• Caracas (Venezuela)

Eddy Reyes Torres

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Sobre la moneda y la inflación

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La definición del término “moneda” tiene un alcance amplio. Por un lado, se le conceptúa como pieza de oro, plata, cobre u otro metal, regularmente en forma de disco y acuñada con los distintivos elegidos por la autoridad emisora para acreditar su legitimidad y valor. Por el otro, se le tiene por billete o papel de curso legal. En el plano económico se le aprecia como instrumento aceptado como unidad de cuenta, medida de valor y medio de pago. Pero también como conjunto de signos representativos del dinero circulante en cada país.

La moneda puede tener de suyo algún calificativo que la singulariza. Así, por ejemplo, cuando se habla de moneda corriente se alude a la moneda legal o usual. Y cuando se alude a la moneda fiduciaria se apunta a aquella moneda que representa un valor que intrínsecamente no tiene.

En la época moderna, es el Estado, directamente o a través de instituciones oficiales especializadas y autónomas como la banca central, el que acuña o emite la moneda o el dinero. Pero eso lo debe hacer conforme a reglas muy antiguas que, de no cumplirse, terminan por generar desequilibrios económicos y hasta la ruina misma. En los viejos tiempos cuando el dinero era metálico (esto es, de oro, plata, cobre o estaño), se dieron casos de inflación. Un ejemplo concreto fue el de España en la época la Conquista. El fenómeno se produjo por una razón muy particular: los descubrimientos y  la entrada de metales preciosos que del hecho derivó. En los demás casos, el fenómeno inflacionario se produjo por dos causas: las innovaciones técnicas que abarataban la extracción o la adulteración de la moneda mediante la sustitución del metal noble por una mayor cantidad de metal de menor valor. 

Con la aparición del billete o papel moneda, producto del crecimiento económico y la expansión de las operaciones de intercambio, los fenómenos inflacionarios e hiperinflacionarios –que en este último caso se da cuando la inflación mensual es de dos dígitos–, solo son posibles por la guerra, la revolución o las políticas populistas. Con mucha razón Milton Friedman, premio Nobel de Economía de 1976 y autor de Paradojas del dinero, dice: “Cualquiera que sea su fuente inmediata, la inflación es una enfermedad, una dolencia peligrosa y muchas veces fatal, que, si no se ataca a tiempo, puede arruinar una sociedad”.

De diferentes formas el tema ha preocupado a muchos desde tiempos muy antiguos. Filósofos y religiosos se han ocupado del mismo. Es así como en la Política de Aristóteles y en la Antigua retórica de Cicerón, encontramos alusiones a que el dinero pertenece a la comunidad y a las personas individuales. Aristóteles fue incluso un poco más allá cuando en su libro Ética, al hablar de numisma, dice que el dinero es la cosa que requiere más permanecer. Por su lado, en las Sagradas Escrituras se habla del asunto cuando, por ejemplo, se condena la usura. San Gregorio en particular condena las ganancias que se generan por la operación de cambio, incluyéndola entre las “ocupaciones que no se pueden desempeñar sin pecado”.

No es extraño entonces que el primer padre fundador de la economía monetaria sea un religioso de la Edad Media, Nicolás Oresme       (c. 1323 - 1382), que además fue un destacado teólogo, filósofo, psicólogo, musicólogo, matemático, astrónomo, físico y economista. Fue también obispo de Lisieuxy consejero del rey Carlos V de Francia. Su tratado Origen, naturaleza, ley, y alteración de las monedas fue publicado en el año 1360 y es considerado el primer estudio sobre las cuestiones monetarias.

Al referirse a la moneda, Oresme comienza por resaltar que ella es un instrumento inventado artificialmente por el hombre para facilitar el intercambio de las riquezas naturales. Por tal motivo fue oportuno que la moneda fuera hecha de materia preciosa como es el oro, pero del que debe haber suficiente abundancia. Sostiene que cuando el oro no fuera suficiente, la moneda se hace de plata; y cuando esos dos metales no se tuvieran, debe hacerse en una mezcla, o una simple de otro metal puro como el cobre o el bronce. También señala que con prudencia y razones prácticas se dispuso que las monedas se hicieran de una determinada materia y de un determinado peso, y que en ellas se imprimiera una figura que a todos indicara la cualidad de la materia y la certeza de su peso. Reconoce el derecho que tiene el príncipe o la autoridad de sellar la moneda, pero eso –dice él– no lo hace dueño o propietario de la misma pues ella es posesión de aquellos a quienes pertenecen. Es categórico al sostener que “la moneda es de la comunidad”.

