• Caracas (Venezuela)

Eddy Reyes Torres

Al instante

La crisis más severa de la historia democrática

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Venezuela experimenta la crisis más severa de su historia democrática. Después de la muerte de Juan Vicente Gómez, no se había vivido una situación de confusión, desorden, escasez, carestía, deterioro institucional, nivel de corrupción y criminalidad como la que hoy padecemos. El proyecto revolucionario hace agua por todos lados, poniendo de manifiesto su irracionalidad y falsedad.

La fantasmagoría del régimen ya no da para más, producto de los volúmenes de gastos insostenibles que en todo momento se han sustentado en el petróleo y no en nuestra capacidad efectiva de producir riquezas. La revolución chavista ha ahondado, más que ningún gobierno anterior, en una “política de abastos”, esto es, una política de consumidores que pone de un lado la producción como premisa fundamental del consumo. Como nunca antes, el régimen chavista afianzó la cultura venezolana de “compradores y dependientes”, colocando al margena la cultura de “productores y emprendedores”.

En su magna obra La riqueza de las naciones (1776), Adam Smith fue certero al proclamar que ni el oro ni la plata –y lo mismo aplica para el petróleo en nuestro tiempo– constituyen la riqueza de un país. Es “el trabajo anual de cada nación la fuente original que le proporciona la satisfacción de las necesidades y las comodidades de la vida”. La riqueza está en función de “la preparación, la destreza y el juicio que se despliegan en la aplicación general del trabajo de la nación, y en segundo lugar, de la proporción entre el número de las personas empleadas en un trabajo útil, y el de las que no lo están”. Si las políticas públicas encaran lo anterior de manera acertada, los precios serán bajos y el suministro de mercancía abundante. Consecuente con su tesis, Smith nos recuerda  que “Europa no se ha enriquecido mediante la importación de oro y plata a raíz del descubrimiento de América; dada la abundancia de las minas americanas, esos metales se han abaratado”.

La devaluación que se produjo en febrero de 1983 fue el aldabonazo que hizo patente la improcedencia de la política económica llevada a cabo por el Estado venezolano. Fue un llamado a cambiar de rumbo. Los gobiernos no podían seguir actuando como un Niño Jesús dadivoso que otorga subsidios, empleos y todo tipo de ayuda sin ninguna restricción a sus ciudadanos y empresas públicas y privadas. Pero el cambio de rumbo que quiso liderar Carlos Andrés Pérez en su segunda gestión de gobierno fue cuestionado por tirios y troyanos. Nadie quería dejar de recibir las canonjías del Estado benefactor. Allí se perdió una gran oportunidad y esos lodos nos trajeron estos polvos.

Chávez y Maduro han llevado a cabo una política económica artificial y de poco juicio, sustentada en un subsidio improductivo. No solo nos han hecho más dependiente del petróleo sino que han hostigado al sector privado con expropiaciones, controles de precios, controles de cambio y políticas de inamovilidad laboral. El resultado de ese proceder es una baja substancial de la productividad de dicho sector que ahora poco puede aportar en la solución de la escasez de bienes de todo tipo que hoy padecemos. Muchos inversionista, nacionales y extranjeros, han abierto sus cabezas de playa en países vecinos, con lo cual se ha perdido un número inapreciable de fuentes de trabajo y riqueza. Con tales acciones jamás podremos alcanzar el crecimiento orgánico y estable que necesariamente se apoya en el trabajo, el ahorro, la educación y el aumento continuo de la productividad.

Experimentamos entonces un momento decisivo y de consecuencias importantes. El sacudón llegará más temprano que tarde y será para un renacer diferente.

 

@EddyReyesT