• Caracas (Venezuela)

Eddy Reyes Torres

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Eddy Reyes Torres

Un día en la vida de Iván Denísovich

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Publicado en 1962, es el título del relato escrito por el ruso Alexandr Soljenitsin (1918-2008), a quien se le concedió el Premio Nobel de Literatura en 1970. Soljenitsin (o Solzhenitsin) combatió en la Segunda Guerra Mundial, donde participó en la mayor batalla de tanques de la historia. En 1945 fue detenido en el frente de Prusia por haber escrito algunas cartas a un amigo donde supuestamente criticaba a Stalin. Por ese motivo fue condenado a trabajos forzados. La experiencia le sirvió para escribir un día en la vida de un prisionero ruso (Iván Denísovich Shújov) en un campo de trabajos forzados. El protagonista lleva encerrado ocho años, en Siberia, de una condena de diez por “traición a la patria”. La verdad, sin embargo, es otra. Durante la guerra contra Alemania Shújov fue capturado por los nazis. Milagrosamente logró escapar y reintegrarse a sus filas, pero allí se le acusó de regresar para servir de espía de los alemanes. Y, ciertamente, declaró que era verdad. Shújov no podía elegir: si no firmaba se haría acreedor a una caja de madera; si firmaba la declaración de su traición, viviría un poco más. Decidió entonces firmar.

La historia comienza a las 5:00 de la mañana, con una temperatura de más de veinte bajo cero, cuando suena el despertador: unos martillazos sobre un pedazo de riel colgado junto al barracón del Estado Mayor. Pero Shújov no se levanta de inmediato como otros días. Se siente mal desde el día anterior, con escalofríos y una especie de lasitud. Se plantea ir a la enfermería y pedir que le eximan del trabajo por ese día. Sabe que ese mismo día se juega su destino; quieren prescindir de su brigada y destinarla a una nueva obra: “Ciudad de la Vida socialista” que es un espacio desierto donde el preso se hunde en la nieve y donde, antes de hacer otra cosa, hay que cavar hoyos, plantar postes y tender alambradas contra los mismos presos para no poder escapar. Es después que comienza la construcción. El jefe de su brigada está muy preocupado y quiere hacer gestiones para que manden otra brigada. Naturalmente esos asuntos no se resuelven con las manos vacías.

En ese tono y en un contexto marcado por hechos extremos e infrahumanos, se desarrollan los más estrambóticos e inverosímiles acontecimientos del día hasta que, al anochecer, Shújov se duerme, satisfecho del todo. Ha tenido suerte; no lo metieron en el calabozo; no han enviado a su brigada a la “Ciudad socialista”; se zampó una ración suplementaria de kasha en la comida; se ha ganado suplementos en la cena y ha comprado tabaco; pero lo más importante, ha sido fuerte y ha vencido la enfermedad. En ese mundo se sale siempre adelante, pero a costa de la sangre de los otros.

La historia anterior viene a mi memoria después de experimentar en carne propia situaciones que solo pueden suceder en una “revolución bonita”. Los hechos comienzan al final de la mañana del jueves 15 de enero, después de leer los periódicos y enviar mi artículo a El Nacional para su publicación en la edición digital del sábado 17. Había dispuesto las horas siguientes para comprar pañales a un familiar de avanzada edad que sufre problemas de incontinencia. Me dirigí entonces a un Farmatodo cercano a mi casa. En la vía elevé un ruego a la Virgen para que me ayudara a conseguir los benditos pañales que últimamente escasean como muchísimas otras cosas. A mí mente traviesa vino un parlamento de la novela que da entrada a esta crónica:

—¿Lo ves, Iván Denísovich? Tu alma aspira a rezarle a Dios. ¿Por qué no dar libre curso a este deseo?

—Porque las oraciones, Alioshka, son como las instancias: o no llegan a su destino o se resuelven con un “no ha lugar”.

No me amilané con el recuerdo y mantuve la intensidad de mi ruego. Al entrar al estacionamiento, me llamó la atención una cola formada a la puerta del local. No eran más de treinta personas pero constituían un claro indicador de que estaban vendiendo alguno de los productos que últimamente brillan por su ausencia. Al acercarme me informaron que la cola era solo para los que querían comprar azúcar (dos kilos por persona). Entré y aprecié que adentro había poca gente. Como otras veces, las estanterías habían sido organizadas por una mano diestra en disimular la escasez de productos y en no dejar ver espacios vacíos. Las hileras de un mismo champú, una crema para la cara, galletas o algunos pocos medicamentos se extendían como un largo fastidio por varios metros. En algunos casos pude observar que las hileras no pasaban de dos o tres filas, dejando ver al fondo del estante un espacio vacío mayor. En otras palabras, con menos de la mitad de los productos que allí cabían se desplegaba una apariencia de llenura total. Un acto obligado de magia revolucionaria.