Señala dicho autor que si el peso de la moneda se cambia, tal cosa equivaldría a hacer otro tipo de moneda, lo cual es sencillamente ilícito. Y agrega: es detestable y vergonzoso que un príncipe cometa fraude, falsifique o altere la moneda, llamando oro lo que no lo es. Además, es un gran escándalo y cosa vil para el príncipe, el hecho de que la moneda de su reino nunca permanezca en el mismo estado, sino que varíe de día en día. La moneda recibe su nombre de “amonestar”, porque amonesta –esto es, anuncia o notifica– que no haya fraude en el metal o su peso.

Oresme no pierde la oportunidad de dedicar un capítulo de su libro a la tiranía y que titula así: “Cómo el tirano no puede durar mucho tiempo”. Allí afirma sin tapujos lo siguiente: “Debe saberse, por tanto, que entre el principado regio y el tiránico existe la diferencia de que la tiranía ama y busca más su propio bien que la utilidad común de los súbditos y se empeña en tener al pueblo sojuzgado de modo servil… Al decir de Casiodoro ‘la disciplina de gobernar es amar lo que conviene a muchos’… Pues la comunidad o reino cuyos gobernantes, por comparación con sus súbditos, crecen enormemente en riquezas, poder y estado, es como un monstruo, igual que un hombre cuya cabeza es tan grande y tan gruesa que no puede ser sostenida por el resto de su débil cuerpo”.

Otro canónigo, más conocido como astrónomo, Nicolás Copérnico (1473 - 1543) se ocupó también del  mismo asunto en su Tratado de la moneda que fue publicado en 1526. Su propósito al escribirlo fue poner en orden el sistema monetario de Lituania, Prusia, Ucrania, Mazovia y otras tierras del reino de Polonia. En dicha obra, más claramente que nadie antes de él, sostenía que la moneda se deprecia, sobre todo, cuando se acuña en exceso. En su investigación deja muy claro que si se deprecia la moneda se detienen las importaciones del exterior y se destruye cualquier especie de comercio.

Para algunos, Copérnico fue el precursor de la teoría cuantitativa del dinero. Sus señalamientos son de una actualidad que no deja de sorprender. Decía, por ejemplo, que la discordia y el deterioro de la moneda eran dos de las principales plagas por las que los reinos y repúblicas suelen decaer. Señalaba, además, que cuando se ha destruido la dignidad de la moneda, el único remedio es no acuñar más moneda hasta que la misma haya vuelto a encontrar su equilibrio. Fue categórico al indicar: “Vemos florecer los países que tienen moneda buena y decaer y perecer los que se sirven de una mala… Al perder su valor nuestra moneda, cada vez más con el correr del tiempo, decae también nuestra patria y por este flagelo y otras calamidades ha llegado casi a la tumba”. Y remató sus advertencias en estos términos: “Los lugares que hacen uso de una moneda buena tienen abundancia de arte y artesanos egregios, además de abundancia de todo. Por el contrario, cuando se usa una moneda depreciada, reinan la cobardía, la pereza y la indolencia; se descuidan las artes y el cultivo del espíritu y también desaparece la afluencia de todas las cosas… La moneda débil alimenta la pereza más que socorre a la pobreza humana”. No está demás dejar en claro que Copérnico no es ningún conspirador extranjero ni asesor o miembro de la MUD pues, como ya se dijo, falleció en 1543.

La emisión del papel moneda en occidente fue muy posterior a la época de Oresme y Copérnico, pero su circulación está sometida también a reglas inquebrantables. En el caso venezolano, el dinero circulante debe contar con un respaldo en nuestras reservas internacionales (oro, divisas, etc.). De modo que, como ocurre actualmente, cuando la emisión de billetes y monedas por parte del Banco Central de Venezuela excede dicho respaldo, nuestro signo monetario pierde valor, resultando más caro en bolívares todo lo que tenemos que importar. No hay duda entonces de que en Venezuela hay una “guerra económica”, pero lo que tenemos que concientizar es que la misma está siendo llevada a cabo por autoridades oficiales del Estado y no por la oposición o gobiernos extranjeros.

 

@EddyReyesT