ubica un sector independiente integrado por la clase media, los estudiantes y los intelectuales.

Según Paz, el proyecto histórico de los intelectuales mexicanos, los grupos dirigentes y la burguesía ilustrada puede condensarse en una palabra: modernización (industria, democracia, técnica, laicismo, etc.). Pero a pesar de que el Estado mexicano ha sido el agente principal de la modernización, el mismo no ha logrado modernizarse completamente. En la manera de conducir los asuntos es un Estado patrimonialista, en el que el jefe de gobierno –el presidente– considera al Estado como su patrimonio personal. Lo que cuenta en último término es la voluntad del presidente y de sus allegados. Lo anterior genera una contradicción enorme, aún sin resolver: el cuerpo de tecnócratas y administradores (la burocracia profesional) debe convivir con los amigos, los familiares y los favoritos del presidente de turno y con los amigos, los familiares y los favoritos de sus ministros. El problema es que esos cuerpos cortesanos no son para nada modernos: son resabios del patrimonialismo. Como consecuencia de esa realidad se producen dos maneras de entender la política, dos tipos de sensibilidad y de moral.

En ese punto de su exposición, la cita que hace de Norbert Elias (1897-1990), autor de la obra El proceso de la civilización, se hace inevitable: los regímenes modernos se esforzaron desde un principio por dotar al nuevo Estado burgués de una burocracia radicalmente diferente a las de las monarquías de los siglos XVII y XVIII; así, las burocracias de los siglos XIX y XX se formaron en lucha permanente contra la sociedad cortesana de los regímenes absolutistas. Por su origen, sus métodos de trabajo, sus jerarquías y su moral, la nueva burocracia fue la negación del patrimonialismo. Su evolución fue la misma de la burguesía, que pasó del derecho a la economía y de la lógica jurídica a la lógica de la empresa privada. Así, impuso la racionalidad económica, esencialmente cuantitativa, en el despacho de los negocios de Estado. Eso ha hecho que, desde la perspectiva de la administración de los bienes públicos, las burocracias de las sociedades democráticas burguesas hayan sido superiores a las de las antiguas monarquías y los Estados totalitarios de hoy en día. Además, también han sido más humanas y tolerantes. Volviendo a la realidad mexicana, Paz resalta que el PRI no es terrorista, no quiere salvar al mundo: quiere salvarse a sí mismo. Por eso quiere reformarse. Pero es consciente de que su reforma es inseparable de la del país. Ahí precisamente se inserta el tema de la reforma política.

Después de los sucesos de 1968, que culminaron en la matanza de varios cientos de estudiantes, se quebrantó la legitimidad que nació con la Revolución mexicana. A partir de ese momento, los gobiernos mexicanos empiezan a buscar una nueva legitimidad que se funda en el reconocimiento de que existen otros partidos y proyectos políticos, es decir, en el pluralismo, lo cual es un paso hacia la democracia. De modo que la reforma política realizará el sueño de muchos mexicanos: transformar el país en una verdadera democracia moderna. Lamentablemente, la realidad pone de manifiesto dos grandes ausencias. Una, la de un partido conservador como el Republicano de Estados Unidos o los partidos conservadores de la Gran Bretaña, Francia, Alemania y España; otra, la de un auténtico partido socialista (de la tradición socialista democrática). Esta realidad lleva a Paz a preguntarse si el pluralismo mexicano que prepara la reforma política estará compuesto por partidos minoritarios y que difícilmente merecen el calificativo de democráticos. Y su respuesta no es menos preocupante: si así fuese, el desgaste del PRI  se acentuaría y el Estado, para no disolverse, tendría que apoyarse en otras fuerzas sociales (no en una burocracia política sino en una burocracia militar, como ha sugerido el historiador mexicano Jean Meyer).

Pero el agudo intelectual mexicano aclara que no condena prematuramente la reforma política, toda vez que ella es benéfica dentro de sus limitaciones. Mas cree que hay que profundizarla y democratizarla. Y agrega: Si democracia es pluralismo, lo primero que hay que hacer es descentralizar. Paz termina su ensayo diciendo lo siguiente: “Creo que, como los otros países de América Latina, México debe encontrar su propia modernidad. En cierto sentido debe inventarla (…) No necesito recordar que el renacimiento de la imaginación, lo mismo en el dominio del arte de la política, siempre ha sido preparado y precedido por el análisis y la crítica. Creo que a nuestra generación y a la que sigue les ha tocado este quehacer. Pero antes de emprender la crítica de nuestras sociedades, de su historia y de su presente, los escritores hispanoamericanos debemos empezar por la crítica de nosotros mismos. Lo primero es curarnos de la intoxicación de las ideologías simplistas y simplificadoras”.

Lo cierto es que Consalvi tomó el testigo de Octavio Paz y logró pasarlo a Lusinchi y la Copre para que se impulsara el proceso de descentralización en Venezuela. En la campaña electoral de 1988, Ramón J. Velásquez, presidente de dicho organismo, logró que los distintos candidatos –Carlos Andrés Pérez (AD), Eduardo Fernández (Copei), Teodoro Petkoff (MAS) e Ismenia Villalba (URD)– se comprometieran a apoyar la reforma en las primeras sesiones de la nueva legislatura. Y así lo hicieron. Pero más allá del retroceso actual, el reto que tienen los verdaderos demócratas es volver sobre aquellos pasos y seguir con la dinámica de cambios que incluya a todos y no a una parcialidad fanatizada.