• Caracas (Venezuela)

Eddy Reyes Torres

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Eddy Reyes Torres

De la novela negra a José Pulido

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Comencemos por el principio. Y tenemos que hacerlo de la mano de la Biblia, donde leemos: “Nada hay nuevo en este mundo” (Eclesiastés). Por eso, cuando hablamos de la novela criminal y sus diferentes variables tenemos que remontarnos a sus fuentes mitológicas y religiosas pues allí encontraremos historias donde lo detectivesco o policial se hace presente.

Así, tanto la mitología griega como la romana cuentan de las reses que le robó Caco a Heracles (Hércules) y que, para no dejar rastros de sus huellas, las condujo hasta su cueva arrastrándolas de espalda por el rabo. Cuando Heracles regresó y dispuso abandonar los pastos, el ganado que le quedaba comenzó a mugir lastimeramente hacia la cueva, desde donde una vaca respondió. Heracles se internó en la cueva y allí mató a Caco.

Por su lado, en el Viejo Testamento se refiere la historia del “Juicio de Salomón”. Según la misma, ante este sabio juez acudieron dos meretrices que se disputaban la maternidad de un niño. Ambas vivían en una misma casa donde habían parido sus respectivos hijos. Mientras dormían y sin querer, una de ellas asfixio al suyo. En cuenta de ello se levantó en silencio y tomó el niño de su compañera y le dejó a ésta el infante muerto. Al levantarse en la mañana, la mamá del niño vivo se percató que el bebé que yacía a su lado no era el suyo. Ambas se presentaron ante el rey Salomón y alegaron ser la madre del niño vivo. El rey mandó entonces a buscar una espada y ordenó que partieran al infante en dos mitades y le dieran a cada demandante una mitad. La madre verdadera rogó al rey que no lo matara y que le dieran el niño vivo a la otra demandante. Ésta, por el contrario, pidió al rey que se dividiera. Frente a esas reacciones Salomón tomó la palabra y ordenó que se entregara al niño a la primera pues de su comportamiento dedujo que era la madre verdadera.

Descontado está que en tiempos tan antiguos no se hablaba de novela detectivesca, novela negra o algo por el estilo. Pero allí sí está el germen de ese tipo de caracterizaciones. Mas tengamos cuidado con esa práctica puesto que ello no es más que el producto del método esencialista de las definiciones ideado por Aristóteles. Según éste, conocer una cosa es conocer su esencia, lo cual exige su definición. Para Karl Popper, sin embargo, autor de La sociedad abierta y sus enemigos, estas concepciones esencialistas se hallan en franca oposición con los métodos de las ciencias modernas, toda vez que en la ciencia se es consciente del hecho de que, aunque se haga lo posible por hallar la verdad, nunca se puede estar seguro de haberla alcanzado. Esa es la razón por la cual el camino de la ciencia está empedrado de teorías que han sido puestas de lado. Francis Bacon (1561-1626), por ejemplo, se burlaba de aquellos que negaban la verdad evidente de que el Sol y las estrellas rotaban  en torno a la tierra. Bacon criticaba de esa manera la tesis de Nicolás Copérnico (1473-1543) según la cual el centro del universo se encuentra cerca del Sol. En realidad Bacon era un férreo seguidor de la teoría geocéntrica de Ptolomeo (c. 100 - c. 170), mientras que Copérnico lo fue de Aristarco de Samos (310 a. C – c. 230 a.C), quien fue el primero en señalar que la tierra giraba alrededor del Sol.

Dice Popper que el aristotelismo y los sistemas filosóficos con él relacionado nos enseñaron durante largo tiempo cuán importante es poseer un conocimiento preciso del significado de nuestros términos y todos nos sentimos inclinados a creer en ello. Lo señalado por dicho autor encuentra una manifestación concreta en la pugna entre los ideólogos del romanticismo y Kant. Cuando este último desarrolló la tesis, en su obra Crítica de la facultad de juzgar, según la cual en el arte no hay ninguna regla objetiva que determine por conceptos que es bello, los ideólogos del romanticismo (Novalis y Schlegel) reaccionaron señalando que el discurso filosófico era el que fallaba y debía ser sustituido por el arte, y en especial por la poesía, que tiene una función ontológica. De esa pugna nació el romanticismo y el historicismo que terminó impactando la política con sus extremismos.

Hay pues que disfrutar el arte poniendo de lado las consideraciones absolutistas. Por eso me aparto de toda categorización. Lo que me importa e interesa es el placer que me produce. En otras palabras, si me gusta o no una obra en específico. Es en ese contexto que puedo opinar sobre la obra de José Pulido. Él es uno de los máximos exponentes de nuestra literatura. Sus notas periodísticas, sus libros de poesía, cuentos, novelas y ensayos biográficos atrapan a uno por el cuello y no lo suelta hasta que ha leído la última página. Allí están Peregrino de vidriera, Duermevelas, Los mágicos, La canción del ciempiés, El bululú de las Ninfas, El requetemuerto, Los héroes son villanos tímidos y Gustavo Dudamel: la sinfonía del barrio, por tan sólo señalar algunos de sus muchos trabajos. Si me ponen a escoger uno de ellos, tarea nada fácil, me quedaría con El bululú de las Ninfas. En esa novela está lo mejor de todas sus expresiones literarias: la violencia cotidiana en nuestra sociedad, la pobreza cultural del pueblo y del habla de la gente del barrio, el entorno político que todo lo penetra, el humor caribeño y el más crudo erotismo. Un coctel maravilloso, que mezclado en dosis precisas y con el toque de la buena escritura, aliñada aquí y allá de la más bella poesía, conduce al éxtasis absoluto.

La novela negra o de cualquier otra categoría no me interesa como tal. Me gusta la buena literatura, los libros bien escritos, independientemente de su tema. En este selecto terreno ubico la obra de José Pulido, un escritor contemporáneo, de nuestra tierra, que bien vale la pena leer.