• Caracas (Venezuela)

Eddy Reyes Torres

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La nueva liturgia escolar o la nostalgia del Absoluto

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En el editorial de este diario del pasado 15 de septiembre, titulado “Nueva liturgia escolar”, se trató el tema de la decisión del Ministerio de Educación que obliga a los centros educativos del país a conmemorar las fechas de nacimiento y muerte de Hugo Chávez Frías, cuya biografía ha quedado incluida en los manuales de estudio de nuestros niños y jóvenes. Al respecto se destaca que: “Las escuelas de niños no son lugares para crear templos que habitualmente son manejados por los oficiantes de turno, es decir, por aquellos a quienes interesa elevar capillas a los líderes de su partido o a los voceros de su ideología. De allí que, con la excepción de la figura del Libertador, o de la exaltación pasajera de otros próceres a quienes se recuerda en el centenario o en el bicentenario de sus importantes obras, han tenido nuestras escuelas un parco calendario relacionado con los aportes de los venezolanos más eminentes”.

La resolución anterior viene precedida de tres estrambóticas consideraciones sobre el hijo insigne de Sabaneta, a las cuales nos referimos en sendos artículos publicados en este mismo espacio, bajo los siguientes títulos: “El líder carismático y su distorsión” (5 de julio de 2014), “El César democrático” (8 de noviembre de 2014) y “Una religión falsa” (14 de marzo de 2015), que los interesados pueden ubicar y leer a través de Google u otro buscador de su preferencia. De manera que, en esta ocasión, la nueva liturgia que se quiere imponer porque a estos seudorrevolucionarios les da la real gana es, como dice el refrán, una pinta más pa’ el tigre. Ya vendrá el billetico devaluado con la imagen del “Máximo líder”, la creación de un nuevo estado con su nombre sagrado, el feriado bancario en su honor y quién sabe qué más.

La nada original decisión del régimen se inserta, como colofón, en un proceso histórico que arranca con las grandes antiteologías o metarreligiones del siglo XX, las cuales no son más que productos aberrantes del desgaste inevitable que ha tenido la Iglesia Católica y las demás corrientes cristianas que marcaron la identidad humana occidental desde el final del mundo helenístico y romano.

Al inicio de un texto fundamental (Notes towards the definition of culture, Faber and Faber, 1962), T. S. Elliot señala que ninguna cultura ha surgido o se ha desarrollado sin su cercanía a una religión. Y hacia el final del mismo libro agrega que solo una cultura cristiana pudo producir un Voltaire o un Nietzsche. Lamentablemente, el desgaste y la inevitable decadencia generan sus pequeños monstruos: los totalitarismos que apelan al deseo humano de retornar al seno materno. Ellos son, a decir de George Steiner, una especie de teología sustitutiva, esto es, “sistemas de creencia y razonamiento que pueden ser ferozmente antirreligiosos, que pueden postular un mundo sin Dios y negar la otra vida, pero cuya estructura, aspiraciones y pretensiones respecto del creyente son profundamente religiosas en su estrategia y en sus efectos” (Nostalgia del Absoluto, Ediciones Siruela, 2001).

Para nadie es un secreto que los comunistas soviéticos y cubanos hicieron en sus respectivos países los esfuerzos necesarios por sustituir la religión con prácticas semejantes a la teología que pretendieron reemplazar. El nuevo canon se estableció a partir de los desarrollos de la tesis historicista. Se habló entonces –y todavía se sigue argumentando– del inevitable progreso humano desde la esclavitud hasta el reino de la igualdad y la justicia perfecta, en un futuro que nunca ha sido determinado con fecha y hora en el calendario. De la mano de Carlos Marx, a manera de mantra, se recitó hasta el cansancio que la historia del hombre es una marcha indetenible hacia la libertad y el bienestar. Curiosamente, a pesar del rotundo fracaso de esas experiencias, sus seguidores se siguen contando por millones, lo cual se explica, según Steiner, porque el escenario milenarista de la redención del hombre y del establecimiento del reino de la justicia sobre la tierra continúa fascinando al espíritu humano.

La revolución roja rojita no quiere quedarse atrás. Con sus acciones que repiten la historia como caricatura, los seguideros de Chávez aspiran a construir una iglesia enorme y vacía, con un dios que fracasó de manera terminante. Lo que hoy padecemos no es más que el fruto de lo que sembró el “Gigante”. De allí que la absurda pretensión se estrella contra esa realidad y el hecho incontestable de un país mayoritariamente cristiano. Por si fuera poco, pareciera que los propulsores de la nueva religión no se han percatado todavía de que el tiempo se les está acabando. Ante tal falta de visión solo cabe un señalamiento: ¡Qué pena con esos señores!

 

@EddyReyesT