• Caracas (Venezuela)

Eddy Reyes Torres

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La colmena revolucionaria

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La colmena es, según muchos, la mejor novela de Camilo José Cela (1916-2002), escritor y académico español que fue galardonado con el Premio Nobel de Literatura en 1989. Pese a sus vinculaciones con el franquismo, la obra fue censurada y el autor expulsado de la Asociación de la Prensa de Madrid. La novela es entonces publicada en Argentina, en 1951. El libro es un collage sorprendente de la realidad cotidiana madrileña después de la Segunda Guerra Mundial y en pleno franquismo, que abrió nuevos caminos a las técnicas de la narración. Sobre ella el autor dijo que constituye “un trozo de vida narrado paso a paso, sin reticencias, sin extrañas tragedias, sin caridad, como la vida discurre”. Con lenguaje llano y apartándose de la estructura de la novela clásica, en La colmena se recoge la realidad de un pueblo todavía empapado del fantasma de la guerra civil, la pobreza y la opresión, abriendo de ese modo puerta franca al neorrealismo. Como apunta Camilo José Cela Conde, hijo del autor, en el prólogo  de una edición de 1985, la obra “nos enseña de forma engañosamente desapasionada un conjunto de pequeñas miserias y glorias cotidianas que, poco a poco y como de pasada, va construyendo el andamiaje de lo que se quiere narrar”.

En esta ocasión, sin propósito de convertirnos en simple epígono del escritor de La Coruña, lo cual poco nos importa a estas alturas porque hace tiempo abolimos el azareo (la vergüenza) en el trabajo creativo que desde hace años nos ocupa, recojo entonces, de seguida, tres historias reales  en las que omito los nombres verdaderos de los involucrados e incorporo consideraciones o circunstancias menores que no alteran la veracidad de los hechos.

 

1

Lucelia vive en El Socorro, un pueblo aciago del estado Guárico. Después de años de trabajo intenso en labores de limpieza del único liceo del lugar, complementado con los propios de su casa, fue pensionada luego de varios años de trámites y diligencias que la llevaron incluso hasta la capital. Alcanzada la época del merecido descanso, la revolución bonita le ha impuesto nuevos quehaceres para su subsistencia: debe recorrer las pequeñas bodegas y abastos del pueblo, bajo un Sol inclemente y abrasador. Para su desdicha, la pesca cotidiana no llega siquiera a sardina, razón por la cual tomó la decisión de probar mejor suerte en Valle de la Pascua, mucho más organizada por su condición de ciudad del estado llanero y donde opera un hipermercado con mayor variedad de productos. Pero como ocurre en todo el país, allí las colas también tienen carácter monumental. En su primera expedición llegó a tempranas horas de la mañana, cuando ya la línea de compradores se había convertido en una poderosa anaconda que daba varias vueltas a la enorme edificación. Ella, sin embargo, había tomado sus previsiones: un enorme sombrero para protegerse del Sol; un paño mediano para enjugarse el sudor; algunas provisiones para mitigar el hambre; un enorme tarro de agua para calmar la sed y un recipiente de plástico para sentarse y descansar. En el momento en que logró traspasar las puertas de aquel templo comercial ya habían transcurrido cuatro interminables horas. Las incomodidades sufridas se disiparon, como arte de magia, al ver en el interior de los carritos de los que hacían su cola para pagar algunos de los víveres más codiciados, aunque rigurosamente racionados: polvo de lavar, champú, harina  PAN, aceite, margarina, azúcar, café, papel higiénico, huevos, pollo (carne no había porque no han llegado al país las reses que Maduro negoció, en dólares, directamente con Dilma Rousseff, Cristina Kirchner y Daniel Ortega), y alguna variedad de tubérculos y hortalizas. Después de proveerse de los bienes disponibles, Lucelia hizo otra cola para pagar que, esta vez, tan solo le tomó dos horas y cuarto. Cuando por fin se vio frente al cajero, en su rostro se alojó una sonrisa vistosa. Mas la alegría le duró poco. Le pidieron su cédula de identidad que ella entregó con mano franca y, apenas la miró, el dependiente exclamó: “Su cédula está vencida. No puede comprar aquí sin su documento de identidad vigente”. Su sorpresa se manifestó en sus ojos abiertos de par en par y un comentario detonante: “Entonces usted me está diciendo que yo no existo”. “Lo siento señora pero no puede comprar sin su cédula vigente”, ratificó el cajero. Dos soldados de nuestras Fuerzas Armadas, armados de armas hasta los dientes, se acercaron a la caja y Lucelia les comunicó lo que estaba sucediendo. Displicentes, los uniformados se limitaron a darle la razón al empleado. “Pero eso en un absurdo; yo he hecho cola por más de seis horas y es en este momento que me informan que para hacer mis compras debo tener la cédula vigente. Yo exijo hablar con algún supervisor”.Apenas hizo el anterior requerimiento, apareció frente a ella una protuberante dama con una insignia metálica que pendía del bolsillo de su camisa en la que se leía la palabra “Supervisor” (una reminiscencia del machismo de la IV República) y que sin preámbulo le preguntó: “¿Qué le pasa a la señora?”. Lucelia le expuso con todo detalle lo que acontecía y agregó: “Yo soy una mujer mayor, ya jubilada, y no creo merecer este trato”. Con tono amable, la mujer “supervisor” le ratificó lo dicho por el cajero, añadiendo que la empresa no hacía más que seguir las directrices fijadas por el Gobierno. Molesta, Lucelia dirigió sus pasos hacia la salida pero antes de cruzar la puerta se volteó y le dijo a los dos uniformados que la miraban con desgano: “Ya ustedes saben por quién voy a votar el 6 de diciembre”.Un nutrido aplauso, surgido de las pequeñas anacondas humanas que hacían su cola para pagar, la despidió.

