• Caracas (Venezuela)

Eddy Reyes Torres

Al instante

Los efectos perversos de la intolerancia

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Mucho antes de que Chávez asumiera el poder y pusiera en práctica políticas discriminatoria de todo género a sus opositores, Francia vivió los efectos perversos de la intolerancia. Los acontecimientos en el país galo empezaron en 1515, cuando Francisco I (1494-1547) se convirtió en rey de Francia. Durante su reinado se formaron comunidades protestantes en diferentes zonas del país, las cuales fueron perseguidas y, en algunos casos, también expulsadas. En la práctica, sin embargo, dicha política fue poco efectiva, afectando así la unidad de la monarquía y la posición de la Iglesia católica, puesto que el concordato suscrito entre el rey y el Papa confería al primero un derecho de tutela sobre la iglesia de su país. A su muerte, Francisco fue sucedido por su hijo Enrique II (1519-1559), quien dictó decretos muy severos contra dicho grupo religioso pero sin mayor éxito. Después de su muerte, a raíz de ser gravemente herido en un torneo, su esposa Catalina de Medici pasó a ejercer la regencia, ya que su hijo Carlos IX (1550-1574) tenía tan solo 10 años de edad. Las luchas entre católicos y protestantes calvinistas, llamados también hugonotes, no pararon y continuaron desarrollándose en una escala cada vez mayor. Los esfuerzos que se hacían para aplacar los ánimos sólo quedaban como expresiones de buenas intenciones.

En 1658, en la búsqueda de una paz más duradera, se dieron pasos importantes. Gaspar de Coligny, jefe del partido hugonote, fue convocado a la corte. Allí Catalina le manifestó su disposición a olvidar los hechos pasados si él se mostraba en lo sucesivo leal súbdito de la corona. El acuerdo se consolidó con un abrazo del rey y su decisión de designarlo primer ministro de Francia. En paralelo, Catalina inició gestiones para casar a su hija Margarita de Valois (la reina Margot) con el joven rey Enrique III de Navarra (1553-1610), jefe de los hugonotes en Navarra, quien fue bautizado católico pero educado por su madre en la fe calvinista.

Después de varios años de conversaciones, el matrimonio entre Margot y Enrique de Borbón se llevó a cabo en Notre-Dame, el 18 de agosto de 1572. Hugonotes notables se hicieron presentes en París para el gran acontecimiento. El ambiente, sin embargo, presagiaba tempestades. Muchos percibían el aire impregnado de iniquidades. Por eso, a nadie extrañó que entre los protestantes corriera el rumor de que líderes católicos intentaban deshacerse de Coligny. El 22 de agosto, en horas de la mañana, dichos augurios se confirmaron: el líder protestante fue atacado a tiros, recibiendo heridas en el brazo izquierdo. Las investigaciones revelarían que jefes católicos y hasta la misma Catalina se habían involucrados en los hechos ante supuestas pruebas que evidenciaban que Coligny era culpable de alta traición. El rey Carlos IX se sintió aterrorizado cuando su madre y su hermano (el príncipe Enrique) le manifestaron que los hugonotes se proponían matarlo a él y a toda su familia. A pesar de su resistencia y dudas, Carlos fuera de sí le gritó a los suyos: “¡En nombre del cielo: si queréis la vida del almirante Coligny, tomadla! Pero entonces hay que acabar con todos, ¡no debe quedar un solo hugonote que pueda vengarse de mí!”. Así, en la madrugada del 23 de agosto, se dio inicio a la Matanza de San Bartolomé, expresión máxima de las guerras de religión de la época. Fueron asesinados 2.000 hugonotes en París, entre ellos el anciano y convaleciente Coligny. En los días sucesivos, con participación del populacho, otros 8.000 protestantes fueron masacrados en Burdeos, Lyon, Orleáns, Ruan y Toulouse. Sólo Enrique III de Navarra pudo salvar su vida, pero debió abjurar previamente de su fe protestante.

La historia registra que años después, antes de morir, Carlos IX dijo en su lecho: “Gracias a Dios, no tengo un hijo que me suceda”. El privilegio le correspondió a su hermano Enrique III (1551-1589), en 1574. En aquel momento un nuevo grupo emergía y, a través de la pluma de Francois Hotman, fundamentaba sus reivindicaciones en la teoría política de la soberanía popular, según la cual “el pueblo tiene derecho a deponer a un soberano cuando éste abusa de su poder”. Pero como todo mandatario en ejercicio pleno de sus funciones, el nuevo soberano ni se inmutó con tales alegatos. La guerra interna continuó con altos y bajos. En ese remolino de hechos, el papa Sixto V dijo a sus colaboradores más cercanos: “No hay más que dos personas en Europa verdaderamente formadas para ser jefes de Estado: Isabel de Inglaterra y Enrique de Navarra”. Juicio de gran agudeza puesto que, en vida del Papa, el príncipe Enrique de Navarra no se distinguía precisamente por ser un estadista.