Caminé directamente al lugar donde siempre colocan los pañales de adultos y no vi nada; sí había abundancia de pañitos húmedos para bebes y empaques de toallas íntimas para damas. Enrumbé mis pasos a los estantes cercanos para asegurarme de una colocación diferente, pero nada. Me devolví al lugar inicial. Delante de mí iba una joven mujer que saltó de alegría cuando vio en la parte inferior de la estantería un largo bulto sin destapar que apenas dejaba ver su contenido: tres paquetes de pañales para adulto. Me molesté conmigo mismo por no haber sido más acucioso en la búsqueda. Pasé por el mismo lugar un minuto antes y no me percaté del tesoro camuflado. En eso oigo que se dirige a una amiga y le dice: “¡Encontré pañales para mi hija!”. La compañera mira el bulto y le aclara que son pañales para adultos. Sin perder tiempo me dirijo a la dama y amablemente retiro el bulto de su mano, diciéndole que los pañales son para personas que pesen entre setenta u ochenta kilos. Me redirijo al estante y rompo el envoltorio para extraer dos paquetes, que es el máximo de compra permitido por la farmacia. Eso asegura cubrir las necesidades de diez días. ¡Es muy poco!, pienso, y decido llamar por teléfono a mi hijo para que venga y compre el otro paquete. Coloco el bulto en mi carrito y empiezo a caminar en la búsqueda de otros productos que “cazar”. Solo he caminado unos metros y se me acerca un hombre de mediana edad que me dice: “Mire, señor, solamente está permitido comprar dos paquetes de pañales”. Amablemente le respondo que lo sé y que el tercer paquete es para otra persona que también lo necesita y ya viene en camino. Resignado sigue su camino. Doy entonces varias vueltas por el establecimiento y en una de ellas veo al mismo hombre parado no muy lejos de mí, aparentando que lee las indicaciones de un envase, pero en realidad dirige su mirada con el rabillo del ojo hacia mí. No pude saber si lo hacía con rabia, resignación o solo para asegurarse de que no desistiría de la compra del tercer paquete.

Continué mi marcha y otra joven mujer se me acercó y me preguntó que dónde estaban los pañales. Le dije que se habían agotado y se conformó con expresar: “¡Qué lástima!”. Volví a comunicarme con mi hijo para saber por qué tardaba tanto pero su teléfono sonó ocupado. Seguí desplazándome de un lugar a otro sin otro propósito que esperar a que mi hijo llegara; de vez en cuando me detenía frente a un producto para leer su etiqueta pero sin propósito de compra. Súbitamente otra dama se me acercó y con resignación me dijo: “Señor yo también estoy buscando pañales para adultos, si usted decide no comprar el tercer paquete o no lo vienen a buscar, avíseme; yo estoy afuera en la cola para comprar azúcar”. Sentí que el corazón se me arrugaba y estuve a punto de darle un paquete. Pero me sobrepuse y solo le prometí que la buscaría si no venía la persona que esperaba.

Un minuto después llegó mi hijo y nos dirigimos a la caja. Delante de nosotros estaba una abuela octogenaria con bastón. Vio mi compra y me preguntó dónde estaban los pañales. Le dije que ya se habían agotado. Me respondió que estaba en una búsqueda desesperada para un familiar. Cuando le tocó pagar su compra, le pidió a la cajera que le vendiera dos paquetes de azúcar. La joven empleada le dijo que la venta era para las personas que hacían cola afuera pero que por su edad y condición física le daría los dos paquetes. Cuando embolsaba el azúcar se le acercó la misma mujer que me rogó que le avisara si decidía no comprar el tercer paquete de pañales y molesta le espetó a la empleada samaritana que ella estaba esperando su turno afuera y que no iba a permitir que les vendieran azúcar a personas que no habían hecho también su cola. Para nada le importó la edad y condiciones físicas de la abuela que se merecía un tratamiento de excepción. Como en estado de revelación, caí en cuenta de que Venezuela es un campo de concentración, un Archipiélago Gulag, y en ese mundo se sale siempre adelante, pero solo a costa de la sangre de los otros.

Ahora sí lo puedo decir: Je suis Iván Denísovich.