 

2

Luis Esteban es ingeniero y alto ejecutivo de una empresa extranjera. Su sueldo mensual es de ciento 50.000 bolívares fuertes. El año pasado ese monto equivalía a 7.000 dólares, pero hoy apenas roza 200 dólares. Un amigo economista, de esa especie en extinción de los “ni-ni”,  lo convenció hace varias semanas atrás de que su ingreso en dólares era realmente mayor, si tomaba en cuenta los precios que acá tienen la gasolina, el servicio eléctrico, las medicinas y algunos productos esenciales como la harina de maíz, la margarina, la pasta dental y otros, aunque cueste mucho conseguirlos. Según el experto independiente, su ingreso podría ubicarse, de acuerdo a su verdadero poder adquisitivo, en unos 4.000 dólares. La argumentación lo consoló por unos pocos días, hasta que un hecho real y no estadístico explotó ante sus narices. Le tocó llevar su camioneta al concesionario para su servicio regular y el diagnóstico mecánico le indicó que debía cambiar con urgencia los amortiguadores delanteros, las arañas (que no tienen nada que ver con la especie de los arácnidos), los bujes, las gomas de la barra estabilizadora y la base del diferencial. Nada pues del otro mundo. Sin asomo de duda, Luis Estaban dio la luz verde para que procedieran al arreglo. Dos días más tarde se presentó a retirar su vehículo y cuando le pasaron la cuenta dio por hecho que se trataba de un error. Así se lo hizo saber a la persona que lo atendió. Su conocido autocontrol y normal sosiego se diluyó como por arte de magia en el momento en que le dijeron que la cifra (639.712,81 bolívares), que incluía la mano de obra y el IVA, era correcta. De nada valieron sus reclamos y argumentaciones. Tuvo que echar mano a su cuenta de ahorro y a sus seis tarjetas de crédito para poder cancelar la deuda. Una semana después del descalabro, sin todavía cerrar del todo las cicatrices de su rabia, y al momento de empezar a evaluar la posibilidad de pedir a su jefe un traslado a Ecuador, Bolivia o Nicaragua, el corredor de seguros le mandó por correo electrónico la renovación de la póliza de su vehículo. Un temblor premonitorio le recorrió el cuerpo. Al abrir el anexo incluido pudo apreciar en su exacta magnitud la dimensión de su nuevo compromiso: la prima (557.421,00 bolívares) casi cuadruplicaba la del año anterior. Los dos gastos representaban exactamente la mitad de su ingreso anual. Eso explica que dos días después, en el momento que su amigo economista lo llamó por teléfono, él le dijera a su esposa en tono claro y suficientemente audible: “Dile a ese cipote que se vaya al…”.

 

3

Dianora Margarita hacía su cola para pagar los pañales que consiguió para la hija de sus patrones. Una humilde abuelita se le acercó con las pocas cosas que encontró y le planteó si podía pasar junto con ella para no tener que hacer la cola completa. Dianora no tuvo ningún reparo y tampoco las demás personas que también esperaban con impuesta paciencia. Cuando le tocó el turno a la anciana, de su cesta metálica extrajo pocas cosas: huevos, aceite, ajo, tomates, papas, cebolla, azúcar, café, una bandeja de muslos de pollo, medio melón, un trozo de auyama y otro de patilla. Al momento en que la caja registradora convirtió la compra en números, cruel expresión de los bolívares a pagar, la viejita sacudió su cabeza y extrajo de su monedero unos billeticos doblados y otros arrugados que empezó a estirar en sus temblorosas manos para contarlos mejor. Queriendo disculparse con su sola mirada, le pidió a la cajera que suprimiera de su compra el ajo, el melón y la patilla. Acostumbrada ya a eso, la joven dependiente suprimió lo solicitado y un nuevo repiquetear de campanitas desplegó en el tablero un monto menor. La abuelita respiro hondo y pidió entonces que también eliminara el pollo y los tomates. La escena anterior se repitió otra vez pero en esta ocasión la voz de la anciana fue más contundente: “Factúreme solo los huevos y el aceite, con eso sobreviviré hasta fin de mes”.Un nudo se amarró en la garganta y el corazón de Dianora y los pocos que presenciaron la escena que los anonadó por el resto del día. También ellos vivían las circunstancias que discurren en la revolución de la pobreza y el desamparo.

 

@EddyReyesT