A raíz de la muerte de Francisco Alarcón en 1584, hermano y sucesor directo de Enrique III, el Borbón Enrique de Navarra quedó a la cabeza de la línea de sucesión al trono francés. El hecho escandalizó a los líderes católicos y a la mayoría de la nación francesa. Fue inevitable la “guerra de los tres Enriques”: Enrique de Navarra, Enrique III (desprestigiado y odiado por su pueblo por sus veleidades y amaneramientos) y Enrique de Guisa (popular jefe de la Liga Católica, enemigo del rey francés y jefe de facto de París). El nudo gordiano se empezó a romper cuando Enrique III ordenó eliminar al duque de Guisa, hecho que aconteció en la propia cámara del rey, en diciembre de 1588. Enterada la reina madre del hecho, le aconsejó a su hijo que se reconciliara con Enrique de Navarra. Se cuenta que Catalina también le dijo: “Dios quiera que esta muerte no te haga rey de la nada. Cortas bien, pero ¿sabes coser? ¿Lo has dispuesto todo?”. La clara visión de Catalina se confirmó meses después, al ser asesinado Enrique III por un fraile dominico, miembro de la Liga Católica.

A pesar de tener el camino despejado, Enrique de Navarra no pudo acceder de inmediato al trono de Francia. Debió esperar cuatro años y medio, y convencerse de que su fe protestante era un obstáculo insalvable en un país mayoritariamente católico. No sin serios conflictos internos, en julio de 1593, el Borbón tomó la única decisión que le abría de par en par las puertas del reino del país galo: retornar al catolicismo. Se le atribuye haber dicho en tal crucial momento: “¡París bien vale una misa!”, pero la frase no fue suya sino probablemente de su superintendente de finanzas Maximilien Bethúne (1560-1641), duque de Sully, en cuyo despacho colgaban los retratos de Lutero y Calvino.

El nuevo rey, coronado como Enrique IV, se ganó el aprecio del pueblo francés haciendo realidad su mayor deseo: “Que todos los aldeanos puedan echar una gallina a la olla el domingo”, algo que hoy añoran los pobres de Venezuela. Eso lo logró después que consiguió, gracias a las políticas sugeridas y puestas en práctica por el duque de Sully, sanear la hacienda pública, elevando la economía del país a su mayor esplendor. En un documento escrito de su puño y letra, Sully detalló las medidas que llevó a cabo, varias de las cuales aún tienen vigencia: 1) extinguir los odios y animosidades de secta y de religión; 2) identificar detalladamente todas las rentas del reino y definir las mejoras que se puedan hacer; 3) detallar todas las deudas del país y estudiar los medios para saldarlas; 4) llevar un registro de todos los empleados civiles y militares, y disminuir en lo posible su número y sueldos; hacer una lista de todas las fortalezas del rey para definir las que son absolutamente necesarias; 5) definir los lugares de la fronteras donde fundar puertos y fondeaderos, a fin de que Francia sea tan poderosa por mar como por tierra. Enrique apoyó con entusiasmo esas ideas y promovió también la creación de fábricas que elaborasen productos que antes se importaban, reguló los impuestos y persiguió los delitos de malversación. Nihil novum sub sole (expresión que viene del Eclesiastés cuando dice: “¡Nada hay nuevo en este mundo!”, aunque muchos se empeñan en sostener que la historia no se repite). Otra acción fundamental que concretó fue la promulgación del edicto de Nantes (1598) que restablecía el culto católico en todo el territorio, permitiéndole también a los hugonotes practicar su culto en varias ciudades donde ya lo hacían y concediéndoles además el acceso a las funciones públicas. Sin embargo, el camino que se anduvo no fue de rosas.

En mayo de 1610, Enrique IV fue asesinado por un hombre del pueblo que posteriormente declaró que actuó bajo la creencia de que el rey era hugonote. No obstante su confesión, quedaron serias dudas acerca de posibles implicaciones de los Habsburgos, los jesuitas y hasta la propia reina María de Médicis. Al rey lo sucedió su hijo Luis XIII (1601-1643), pero por razones de edad el Parlamento de París le confió la regencia a su madre. La gestión del gobierno quedó en la práctica en manos de los favoritos de la reina que actuaron de manera incompetente. El duque de Sully se retiró de su cargo, viendo con indignación como se dilapidaban las reservas financieras del reino. Y junto con el empeoramiento de la situación económica reaparecieron las luchas políticas y religiosas.

