• Caracas (Venezuela)

Eddy Reyes Torres

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La crisis del cono monetario venezolano

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Por cono monetario se entiende la estructura de monedas y billetes que tiene un país, con las denominaciones que se adecuan a las necesidades de la población para llevar a cabo las compras y ventas de bienes o servicios. Por su relevancia, la estructura del cono monetario la definen instituciones especializadas que han sido legalmente autorizadas para tal propósito. En los Estados modernos dicha función la ejecuta la banca central. Es por eso que en el artículo 107 de la Ley del Banco Central de Venezuela se establece que corresponde a dicho ente el derecho exclusivo de emitir billetes y de acuñar monedas de curso legal en el territorio nacional.

El actual cono monetario de Venezuela es producto del decreto con rango, valor y fuerza de Ley de Reconversión Monetaria, del 6 de marzo de 2007, dictado en la gestión presidencial de Hugo Chávez Frías. La medida se adoptó en función del aumento sostenido del precio del barril de petróleo promedio, que pasó de  16,3 dólares en el primer año de gobierno de Chávez (1999) a 65 dólares en 2007. Durante ese período, la inflación había pasado –con subidas y bajadas– de 20% a 22,5%. A pesar de que la experiencia mundial aconsejaba su instrumentación cuando la inflación tuviera el nivel de un dígito y en claro proceso de descenso, el gobierno le impuso la política al BCV, creyendo que el solo incremento continuo del precio del barril de petróleo era suficiente aliciente para abatir el flagelo inflacionario.

Se acordó entonces quitarle 3 ceros a la moneda, lo que equivalía a un factor de conversión de 1.000, y se estableció que la reconversión entraría en vigencia el 1° de enero de 2008. Como consecuencia de eso, todas las cantidades de dinero pasaron a ser expresadas en una nueva y menor escala. Así, nuestro cono monetario se estrenó con 6 billetes (2, 5, 10, 20, 50 y 100 bolívares) y 7 monedas (1; 5; 10; 12,5; 25 y 50 céntimos y 1 bolívar). Con bombos y platillos se anunció la entrada en escena del “bolívar fuerte”.

La injustificada rapidez con que se quiso poner en práctica la medida hizo imposible que la totalidad de los nuevos billetes y monedas se produjeran en la Casa de la Moneda de Venezuela, que opera en Maracay. Por consiguiente, fue necesario contratar los servicios de varias fábricas en diversas partes del mundo (Casa de la Moneda de Chile, Candian Bank Note, Giseck&Devrient, De La Rue International, Sexonia Eurocoin y South African Mint).  En el lapso de 9 meses se fabricaron más de 1.700 millones de piezas de billetes y más de 10.000 toneladas de monedas. El monto pagado en dólares por tales servicios es un secreto bien guardado, conforme a las prácticas de opacidad de esta revolución.

Es relevante destacar que la segmentación entre billetes y monedas obedece a razones de costo para la autoridad monetaria. Eso explica que las menores denominaciones (las monedas), que tienen una alta velocidad de circulación, se fabriquen con materiales metálicos resistentes para así evitar mayores costos. Lamentablemente, tan loable propósito no se ha cumplido en nuestro país por causa del imbatible proceso inflacionario que no ha parado de subir desde 2007. Es un hecho que este año la misma superará la cota del 100 por ciento. Lo anterior explica que un modesto cafecito, que no hace mucho tuvo un precio de 50 céntimos, hoy cuesta 60 bolívares, más de la mitad del valor de nuestro billete de mayor denominación.

En nuestro día a día, las monedas metálicas son una especie en extinción. Si acaso, de cuando en cuando, algún cajero se digna dispensarnos la moneda de 1 “bolívar fugaz” al darnos un vuelto. Esta dislocada realidad es el producto de la política de gastos del gobierno y la emisión inorgánica de dinero por parte del Banco Central de Venezuela. Arturo Uslar Pietri lo expresó diáfanamente en su momento: “No es Venezuela una pasiva víctima de una situación internacional. Es el gobierno de Venezuela el activo autor de la inflación, el fabricante de los bolívares de hielo”. O sea, después de 7 años, nuestro cono monetario es una irrealidad. Y el hecho es todavía más patético si tenemos en cuenta que, hasta comienzos de 1983, nuestro billete de 500 (el de mayor denominación) tenía un valor de 116 dólares, y el de 100 valía poco más de 23 dólares. Una prueba irrefutable de que la distancia entre los primeros 15 años de la IV República, con todas sus fallas, y esta revolución, es del cielo a la tierra.

Lo expuesto pone de manifiesto que estamos a las puertas de una crisis. Ya el BCV debiera estar ordenando la ampliación del cono monetario o aprobando uno nuevo. Con el ritmo de inflación que se nos viene encima, ya se debería estar imprimiendo el billete de 50.000 bolívares, que no sabemos cuál sería su equivalente en dólares para el momento en que entre en circulación, por lo acelerado de la depreciación del bolívar en las últimas semanas. El resto de la serie sería entonces de 25.000, 10.000, 5.000 y 1.000 bolívares. De igual manera se debiera estar acuñando monedas de 10, 50, 100, 250 y 500 bolívares. Pero junto con tales medidas, las autoridades del instituto emisor están obligadas a cumplir con el objetivo principal de dicho ente: lograr la estabilidad de precios y preservar el valor interno y externo de nuestra unidad monetaria, según lo previsto en nuestra Constitución. Para ello tienen que parar de emitir dinero inorgánico, sin respaldo de las reservas internacionales. Algo elemental, señor presidente.

 

@EddyReyesT