Con el apoyo de algunos amigos y un capitán de la guardia, el joven rey tomó las riendas del poder en abril de 1617. María de Médicis y sus favoritos fueron puestos de lado, entre ellos el recién nombrado secretario de los departamentos de Guerra y Asuntos Exteriores, el brillante y carismático Armand de Richelieu, obispo y luego cardenal de Richelieu (1585-1642). En la primavera de 1624, la buena estrella del intrigante cardenal comenzó a brillar nuevamente, cuando fue designado ministro del rey. La alianza entre ambas figuras fue emblemática, llegando a resistir todo tipo de pruebas y circunstancias. La clave de todo fue la disposición del ministro de consultar al rey todas sus iniciativas, así como sus intenciones que siempre se apoyaban en estrictas razones de Estado y el bien público, de modo que el rey estuvo de continuo debidamente informado. Además, Richelieu fue un celoso defensor de la centralización estatal que terminó por enterrar la sociedad feudal de la Edad Media. En sus propias palabras, acabó con todo intento dirigido a la formación de un “Estado dentro del Estado”. No tuvo un ápice de duda al declarar que: “Ningún católico francés puede ser tan obcecado para preferir a un español católico antes que un francés hugonote”. Pero tampoco le tembló el pulso cuando tuvo que meter en cintura a los hugonotes de La Rochele, puerto y fortaleza de dicho grupo religioso en la costa atlántica. Al morir, en diciembre de 1642, ya había logrado consolidar a la monarquía francesa. En su haber también se cuenta que fue un gran mecenas de las artes, fundador de la Academia Francesa y fundador de la marina de su país. Suficiente para convertirlo en una gran figura histórica.

Los logros de Richelieu fueron beneficiosos para el reinado de Luis XIV (1638-1715), puesto que gracias a ellos se pudo consolidar la figura de la monarquía absoluta. Esa realidad quedó expresada en la conocida frase: L'État, c'estmoi (“El Estado soy yo”). En su aspiración de tener la unidad perfecta del reino en todos sus aspectos, entre ellos el religioso, el poderoso rey decidió revocar el edicto de Nantes, en 1685, con la promulgación del edicto de Fontainebleau. Con esa acción las capillas y lugares de reunión protestante fueron destruidos, prohibiéndose el ejercicio de su culto, desterrándose a sus predicadores y separándose a los hijos de los padres para ser formados en la religión católica.

En poco tiempo, en el reino francés no habían protestantes sino los llamados “nuevos católicos”, esto es, conversos forzosos que en su mayoría seguían profesando su fe a escondidas. Como resultado de esa política, Francia sufrió la terrible desgracia de ver emigrar más de 200.000 hugonotes en el lapso comprendido entre 1686 y 1715. Ello implicó la pérdida de numerosos artesanos altamente calificados, cuyos productos atraían a Francia muchos compradores de toda Europa, la quiebra de importantes actividades comerciales, la salida de una porción significativa de las riquezas francesas en dinero constante y la partida de numerosos profesionales liberales, educadores, oficiales y soldados del ejército. Países como Alemania, Holanda, Inglaterra y Suiza, donde la razón y la tolerancia habían avanzado grandemente, recibieron de brazos abiertos a los calificados emigrantes.

En 1787 la situación se revierte, cuando Luis XVI (1754-1793) dicta el edicto de Versalles o edicto de la Tolerancia para sus súbditos no católicos, a los que, si bien no les permitió la plena libertad de culto, les autorizó practicar su religión de manera privada y les concedió varios derechos civiles de los que no disfrutaban. Poco después arranca la Revolución Francesa que aprobaría la Declaración de los derechos del hombre y del ciudadano en 1789. Ahí se estatuía la admisibilidad de todos los ciudadanos a todas las dignidades, puestos y empleos públicos, sin más distinciones que las de sus virtudes y sus talentos; se prohibía que se molestara a las personas por sus opiniones o sus ideas religiosas; y se establecía que la libre comunicación de pensamientos y opiniones es uno de los derechos más valiosos del hombre.

Al llegar a este punto cabe una reflexión: en todos los tiempos de la humanidad llueve torrencialmente pero también escampa, dando paso a un Sol radiante. Esa es razón suficiente para que los venezolanos no desmayemos y sigamos luchando contra la intolerancia y malignidad de un gobierno que está de espaldas a la realidad y el sentimiento de la mayoría de los electores.